¿Es el matrimonio una condena?

Hace unos días estuve en una reunión social con amigos de la infancia de mi esposo. Como es habitual, los hombres se fueron por un lado a conversar y las esposas nos quedamos en la sala poniéndonos al día porque hace tiempo que no nos veíamos. Yo conversaba con dos y les pregunté qué edades tenían sus hijos mayores. Coincidentemente me respondieron que 9 años. Y yo hice un comentario con la mejor intención, sobre todo refiriéndome a lo rápido que pasa el tiempo. Les dije: “Qué grandes, con lo rápido que pasa el tiempo, en menos de lo que se imaginan van a estar en el altar casándolos”. La reacción de ambas fue como si les hubiese dicho: “Ay, ojalá se contagien de Ébola y se mueran todos”. Es más, una de las dos, antes de contestarme, me dijo: “¿Qué edad tiene tu hija?”. Yo respondí: “Cuatro años”. Ella dijo: “De repente mi hijo es el que se casa con tu hija y también estarás igual que yo”. De ahí se suscitó una serie de comentarios como que no, me muero, cómo se iban a casar tan jóvenes, si primero tenían que estudiar, viajar y vivir.

Y claro, más allá del sinsabor del momento –ya que mi intención no fue ofender a nadie— me quedé pensando por varios días en cómo ha cambiado el concepto del matrimonio. Pareciera que todos estamos condenados, de alguna manera, a esta pena capital y tenemos que disfrutar lo más posible antes de caminar por el pasillo de la muerte con música nupcial. ¿Por qué está pasando esto?

Es lógico pensar que casarse es algo malo si es que vemos tantos casos de divorcios o relaciones poco “amables” a nuestro alrededor. Pero este rechazo va un poco más allá, creo yo. Y es porque el mundo de hoy ofrece tanta rapidez, tanto acceso a “ser libre”, a comprar, viajar, tener relaciones libres por todos lados, que obviamente comprometerse con otro no es más que cortarse las alas ante tanto placer. Hoy no me voy a detener a hablar de qué se trata la verdadera libertad. Sin embargo, y a pesar de esta mentalidad, las personas siguen casándose y todos queremos hacerlo desde que empezamos a pensarnos y sentirnos capaces de enamorarnos de otra persona. El problema está en que no estamos educando a nuestros hijos en el verdadero significado del matrimonio y lo que esto implica. Sino que pasan de esta montaña rusa de soltería a una vida que empieza a convertirse en “tediosa” con la llegada de los hijos y las responsabilidades. Y si no saben en lo que se están “metiendo”, de hecho no van a pasarla tan bien.

Esto no quiere decir que el matrimonio es horrible y hay que estar preparado para asumir la pesadilla. Al contrario. El matrimonio, cuando se entiende su verdadera dimensión de donación, apoyo mutuo y crianza de los hijos, es algo increíble. Es escribir una historia juntos –con buenos y malos momentos–, es crecer, es compartir, es vivir una vocación que tenemos impresa en nuestra naturaleza. ¿Sino por qué creen que todos se quieren casar así alrededor vean matrimonios que se rompen a cada rato? Porque es una tendencia natural. Y ante algo que se va a dar sí o sí en la mayoría de los casos, ante una forma de vida “para toda la vida”, qué mejor si les enseñamos a nuestros hijos el verdadero significado del matrimonio para que sean realmente felices.

Por supuesto, y no me canso de repetirlo, hay que empezar por ejemplo con nuestro matrimonio. Y si es que vivimos en una situación de divorcio o de un hogar monoparental, igual estamos en la obligación de darle a nuestros hijos los criterios correctos y no pensar que porque a nosotros nos fue mal, ellos también están condenados. Al contrario, enseñémosle a que no comentan los mismos errores y vean en el matrimonio un camino para ser verdaderamente felices.

 La Mamá Oca

La economía del amor

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Ben Stein escribe un ameno artículo en The American Spectator en el que habla sobre “la economía del amor”; ciencia que aplica a un caso práctico. Recuerda cómo un viejo profesor de economía le explicó que “la economía trata sobre la asignación de los bienes escasos”. Esta definición perfecta se puede aplicar sobre el más escaso y más preciado de todos los bienes: el amor.

Un pariente muy cercano de Stein, T, casado hace cuatro años con una joven y hermosa mujer, fue a su casa para ver el torneo americano de la Super Bowl. Al entrar, Stein observó que T estaba agitado y muy molesto por un contratiempo que había tenido esa mañana con su esposa. Según él, ella le había respondido muy mal cuando él le preguntó por qué estaba tomando una ducha por la mañana en vez de por la noche.

Stein intentó tranquilizar a su amigo y le dijo que se trataría de una broma, pero T no lo creía así y continuaba histérico. Sin embargo, el fútbol lo tranquilizó temporalmente. Para Stein, el mayor programa de promoción de la salud mental en el país, tal vez en el mundo, es la difusión televisiva de eventos deportivos de primer nivel.

T volvió a la carga diciendo que quería que su mujer le pidiera disculpas. Stein, con más experiencia, le ofreció varias reflexiones: “Discusiones entre maridos y esposas, especialmente jóvenes, son solo una parte del paisaje. Son inevitables. Cuando las parejas casadas son jóvenes, aún no han aprendido que el activo real en su vida no es su ego o el orgullo individual. La gran ventaja es el matrimonio mismo”.

El joven pariente insistía en que quería que ella se disculpase. Stein le hizo ver que, de vez en cuando, “ella se exaspera y estalla, pero su amor por ti es abrumador… ¿Qué harías si ella te dejara?” Sin dudarlo un momento, T dijo: “me mataría”.

“Eso es lo que pensé que ibas a decir” , respondió Stein, que continuó con su argumentación: “En ese caso, ¿por qué quedarte enfadado con ella y propiciar el más mínimo riesgo de que pudiera hacer eso? ¿Por qué no haces un esfuerzo por mantener la calma y dar tiempo para sanar la situación, a la vez que usas palabras amables? (…) El más raro de los tesoros es el amor de una buena mujer o un hombre. Es el más escaso de los bienes en este planeta. No hagas nada que pueda, incluso remotamente, exponerte a perder el amor de tu mujer”.

Stein veía que su tratamiento iba haciendo efecto y prosiguió: “¿Por qué no le envías ahora un texto que diga: sé que no soy el mejor marido. Sé que te lo he hecho pasar mal una y otra vez. Pero sé que eres la mejor esposa que existe. Estoy en estado de asombro perpetuo por tenerte como mi mujer. Pero aún así, lo que me dijiste esta mañana me dolió profundamente. No es nada comparado con todo lo que compartimos. Por lo tanto, vamos a dejarlo atrás y seguir adelante… Y, por supuesto, te quiero más cada día y solo quiero que nos mantengamos unidos, más que nada en el mundo”.

El economista del amor explicaba a su joven amigo: “El matrimonio y el amor no tratan acerca de quién tiene razón y quién está equivocado (…) El amor y el matrimonio tratan sobre quién está a tu lado. Lo clave para ti es formar una de las parejas que todavía están juntos cuando llevan 50 años en el camino (…) Invierte en la paz de la mente; no en el pillaje y el saqueo de la autoestima de tu mujer. La paz es hermosa y los dividendos que paga la paz en el matrimonio son inmensos (…) El único activo que realmente significa la vida o la muerte para vosotros es estar juntos. La inversión en la paz en tu propia vida es la mejor inversión que puede hacer (…) El valor del bien a adquirir, solo por unas pocas palabras amorosas, es simplemente incalculable”.

Stein citó a su amigo Jesse Jackson, quien tenía una gran frase que utilizaba cuando se encontraba en una pelea con alguien: “Pasemos del terreno de batalla a un terreno común, a tierras más altas”. “El terreno común, cuando estás tranquilo, es saber que el amor de tu esposa es tu activo más valioso, el que más felicidad te produce”.

Fuente: The American Spectator
Foto: www.freedigitalphotos.net

Trampas que afectan el matrimonio

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En la relación conyugal se presentan situaciones y conflictos que si no se saben identificar a tiempo, pueden pasar a mayores afectando así seriamente la relación. Pero no basta solo con identificar los problemas, es también necesario discutirlos con el cónyuge y atacarlos de raíz.

Estas son las trampas más comunes en una relación matrimonial, según la experta Diana T. de Pozas, del programa Desarrollo y Formación Familiar A.C.:

Egoísmo
Por ejemplo cuando uno de los dos cónyuges no está en disponibilidad de comunicarse porque está cansado, tiene sueño o se siente mal. Y en lugar de explicar su malestar, únicamente se duerme dejando al otro con una sensación de no haber sido tomado en cuenta y de que algo anda mal.

No tiene que ser drástico para que se corte la comunicación, basta con que uno de los dos interlocutores -el que habla o el que escucha – no esté realmente con ánimos de conversar para que se impida una verdadera comunicación.

Activismo
Sucede muchas veces que estamos todos tan envueltos en el activismo, que descuidamos la conversación tranquila con nuestra pareja, y esto, tarde o temprano, afecta la unión matrimonial.

Agresividad
No hay nada que corte más la disponibilidad de una persona para escuchar que una ofensa. Si tenemos quejas o diferencias con nuestro cónyuge, lo mejor es buscar las palabras que tengan el significado de lo que queremos decir pero sin ofender. Algunas frases que podemos prohibir en el hogar son: “Te lo dije”; “Siempre que yo… tú…”; “Nunca me…”.

Hay veces que el enojo o el orgullo nos hacen imposible este propósito de no ofender, pero es mucho más difícil pedirle a una persona que nos escuche y nos entienda, si se siente ofendida.

«Adivinanzas»
Es cierto que muchos años de convivencia permiten a la pareja conocerse mejor, pero aun así, en muchas ocasiones es mejor consultar para saber a ciencia cierta los deseos o pensamientos del otro.

Miedo de hablar
En cada matrimonio hay un tema que es el “talón de Aquiles”, sin embargo, dentro de un marco de respeto, cordialidad y por supuesto mucho amor, hasta los temas más difíciles se pueden y se deben tratar. Asimismo, es importante ser receptivos y calmados al escuchar a la pareja, motivarla y hacerla sentir que en realidad todo se puede tratar y todo se puede arreglar «hablando».

Silencios
Parece una contradicción, pero el silencio es, en sí mismo, un verdadero bloqueo para la comunicación, porque se puede mal interpretar. Si bien es importante y hasta bueno que haya silencios en ciertos momentos (cuando hay una discusión fuerte, que lo único que logra es empeorar las cosas), hay que estar siempre atentos a que en realidad ese silencio no represente un conflicto.

Los silencios después de un enojo, pueden estar motivados por el orgullo. Si éste es el caso, no debemos dudar en romperlo ya que lo único que está causando es una serie de barreras y rencores que no se eliminan con facilidad.

Tomado de la página www.lafamilia.info