Pon límites con amor o el mundo los pondrá con dolor

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Una educación con límites le da seguridad y tranquilidad a los niños. Foto: www.freedigitalphotos.net

Hola amigos:

Hace unos días entrevisté a Daniela Delgado, Directora del Nido Tía Carmela (Lima, Perú) y Psicóloga Clínica. La idea era que esta conversación fuera un episodio más de mi podcast. Desafortunadamente, un problema técnico hizo que la grabación saliera con un sonido de fondo que molesta mucho. Sin embargo transcribí toda la entrevista porque realmente aporta muchísimo para nuestra tarea educativa. Aquí la entrevista completa. Les recomiendo la lean completa.

La Mamá Oca

¿Qué significa poner límites cuando hablamos de la educación de nuestros hijos?

Significa darle a los chicos las pautas sobre cómo comportarse en diferentes contextos y frente a diferentes tareas, así como para aprender a funcionar en un entorno social.

 ¿Por qué son importantes?

Porque los ordena internamente, les explica cómo funcionan las cosas y les enseña que todo acto tiene una consecuencia.

 ¿Nos puedes dar un ejemplo específico de qué es poner límites?

Explicándole a un niño que tiene que respetar el espacio de otro niño y que no puede pegarle por un juguete. Por ejemplo, si estás en un espacio de juego común y de pronto un niño tiene un juguete y tu hijo lo quiere, ahí intervienes y le explicas que no lo debe tomar. Ayuda el anticiparse, el estar al lado del niño en un momento de posible conflicto.

Actualmente hay una tendencia educativa de que los niños deben ser libres, que hay que dejarles hacer lo que quieran sino es represión…

Hay una fantasía de que poner límites y ser una figura de autoridad es funcionar bajo un orden militar y castrante que genera niños infelices. Pero a la hora que no le pones límites a los niños le estás dando un mundo sin estructura, de caos, gobernado por alguien que no tiene capacidad de decisión ni de discernimiento entre lo que está bien o mal. Por ejemplo, a un niño no le puedes dar una Coca Cola a las 10 y media de la noche porque lo va a activar y no lo va a dejar dormir. Si lo dejas decidir, al no tener conciencia, no va a descansar y será caótico.

Tener límites da seguridad. Los niños se sienten más tranquilos y serenos…

Porque tener límites te permite saber que siempre vas a estar bien. Por ejemplo, si tiene un horario razonable para dormir, el niño tendrá la tranquilidad de haber descansado y sentirse bien al día siguiente. Las reglas, las normas y los límites bien puestos, de una manera pensante, siempre teniendo como prioridad el bienestar del niño, al final es una garantía de tranquilidad.

Me gusto eso de poner como prioridad el bienestar del niño…

Sí, es que muchas veces, cuando no ponemos límites, inconscientemente estamos priorizando nuestra tranquilidad.

Claro, es más cómodo que estén todo el día viendo televisión porque así no me molestan…

No me molestan, no tengo que lidiar con una pataleta, no tengo que escuchar un llanto. Entonces ahí estoy poniendo como prioridad mi bienestar , no la del niño. Al niño no le hace bien ver televisión todo el día, tomar Coca Cola a las 10 y media de la noche, comer sólo nuggets y papas fritas, no ir al colegio. Un mundo a su libre albedrío no es lo más sano.

¿Qué se puede esperar de un adulto que fue educado sin límites?

A largo plazo, un adulto insatisfecho. Porque un niño muy complacido, “muy satisfecho con todo”, a la larga va a crecer creyendo que el mundo tiene que complacerlo a él. Los límites que nosotros no le pongamos a nuestros hijos –con amor, con cariño pero con firmeza—el mundo se los va a poner de todas maneras pero de una manera menos “simpática”.

Van a sufrir mucho más…

De todas maneras. Y te voy a poner un ejemplo un poco radical pero ilustrativo: a un niño que toda su vida se le permitió tomar lo que quisiera del otro a su libre albedrío, de grande va a creer que robar es normal y va a terminar en la cárcel.

 ¿Cuál es la diferencia entre ser autoritario y poner límites?

Los límites deben ser puestos por una figura de autoridad que debe transmitir que sabe más y que está más preparado que yo. Muchas veces relacionamos el poner límites con ser castrense. O gritar. O ser muy duros. Yo hago mucho la analogía con una figura laboral: en el trabajo tú tienes un jefe, pero por ser tu jefe no tiene derecho a gritarte, a pegarte o a ser abusivo contigo. Pero sí es una persona más preparada que te va a poner las pautas de cómo hacer tu trabajo para luego recibir un sueldo que servirá para gratificarte.

 ¿Cómo podemos saber los padres que estamos aplicando correctamente los límites?

Una buena pauta es ver que nuestros hijos sí funcionan bajo un orden social. Es decir, de repente en casa tengo situaciones difíciles de pataletas, pero veo que en el nido el niño respeta las reglas, las rutinas, que puede desarrollar vínculos saludables con los adultos, entonces se están poniendo bien los límites. Lo que pasa es que es una tarea constante, que a veces es desgastante y frustrante para un adulto. Y eso hace que pensemos que no lo estamos haciendo bien.

Es decir, es normal que un niño tenga una pataleta de vez en cuando…

Sí, como es normal que el adolescente tenga pataletas, como que el adulto la tenga de vez en cuando. Eso no significa que no tenemos límites, sino que estamos en una situación frustrante que nos está costando entender y manejar.

¿Nos puedes dar un par de ejemplos de señales típicas de que un niño no tiene límites?

Un niño que no hace caso, que en el parque no respeta al espacio ajeno y que le quita el juguete a otro pensando que está bien. Cuando no es consciente que algo no está bien, eso significa que hay un problema grave de límites.

Porque hay niños que en el colegio o el nido se portan de maravilla, pero en la casa no tanto…

Eso es porque los niños pueden tener límites en la casa pero estos no están tan claros. O que algunas veces somos más permisivos que otras y eso hace que sea inconsistente. Pero eso no significa que no haya límites. No hay límites cuando no hay consciencia de que algo está mal.

Aplicado según la edad, porque un niño de 10 meses no sabe que quitar un juguete está mal.

Exacto. Cuando se ponen límites hay que poner en contexto la edad y la mentalidad del niño. También es importante considerar el lenguaje que usamos y nuestra actitud. A un niño de 3 años no le puedes dar una súper explicación porque se pierde en ella. No es lo mismo poner límites a un niño de 5 años que a un adolescente.

¿Y cuándo son muy chiquitos?

Hay edades en las que no hay noción de límites, como cuando tienen un año. Pero los límites van apareciendo con nuestro ejemplo. A un niño de esa edad yo no le voy a poner límites pero él puede ir viéndolos con un hermano mayor, por ejemplo.

O con la rutina…

Claro. La rutina y el orden en la vida de un niño son límites.

Los límites y el amor, ¿cómo se combinan?

Tienen que combinarse. Son como un matrimonio sólido. Si yo no pongo límites de una manera amorosa que consideren al niño, yo estoy siendo no una figura de autoridad que quiere educar, sino una figura de autoridad a mi disposición que no pone el bienestar del niño en primer plano.

¿Cómo podemos aprender a los padres a poner límites?

Hoy en día somos una generación de padres que peca de querer documentarse mucho para no cometer un error. Y tenemos que tener en mente que nuestros padres nos han criado con límites que nos han hecho funcionar medianamente bien. Nuestros papás no se hacían tantos enredos cuando nos decían que era hora de bañarse o de comer. Hoy en día a los niños se le pregunta mucho por miedo a traumarlos…

Y la culpa

La culpa de que no quiero que lloren porque se asocia el llanto a sufrimiento y no a un aprendizaje.

O la típica idea de que si trabajo todo el día no voy a llegar a la casa a poner límites si sólo los veo un par de horas diarias…

Pero es importante que el vínculo con mi hijo incluya todo lo que yo le tengo que dar como padre, y eso también incluye los límites, así como los juegos y el conversar. No todo se debe delegar. El profesor de karate no puede ser el único que enseñe disciplina. Los padres tenemos que hacerlo desde la rutina, desde decirles qué hay que comer y no preguntar qué te provoca comer, por ejemplo.

El sentido común juega un papel muy importante en los límites…

Tanto así que no vas a poner a un niño de 10 años a dirigir una juguetería. Igual, un niño de 3 años no tiene la capacidad de decidir a qué hora se acuesta o qué va a comer por ahorrarnos la pataleta o la parte difícil de criar.

Que vendrá tarde o temprano. No poner límites es posponer lo duro…

Lo que estás haciendo es que un niño más grande, que sienta que lo normal es vivir sin límites porque así lo ha hecho toda su vida, sea quien decida cuando no debe hacerlo. A los 15 años no tiene la capacidad para decidir hasta qué hora sale, si toma alcohol o se droga, si tiene relaciones sexuales o no. Y este no es el momento para que recién surja la autoridad. Esta debió estar desde el comienzo.

¿Hasta cuándo estamos a tiempo de poner límites si no lo hemos hecho? ¿Hay algún punto del no retorno?

Mientras más crece un árbol torcido, es más difícil enderezarlo. Se puede trabajar, sí. Pero cada vez la intervención será más complicada. Los primeros 5 años de vida son cruciales. Sin embargo, si algo no se hizo, se puede hacer. Pero será cada vez más complicado, o requerirá ayuda profesional. Y va a generar situaciones más difíciles que una pataleta, como problemas de conducta en el colegio, relaciones interpersonales, con la autoridad y problemas de autoestima graves. Estos últimos son inherentes a una educación sin límites. Mientras más tarde se ponga límites, hay más áreas de su desarrollo que tendrán interferencias.

¿Qué se les puede decir a los padres que ya pasaron los cinco años sin límites?

Que observen y si hay problemas que consulten, que busquen ayuda profesional para que no sigan dilatando el problema y se requieran intervenciones más difíciles.

Entrevista realizada por @lamamaoca

Todos los derechos reservados.

Si la quieren reproducir, por favor, colocar la fuente y el link. Gracias.

¿Es la felicidad de nuestros hijos un objetivo difícil de alcanzar?

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Hace unos días vi este video en TED

http://www.ted.com/talks/jennifer_senior_for_parents_happiness_is_a_very_high_bar/transcript#t-366216

La que presenta este conversatorio es Jennifer Senior, autora del libro “All Joy and no Fun”. Lo que primero llamo mi atención fue el título de la charla: “Para los padres, la felicidad es una vara muy alta”.

Inmediatamente me hizo pensar en mi blog y “La comunidad de padres que queremos educar seres humanos felices”. ¿No estoy yo promoviendo algo muy difícil de lograr? Así que antes de deprimirme, decidí escucharla con atención y me gustó su aproximación al tema de la educación actual en la casa. Y no se puede negar lo que ella afirma al decir que hoy en día ser padre es la situación más estresante que te puede tocar vivir. Inclusive, dice, hay estudios que demuestran que la gente sin hijos es más feliz que la que no los tiene, considerando que los niños son la “alegría del hogar”.

Y durante los casi 20 minutos que dura la charla habla de esos puntos que ya hemos tocado varias veces en este blog: el estrés de las tareas, de las clases particulares, de las clases de deportes, de todas las actividades extracurriculares que nosotros (no los niños) escogemos para nuestros hijos para darles todas las oportunidades del mundo sea cuáles sean en el momento que éstas se presenten. ¿Se imaginan si mañana hay una oferta de un mega trabajo en China y nosotros no les dimos a nuestros hijos una educación paralela en chino mandarín? No nos queremos ni imaginar todos los cabezazos que nos tendríamos que dar contra la pared al enfrentarnos a esta situación. “Ya que no podemos anticipar el futuro, lo que todos hacemos, como buenos padres, es tratar y preparar a nuestros hijos para cualquier tipo posible de futuro, esperando que uno solo de nuestros esfuerzos lo pague. Les enseñamos ajedrez, pensando que tal vez necesiten habilidades analíticas. Los inscribimos en deportes, pensando que tal vez necesiten habilidades colaborativas, para cuando, tú sabes, vayan a la escuela de negocios de Harvard (…). Es tal vez un buen momento para decirte que yo no era eco-amigable ni gluten-free cuando era niña. Comía pomos de macarrones y carne. ¿Y saben qué? Pago mis impuestos y soy estable en mi trabajo”, dice de una manera irónica Jennifer.

Otro punto que me pareció importante en esta charla es cuando menciona que gran parte del estrés que hay hoy en día en la paternidad recae en que como ahora las mamás también somos proveedoras y salimos a trabajar, no hay una guía establecida de a qué padre le corresponde hacer qué y eso hace que haya más confusión. Todo esto, sumado, digo yo, a las culpas y al terror de que nuestros hijos sean infelices hacen que toda esta etapa mágica de crianza se vuelva en un túnel interminable de presiones, penas, angustias y cero alegría al hacer lo que se supone es la tarea más dulce y gratificante para cualquier ser humano.

¿Hacerlos felices es pedir mucho?

Por supuesto que no. El asunto es cómo se enfoca este gran deseo que,  como dice Senior, es lo que cualquier padre repite como mantra. Sin embargo, es muy cierto cuando dice que la búsqueda de la felicidad y de la autoestima como fines en sí mismos puede estar condenada al fracaso. Y en esta parte hay que prestar mucha atención: “Enseñarles a los niños la felicidad y la autoestima no es como enseñarles a montar bicicleta. No hay currículo para eso. La felicidad y la autoestima pueden ser el resultado de otras cosas, pero no pueden ser objetivos en sí mismos. La felicidad de un niño es una meta muy injusta para un padre. Y más injusto aún para un niño”, dice.

Entonces, ¿qué hay que hacer?

Para hacer que un niño se convierta en un adulto feliz hay que centrarse en algunos puntos que por si solos, al incluirse en el día a día de un niño, los ayudará a formar una personalidad más propensa a estados felices. Y estos puntos son más conocidos que las papas fritas:

  1. Amor
  2. Virtudes

Que se sientan amados y enseñarles moral y ética, no sólo a nivel teórico, sino también con nuestro ejemplo, puede ser la mejor receta para que finalmente ellos puedan alcanzar la felicidad y construir una autoestima sana. Esto, como dice Jennifer Senior, va a hacer que todos, niños y padres, estemos más contentos y relajados de lo que estamos ahora.

Les recomiendo que, si tienen un tiempo, vean el video completo. Lo único es que no tiene subtítulos en español, pero sí en inglés.

 

La Mamá Oca

 

 

 

 

 

¡Porque lo digo yo! ¿Es bueno usar esta frase?

Artículo escrito por Sara Tarrés del blog Mi mamá es psicóloga infantil

En muchas ocasiones habremos tenido la tentación de responder a nuestros hijos con un contundente «Porque lo digo yo», es más, creo que lo habremos dicho más veces de las que creemos y queremos admitir. Pensemos bien en ello y meditemos sobre cuándo ha sido la última vez que respondimos así o estuvimos tentados a ello.

¿Hay algo de malo en esta afirmación? ¿Es realmente antipedagógico responder con un «porque yo lo digo»

Probablemente estemos a punto de responder que sí porque creemos que:

  1. al contestar de este modo a nuestros hijos parece que les estemos lanzando una amenaza de castigo si no hacen las cosas del modo que decimos,
  2. porque parece que no demos la opción a escoger o a decidir,
  3. porque parece que estemos utilizando un estilo educativo autoritario y no democrático como a nosotros nos gustaría tener.

Por eso, y por otros tantos motivos que cada uno de nosotros como padres podemos tener evitamos en gran medida frases del tipo «Porque lo digo yo».

Pero … ¿Tenemos derecho a contestar así alguna vez ante la insistencia de nuestros hijosPersonalmente y profesionalmente creo que sin lugar a dudas tenemos el derecho y la obligación como padres de dejar claro que somos nosotros, los padres, quienes ponemos las pautas, las normas y los límites en la educación de nuestros hijos. Eso sí, sin caer en autoritarismos que tan nefastos son para el crecimiento y desarrollo de los niños. Junto a un «porque lo digo yo» debe ir siempre un implícito mensaje de :
  • «es así porque quiero que seas un niño bien educado» ,
  • «es así porque de este modo es el modo adecuado de proceder»,

Por tanto debemos trabajar estos mensajes con anterioridad, equilibrando la «rigidez» de una norma con su explicación razonable y transimitida con afecto y cariño.

Y así, aunque parezca dictatorial utilizar el «porque yo lo digo» esto no debe impedir que nuestros hijos sepan que lo que les estamos diciendo es por su bienestar y que en algunos casos, no podemos negociar porque hay cosas inegociables.

Es inegociable permitir que se quite la chaqueta en pleno invierno cuando hace frío y está resfriado, es inegociable cualquier acción relacionada con la higiene y salud personal (lavarse las manos tras ir al baño, cepillarse los dientes después de las comidas, …) Sí, se hace «porque lo digo yo», porque ya te he explicado lo importante que es para tí mantenerte limpio y sano, y no hay más que discutir, por ejemplo.

Todo, en su justa medida y con sentido común tiene sentido y puede ser educativo y por tanto pedagógico.

Más artículos escritos por Sara aquí
Foto: www.freedigitalphotos.net

¿Somos padres permisivos?

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Artículo escrito por Oscar González de El Blog de Oscar González

Uno de los problemas comunes con los que me estoy encontrando últimamente en las diferentes Escuelas de Madres y Padres en las que participo es el miedo de algunos padres a ser excesivamente autoritarios pues son conscientes de que esta forma de proceder genera niños agresivos y violentos, entre otras muchas cosas.
Lo que ocurre es que, en ocasiones, huyendo de esta forma de actuar se posicionan en el extremo contrario: se vuelven exageradamente permisivos y esto también tiene consecuencias en la educación de sus hijos.
¿Cómo son los «padres permisivos»?
Los padres permisivos tienen unas características comunes que van desarrollando con el paso del tiempo:
  • Son padres sobreprotectores que intentan evitar a su hijo cualquier experiencia que pueda «frustrarle».
  • No le dejan desenvolverse ante cualquier dificultad afirmando cosas como: «pobrecito, lo mal que lo pasa», «ya tendrá tiempo de sufrir en esta vida», «si solo es un niño…» Me gustaría recordar aquí una frase de Maria Jesús Álava Reyes «podemos facilitarles el camino, podemos, de vez en cuando correr con ellos, pero no debemos correr por ellos.»
  • No soportan ver a su hijo llorar, lo pasan fatal: «no puedo verlo así…»
  • Siempre terminan por ceder a los deseos y chantajes del niño. Esta situación se agrava con el tiempo pues se sienten cada vez más inseguros y el niño es incapaz de autocontrolarse, exigiendo sin limitación y sin posibilidad de razonamiento. La proliferación de «pequeños dictadores» son fruto de una educación permisiva. Te recomiendo la lectura del interesante libro «El pequeño dictador» de Javier Urra.
  • Opinan que los niños son solamente eso: niños que deben disfrutar de la infancia «déjalo que disfrute mientras pueda…»(con derechos pero sin obligaciones).
  • Ponen pocos límites y luego no exigen que los mismos se cumplan afirmando cosas como: «total, por un día…» Pero al final nunca se trata solo de un día…

Pero, ¿cómo son estos niños?

Una educación excesivamente permisiva tiene consecuencias directas en los hijos, que acaban creyendo que no son importantes para sus padres. Veamos algunas de las características comunes de estos niños:
  • Son inseguros.
  • Carecen de autocontrol.
  • Son agresivos e impulsivos.
  • Tienen una baja tolerancia a la frustración.
  • Poca resistencia al fracaso.
  • Son incapaces de asumir cualquier reto o mínimo cambio en sus vidas.
  • Tienen reacciones emocionales desmesuradas.
  • Llegan a creer que únicamente son poseedores de «derechos».
  • Son «pequeños tiranos» que pueden llegar a convertirse en «grandes tiranos».
Conclusión
Como educadores estamos obligados a ponerles límites a nuestros hijos con el objetivo de que aprendan cuál es el comportamiento que esperamos de ellos y cuáles son las normas que deben cumplir.
Los límites son necesarios para…
  • Que el niño se sienta seguro y protegido 
  • Ofrecerles una estructura sólida a la que aferrarse y son una referencia. 
  • Que el niño vea que los padres son fuertes y consistentes y se sienta mucho más inclinado a identificarse con ellos.
  • Que le ayuden al niño a tener claros, determinados criterios sobre las cosas.
  • Enseñar al niño a que debe renunciar a veces, que debe aceptar el no y es una forma de enseñarle a enfrentarse luego a las frustraciones de la vida.
  • Que el niño aprenda valores tales como el orden, el respeto, la tolerancia, etc.
Me gustaría compartir contigo las 7 reglas de oro para favorecer el desarrollo de un niño según María Jesús Álava Reyes:1. Tenemos que ser más perseverantes que ellos.
2. Los discursos sirven de poco. No podemos ser ingenuos.
3. Hay que intervenir, no volvamos a decir: «esta es la última vez.»
4. Hay que unificar criterios y actuar con seguridad.
5. A veces tenemos que asumir papeles incómodos, poco populares.
6. No podemos sucumbir en las situaciones de crisis. Tenemos que aprender a ver nuestros progresos.
7. Muchas veces no podemos permitirnos bajar el listón ni desanimarnos: ¡Hay solución!

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¿Los padres deben ser amigos de sus hijos?

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Amigos, encontré esta entrevista publicada en el diario La Vanguardia, en el 2010. Me pareció muy interesante para compartirla. En esta entrevista, la psicóloga Alicia Banderas, autora del libro ‘Pequeños tiranos’, da algunas pautas sobre lo que hay detrás de los adolescentes rebeldes y algunas claves para evitar este tipo de problemas con nuestros hijos. Voy a transcribir las partes más relevantes de la entrevista. Si quieren leerla completa pueden verla aquí.

¿Cuál es la definición que más se adecúa a la de un niño tirano y qué diferencia hay con la rebeldía habitual que se da en ellos en esta etapa de su vida?
-Es verdad que hay que diferenciar entre el niño tirano y el niño que es más desobediente, y se salta algunas normas.

-Hábleme de los primeros…
-Te voy a dar dos cualidades esenciales. Un niño tirano tiene una insensibilidad ante el dolor ajeno, es decir, se muestra incapaz de ver el daño que causa a los demás, y sobre todo a los padres. No tienen remordimientos de conciencia ante sus malos comportamientos. Y eso va unido a que no tienen sentimiento de culpa, la culpa es siempre de los demás. Hay muchos adolescentes que dicen, es que insulté o agredí a mi madre porque no me dejó salir.

-Tienen una realidad distorsionada de las cosas…
-Exactamente, es una falta de capacidad de ponerse en la piel de los demás y de percibir el daño que causan y un bajo remordimiento de conciencia, esos serían los principales indicadores.

-Para no preocupar a muchos padres que nos puedan estar leyendo. ¿Cómo pueden ellos ser capaces de discernir entre un niño rebelde y un futuro tirano?
-Hay comportamientos propios de la adolescencia o de la preadolescencia. Por ejemplo, hay comportamientos con niños de diez u once años que son muy comunes y muy normales, como cuando se distancian de los padres y tienen una rebeldía consustancial a la propia adolescencia. Digamos que es un ensayo para la vida adulta, de pequeño está haciendo todo lo que le dicen sus padres y luego sale al mundo y tiene que aprender esas habilidades que todos hemos aprendido a base de algunos conflictos, eso es normal. Lo peligroso es cuando el adolescente hace caso omiso, se salta normas y no se pone en la piel de los padres. Hay una agresividad que acaba por atemorizar a los propios padres con actitudes que amedrentan. Ahí están echando un pulso, y ya podemos hablar de niños tiranos porque solo quieren salirse con la suya.

-Y ahí ya tenemos un primer indicador de que la cosa no va por el buen camino…
-Sí, y otra cualidad que podemos señalar es su gran egocentrismo, ansia por conseguir lo que ellos se proponen llevándose por delante lo que sea. Hay adolescentes que pueden transgredir una norma, y dos y tres, pero no hay esa maldad o esa insensibilidad hacia los padres. Esos adolescentes al final son capaces de pedir perdón o reconocer que se han pasado. Sin embargo, los niños tiranos son incapaces de pedir un perdón sincero porque no lo sienten. Y lo tienes en los casos de estos chicos que son capaces de grabar imágenes con el móvil de cómo pegan a alguien. No se están poniendo en la piel del otro chaval, y ahí hay unas muestras de insensibilidad que en las casas se traducen en tiranía, son los reyes de la casa y las normas las marcan ellos.

-Usted dice que no todos los niños son tiranos, ni mucho menos. Eso quiere decir que no nacen tiranos, sino que se hacen con el tiempo. ¿Hay que buscar culpables?
-La tiranía como tal tiene una predisposición genética, puede formar parte del temperamento con el que nacemos. Por eso a veces decimos, este niño que difícil es, cuando hay otro que no lo es tanto. Hay padres que tienen varios hijos y pueden con uno y con el otro no. Hay una predisposición genética a la tiranía pero no quiere decir que ya predetermine que vaya a ser un niño tirano. La acción educativa y el estilo educativo que utilizan los padres son fundamentales.

-Entremos en el terreno de los padres, de la familia. Mucha responsabilidad.
-Sí, lo que ocurre es que cuando estos niños son muy difíciles por esta tiranía normalmente los padres, como no son perfectos, y eso es imposible, tienen mucha dificultad para controlarles, para ponerles límites y al final utilizan un estilo permisivo. Estos niños que tienen este comportamiento, unido a un estilo permisivo es lo que hace que sea un cóctel explosivo.

-Dice en el libro que a partir de los seis años ya se pueden detectar en el niño ciertos indicadores de tiranía, pero que es algo difícil de ver por parte de los padres, especialmente por motivos laborales porque pasan mucho tiempo fuera de casa…
-Sí, es cierto. Vamos a ver, para ayudarles debo decir que normalmente estos niños tienen muy poco miedo o ansiedad sobre el castigo. Cuando se les reprende por alguna conducta se muestran con unas actitudes desafiantes. También se muestran muy impulsivos, tienen muy poca tolerancia con la frustración. Lo puedes ver con los juguetes, cuando cogen una rabieta desproporcionada cuando no se les da lo que piden. A veces, tienen actos de crueldad muy poco acordes con la edad, como pegar a alguien o romper algo con mucha rabia, incluso con los animales.

-Cita en el libro varios estilos educativos, el autoritario, el democrático y el permisivo. Imagino que con su experiencia con los padres se ha encontrado con muchas familias que ya no saben que rumbo tiene que seguir con la educación de sus hijos. ¿Usted cuál recomienda?
-En un principio muchos padres no son capaces de establecer dos cosas que son fundamentales, poner límites y decir que no. Lo que pasa es que hay padres que les cuesta mucho decir que no a sus hijos, y se lo dan todo y rápido. Ellos se tienen que armar de valor para saber que no pueden ser amigos de sus hijos, ni ganarse su confianza para luego darles todo. Los padres tienen que ser padres, y eso pasa por poner límites y establecer unas normas con sus hijos. A veces también, algunas de estas normas tienen que ser unilaterales y las tienen que poner los padres. Otras ya serán negociadas con los niños.

-Me consta que algunos ya lo hacen, pero que ni así consiguen dominar a sus hijos…
-Es que ante este tipo de comportamientos rebeldes de los hijos tú te tienes que hacer aún más fuerte. Como él te vea como víctima muy vulnerable, se crecerá y se alimentará ante esta vulnerabilidad. Lo que ocurre es que hay mucho complejo de los padres, que huyendo del estilo autoritario que ellos vivieron, no quieren aplicarlo ahora para sus hijos, pensando que la confianza que se puede lograr con los niños es a través del colegueo. Eso es un error, siempre digo que los padres no pueden ser amigos de sus hijos, los amigos ya se los buscan ellos. Lo que pasa es que un padre puede ser autoritario, y muy cariñoso a la vez, esa sería la autoridad verdadera. No hay que confundir el autoritarismo con la autoridad.

-Imagino que desde la culpabilidad tampoco se puede ejercer la autoridad…
-Exactamente, por la dificultad de conciliar el trabajo con la familia, a veces llegas a casa y lo haces cansado. ¿Y qué ocurre? Que tú no quieres brega con un hijo y al final se lo das todo. Y entonces algunos niños te hacen chantaje emocional y la culpabilidad se apodera de los padres y las madres que no pueden ser firmes. Tanto la culpa como el huir del autoritarismo o incluso la sobreprotección que hay ahora, son malas.

-Un respeto que los padres deben intentar ganarse cuanto antes. ¿O también es posible hacerlo cuando el hijo llega a los 15 o 16 años?
-Si no te los has ganado antes, a los 15 años los hijos pueden pasar absolutamente de sus padres. Pienso que siempre se está a tiempo de cambiar la relación con tu hijo, y de eso tenemos pruebas, pero está claro que si empiezas antes será más fácil. La autoridad no se impone, se gana. Y la forma de ganarla es siendo firme, y compensarlo con el cariño cuando sea necesario.

Hay muchos padres que piensan que una buena forma de ganarse el respeto de sus hijos es con un cachete a tiempo. Creo que usted está en contra de los cachetes educativos…
-Sí, yo no soy partidaria de pegar nunca, porque lo que he observado es que cuando un padre o una madre pegan, al final lo utilizan como herramienta educativa, y que es algo que no hacen aisladamente. Un niño no deja de comportarse mal porque tu le pegues, eso antes quizás funcionaba más, pero ahora no. Incluso hay una parte de la ley que la tiene de su parte, hay hijos que denuncian a sus padres. También lo veo negativo porque si tú pegas a tu hijo cuando estás frustrado porque no puedes con él, lo que les estás enseñando es que cuando se está frustrado, se pega. Y el niño al final imita la violencia de sus padres. Estoy a favor de reprender las acciones, pero nunca con el cachete educativo.

-En el libro habla de la importancia de aplicar el refuerzo positivo. ¿Qué debemos entender por este concepto?
-Refuerzo positivo es que a veces para que aumente la probabilidad de que un niño se porte bien y haga cosas buenas, tenemos que elogiar esos comportamientos y aplaudirlos. Al final tienes una sensación tan motivadora que lo que haces es volver a hacer igual de bien las cosas o vas por ese camino. A veces etiquetamos a los hijos de vagos e irresponsables y ya no saben salir de ahí, de esa parte negativa. Para que el niño pueda salir de esa crítica constructiva, necesita también que nos fijemos en lo que ha hecho bien. A veces lo que más quieren los niños es la atención de sus padres, así que es recomendable esa atención, buenas palabras y elogios a cosas que hagan bien. Es un buen crecimiento para su autoestima.

-Habrá algún caso, y seguro que tú has vivido más de uno, en el que todos estos consejos no sirvan a corto plazo, y se necesite ayuda profesional. ¿Cómo podemos detectar que hay que pasar del tratamiento en casa a la consulta?
-Cuando los padres empiezan a dudar de que hay algo no están haciendo bien, es una duda que te invade y que intentas quemar cartuchos pero que enseguida ves que se te va de las manos. Esto es una forma de reconocer que ya no estás pudiendo con tu hijo, entonces lo mejor es pedir ayuda porque el siguiente paso es que tu hijo ha podido contigo, y ahí hay una línea muy delgada. Y lo que pasa es que hay muchos padres que no se acaban de dar cuenta de que sus hijos les tratan con violencia y lo acaban normalizando como una actitud normal. Por eso digo tolerancia cero a la primera falta de respeto. A la primera falta de respeto donde haya amenazas, gritos y sed de venganza hay que pedir ayuda a un especialista.

-Son muchos los consejos y claves que da en su libro pero la conclusión con la que me quedo es que esto de educar a un hijo es algo muy, muy serio, y aquí no existen ni Supernannys ni padres perfectos…
-No, desgraciadamente no existen. En la generación de los que ahora tienen 30 o 40 años he detectado que los padres quieren proyectar su éxito en sus hijos, quieren ser los padres perfectos, y eso no puede ser, y por eso se mete la pata. Al final lo que haces es convertir tu hijo en alguien caprichoso sólo por no quererle privar de cosas especiales. Por eso se consumen tantos programas de televisión y libros porque parece que queramos los niños perfectos y de forma inmediata. Y eso es imposible, las cosas llevan su tiempo.

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Una lección para padres estresados: Vivamos el ‘ahora’

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Cuando tenemos que separarnos durante unos días de nuestros hijos pequeños, ya sea en un viaje de placer pero sobre todo por trabajo, no vemos las horas de regresar y abrazarlos. No solo se trata de culpa por habernos ausentado unos días, sino de amor. Cuando regresamos a casa, siempre es lo mismo: nuestros pequeños nos esperan con ansias, nos abrazan felices y para ellos los días de espera nunca existieron. Para nuestros hijos pequeños lo importante es el ‘ahora’, el momento que están viviendo y esa es una gran lección para nosotros.

Puedes trabajar durante horas para poder recibir un sueldo que luego le dé una vida cómoda a tus hijos y llegar a casa cansado, pero recuerda que para tus hijos importa el ‘ahora’, importa el momento en el que cruces la puerta y te reciben felices.

En la mesa con toda la familia, por ejemplo, no solo es prioridad que los niños coman toda su comida. Si están contándote sobre qué quieren ser de adultos, qué han aprendido hoy en el colegio o algo que han descubierto mientras jugaban, ¿acaso eso no importa más que sus vegetales? No los interrumpas para recordarles que los coman, déjalos hablar. Vive el ‘ahora’.

Si los acabas de bañar y quieren corretear sin ropa por la casa, pues déjalos, que no hay nada más divertido.

La idea de esta lección que los niños nos dan, es que nos dejemos llevar por el momento presente, que es donde se forman los recuerdos, y no nos estresemos con lo que ‘deberíamos estar haciendo’. Ser un poco más flexibles.

Además, esta manera de pensar y de vivir el momento pronto va a desaparecer en tus hijos. Su cerebro no funcionará así para siempre. Cuando se conviertan en adolescentes y sientan la presión de cumplir sus metas académicas y sociales, dejarán de ser espontáneos y darle importancia al momento presente. Empezarán a sentir resentimiento por cosas del pasado y a asustarse por el futuro, comenzarán a parecerse a nosotros. Por ello, mientras tanto, disfruta del ‘ahora’ con tus hijos, una gran manera de quitarte el estrés de encima.

Cierra la laptop, deja de trabajar por un momento, y disfruta del show de teatro que han preparado para ti.

Con información del artículo There Is Only Now de la escritora Liz Gumbinner para The Huffington Post

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Cuando ayudar hace daño

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Hemos hablado más de una vez sobre los padres sobreprotectores y las familias permisivas. Inclusive, existe un término para designar a un extremo de padre protector: el helicóptero, aquel que sobrevuela sobre sus hijos, sin dejarlos solos nunca, avisándoles de los peligros, evitando que cometan ciertos errores. Algunos llegan al extremo de ir a las negociaciones de sus hijos para un nuevo trabajo, o llaman a los profesores de la universidad abogando por ellos, entre otras situaciones que pueden sonar exageradas, pero no por ello menos reales.

Actualmente, muchos padres están involucrados más que nunca con sus hijos: les agendan la vida de arriba a abajo, hasta llegar a escogerles los horarios universitarios… y los novios. Evidentemente, el padre que actúa así lo hace porque realmente piensa que está haciendo lo mejor para sus hijos, aún sabiendo que el costo puede ser alto, tanto emocional como económicamente.

Pero la pregunta es: ¿actuarían igual si supieran que el costo principal es el dañar a sus hijos?

Hoy encontré un artículo en el New York Times que hablaba de este tema y me pareció interesante compartirlo. Ahí cuentan que en un documento publicado en febrero de este año en el American Sociological Review, sobre un estudio liderado por la socióloga Laura T. Hamilton de la Universidad de California, Merced, se expone que mientras más dinero gastan los padres en la educación universitaria de sus hijos, estos obtienen peores notas.

Otro estudio, publicado en el mismo mes en el Journal of Child and Family Studies, liderado por la psicóloga Holly H. Shiffrin de la Universidad de Mary Washington, resolvió que mientras más estén los padres involucrados en el trabajo escolar y en la elección de las universidades –esto es, mientras más “helicópteros” sean, menos satisfechos se sienten los estudiantes con su vida.

¿Por qué los padres ayudan a producir estos efectos negativos? Tal parece que ciertas formas de ayuda pueden diluir la percepción del éxito propio de algunos jóvenes y su sentido de la responsabilidad: si mis papás están siempre alrededor resolviendo mis problemas, ¿por qué pasar tres noches en la biblioteca durante los finales en lugar de salir con mis amigos? Esta actitud se puede extender virtualmente a cualquier relación, con los esposos, los amigos, colegas, etc.

Obviamente, el ayudar a otros a alcanzar sus objetivos trae importantes beneficios en las relaciones sanas. Y ahí está el problema: ¿cómo podemos ayudar a nuestros hijos a alcanzar sus objetivos sin malograr sus sentido de responsabilidad y su motivación para alcanzarlos?

La respuesta, según sugieren los estudios, es que nuestra ayuda debe ir de acuerdo a las circunstancias del receptor: debe balancear la necesidad de soporte con la necesidad de competencia de la persona que va a recibir la ayuda. Debemos controlar nuestra urgencia de ayudar al menos que el receptor realmente la necesite e inclusive ahí debemos calibrarlo para que complemente en lugar de que sustituya los esfuerzos del receptor.

¿Qué queremos decir con esto? Que sí, como padres debemos ayudar a nuestros hijos, pero no debemos dejar que nuestra acción reemplace SU acción. Apoyar y no sustituir es la clave para que nuestros hijos sean capaces de alcanzar sus objetivos por ellos mismos.

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Familia Permisiva

El riesgo de ser fuerte a la hora de educar- 1ra parte

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(Reflexiones de una madre de familia)

Cuánta fortaleza psíquica y física hace falta hoy en día para decir a nuestros hijos: ¡No, hasta aquí hemos llegado! Sobre todo porque siempre preguntan por qué y muchísimas veces ni nosotros mismos lo sabemos.

Se ha dicho que nunca se escoge nada con tanta falta de información como cuando te casas. También ser padres parece que es un arte que se nos va a dar a todos, gratuita e instantáneamente. Y esto, en gran medida, es verdad. Dios nos ha dotado de inteligencia, memoria y voluntad a todos y a cada uno de nosotros, y no para que la guardemos. También nos dio “sentido común” el cual es cada vez menos común y ya no sirve de base de acuerdo entre padres e hijos, ya que se cuestionan las bases mismas del razonamiento lógico. También nos infundió un gran amor a nuestros hijos y eso a veces nos impide actuar como quisiéramos por su bien.

Educamos, como supongo habrán hecho cientos de generaciones antes que nosotros, básica y en gran parte, inspirados por el modelo que nos dieron nuestros padres. Es por esto que, en una época de crisis de valores, de ausencia y desconocimiento de unas bases filosóficas comunes, de falta de ideales, de un fuerte reto a los poderes tradicionales, de masificación en las grandes ciudades, por una parte, y el consiguiente aislamiento del individuo como reacción a la masificación por otra, y todo esto confluyendo con una falta de apoyo por parte de la “gran familia” (de tíos, abuelos y sociedad en general), la confusión sea muy grande, no solo en los hijos, sino también en nosotros.

Tenemos que recuperar las riendas de la autoridad y replantearnos el porqué de muchas cosas que hacían con nosotros, para hacer nuestros y fuertes esos planteamientos. (…)

Es esta una lucha larga y que tiene mucho que ver con el reencontrarnos a nosotros, el “conócete a ti mismo”. Y para esto, ¿qué virtud nos hace falta esencialmente?: el amor a la verdad, porque a veces, muchísimas, las verdades sobre uno mismo, tendemos inconscientemente a acallarlas, o a dar razones razonables y aparentemente lógicas, pero no verdaderas. (…) Qué gran valentía y constancia hace falta para ir quitándonos las vendas que cubren nuestros ojos.

Pero además, Santo Tomás añade que: Es el ejercicio de la virtud el que nos hace virtuosos. Es decir, sólo al practicar actos valerosos se podrá decir que somos valientes (…).  Y es el uso constante de cada virtud lo que nos va convirtiendo en virtuosos.

Solo haciendo nuestra, o rechazándola, la herencia acertada o no de nuestros padres, haremos nuestro lo que no era: la seguridad de estar haciendo lo mejor para nuestros hijos. (…) Y esto es lo que nos dará esa fuerza, que podríamos llamar valentía, que nos hará menos ardua y difícil la tarea de enderezar a nuestros hijos, de exigirles más esfuerzo, de castigar (aunque con ello nos estemos castigando a nosotros más aún,  y nos duela tanto que estemos por no hacer nuestro deber de exigir).

Pero aún así: NO DEBEMOS RENUNCIAR NI A LA VERDAD NI AL BIEN, aunque nos duela la incomprensión en el fondo del alma, aunque no encontremos apoyo espiritual en nuestro entorno.

Fuente: “Familias Contracorriente”- David Isaacs y María Luisa Abril. Ediciones Hacer familia

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7 consejos para ser consistentes a la hora de disciplinar

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Hay muchas teorías acerca de cómo disciplinar a nuestros hijos. Algunas de ellas incluso son contradictorias. Sin embargo, los expertos sí están de acuerdo en algo: para disciplinar se necesita consistencia.

La autora del libro ‘Cómo educar a tus hijos con el ejemplo’, Sal Severe, afirma que “tus niños tienen que lograr predecir cómo te vas a portar. (Mamá espera que yo ponga la mesa. Si no lo hago, no podré ver la televisión después de cenar.) Al ser consistente le transmites a tu niño la noción de que él es importante. (Poner la mesa es mi responsabilidad como miembro de esta familia.)”

Cuando los padres no somos consistentes, confundimos a los chicos y les generamos inseguridad. “Si eres consistente –afirma Severe-, tu hijo pensará más acerca de su conducta, y eso es precisamente lo que quieres».

Si en casa existen reglas, entonces no puedes cambiarlas o exigirles que las cumplas de vez en cuando. Si das tu brazo a torcer en una rabieta, quizá la haces más fácil en ese momento, pero después será más difícil educarlo. «Es simplemente una cuestión de pagarla ahora o pagarla más adelante».

El día a día absorbe nuestra energía y nos complica ser consistentes con la disciplina. Sin embargo, aquí tienes 7 consejos que te ayudarán a ser firme en tu propósito.

1. Ten claras tus prioridades: No puedes solucionar todos los problemas de disciplina de una sola. Elige primero uno o dos situaciones que quieras mejorar y concéntrate en ellas. Eso sí, debes estar atento a esos comportamientos que deseas cambiar de inmediato y ser muy firme cuando aparezcan.

 2. Ten en claro que se trata de una lucha larga. Pueden pasar semanas antes de cambiar una mala conducta. Sé paciente y no te rindas.

 3. Escribe las cosas que quieres. Esto te ayudará a no desviarte cuando disciplines a tus hijos. “No discutas con los chicos”, “no te rindas ante súplicas o rabietas”, “busca el diálogo”. Puede sonar tonto, pero en realidad estas notas te ayudarán a tener siempre claro cómo quieres que sean las cosas en casa, sobre todo en momentos de alto estrés. Haz un bonito letrero que te recuerde las 3 ‘c’ de la disciplina: “Calma, Consistencia y Cariño”.

 4. Es mejor buscar la ocasión perfecta. No se te ocurra querer cambiar una conducta en vacaciones de medio año, Fiestas o cuando tengas un proyecto complicado en el trabajo, por ejemplo. El proceso es difícil y requiere de tu tranquilidad, así que elige un periodo de tiempo en el que sepas que tu estrés va a estar controlado. Para cambiar una conducta, necesitas de un periodo de tiempo estable y predecible, así estarás de buen ánimo y tu hijo también se sentirá más calmado.

 5. Recuerda: tu hijo te pondrá resistencia. Así apliques calma, consistencia y cariño, tu hijo te desafiará. Quizá al comienzo responda bien, pero luego podría volver a practicar esa conducta que quieres cambiar. Lo que está haciendo es ponerte a prueba. Acepta estas regresiones temporales, así te sentirás menos frustrado y podrás continuar con tu plan.

 6. No puedes hacerlo solo. Cuando quieras cambiar una conducta en tus hijos, por ejemplo, que dejen de contestar feo, necesitas la ayuda de otros. Primero de tu pareja, luego de los abuelos, los profesores, la niñera, los hermanos mayores y hasta el entrenador de fútbol o la profesora de ballet. Ellos deben estar alineados a tu causa.

 7. Da tu brazo a torcer, pero intencionalmente. Si accidentalmente te rendiste, le darás un mensaje equivocado al chico. Por ejemplo, si no le pediste que arreglara su cuarto, porque estás muy estresado en el trabajo y en verdad no tienes ánimos de discutir con tu hijo, él va a sentir que esa regla no es tan importante para ti. Sin embargo, si aflojas las riendas pero intencionalmente, él tendrá claro que sí es una regla que no puede romper, porque es importante para ti: este fin de semana vienen tus primos, así que no tienes que arreglar tu cuarto hasta que se vayan.

Con información de  Babycenter.com.

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Cómo negociar con tus hijos

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Llegada cierta edad, los niños comienzan a desarrollar otras herramientas para salirse con la suya. Las rabietas dejan de ser la más efectiva de sus estrategias. Los chicos aprenden a negociar. Esto sucede normalmente después de los 5 años.

Vivian Lipson, una niña de 5 años, estaba determinada a sacarle la vuelta a la regla de no traer juguetes al nido. Así que una mañana, decidió amarrarse su mono de felpa alrededor del cuello, como si fuera una chalina, y le dijo a su madre que Bumpy no es un juguete, sino ropa, y por ello podría llevarlo al nido, como cuenta su madre, Stephanie Dolgoff, una de las editoras de la página web Parenting.com.

Esta habilidad de negociar es común a esta edad. El autor del libro ‘Parenting with Love, Without Anger or Stress’ (Paternidad con amor, sin rabia o estrés), Bob Lancer, explica que los niños “son capaces de pensar abstractamente y usan el razonamiento de manera más significante que antes”. Ya no solo hacen lo que se les pide, sino que encuentran alternativas diferentes.

Esto puede ser frustrante, pero no lo rechaces de inmediato. Por el contrario:

1. Dale crédito a su creatividad: Dile “tienes razón, el helado está hecho de leche y la leche es buena para los huesos, pero no por eso puedes almorzar helado”. Tu hijo sabrá que lo escuchas y sentirá un poco de triunfo antes de escuchar la palabra ‘no’. Aparte, admite que a veces su razonamiento te sorprende.

2. Confróntalo con la realidad: Dale una razón verdadera por la que no puede salirse con la suya. “Porque soy tu padre y yo lo digo” no cuenta. En el caso de Vivian, por ejemplo, su mama le contestó: “¿qué podría pasar su llevas a Bumpy al colegio? Pues la profesora podría quitártelo, ¿no?”. Ya que está razonando, entonces razona con él.

3. Déjalo ganar algunas veces. Mientras el asunto no esté relacionado con su seguridad o se trate de alguna regla no negociable, déjalo ganar algunas batallas. Esto ayudará a estimular sus habilidades de resolución de problemas.

Con información de Parenting.com

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