Simplemente extraordinario

 

Las mamás estamos ahí para apoyar. Es hasta un cliché decir que somos prácticamente perfectas en esta tarea de hacer barra, levantar a nuestros hijos cuando se caen, curarles las heridas, sacrificar nuestra vida por el éxito de ellos, entre otras miles de cosas extraordinarias que hacemos las mamás mejor que nadie. Efectivamente, una atención oportuna y continua pueden hacer una gran diferencia en el desarrollo de la vida de nuestros hijos. Inclusive de nosotras puede depender que nuestros hijos pasen de ser los mejores del barrio en un deporte a medallistas olímpicos.
Sin embargo, estadísticamente hablando, campeones mundiales son los menos. Así que, si nos ponemos realistas, lo más probable es que nuestro hijo no pase de ser titular de banca en el partido del colegio parroquial o nuestra hija juegue bonito vóley en el parque. ¿Esto los hace menos extraordinarios? ¿Menos “únicos? ¿Menos capaces de ser amados? Claro que no. Y es algo que la gran mayoría de mamás lo tenemos clarísimo. Sabemos ver en nuestros hijos esta cosita que los hace mejor que el resto de niños del mundo.
Pero mejor preguntémonos nosotras: ¿no tener al hijo más perfecto, hermoso, deportista, estudioso, chistoso, bailarín, educado, etc., nos hace mamás “no tan perfectas como la mamá del campeón mundial”? El truco, mamás, está en convencernos, de una vez por todas, que nuestra misión no es criar Messis, ni Shakiras, ni Bill Gates, ni ningún famosillo. Nuestro “trabajo” de mamás es criar personas felices. Y la verdadera felicidad no está en los trofeos únicamente. Enhorabuena si estos llegan como resultado de una crianza sólida en valores rectos y virtudes. Pero no debe ser nuestro objetivo.
Criar personas felices es darles mucho amor, conocer las potencialidades y limitaciones de nuestros hijos y tratar de sacar lo mejor de ellos, darles conciencia moral, enseñarles la verdad. Que sean los mejores de “su” mundo. Y este es un trabajo “ordinario”, de todos los días, minuto a minuto.
Esta simpleza parece que engaña. Más aún con todo lo que nos venden los medios donde basta con que seas un bueno para nada que sale en pantallas para ser artista o celebridad. Pero es eso, un engaño. Porque lo ordinario parecerá simple o monótono, pero hecho como debe ser –con amor pleno– comprende una complejidad y profundidad cuyo efecto somos incapaces de dimensionar en el presente. No sabemos, mamás, todo lo extraordinario que podrá resultar de lavar todas las noches esos piecitos mugres, o esas bocas llenas de dulce, o esas camisetas que ni para trapo ya sirven.
Recuerden que la felicidad está en hacer de las cosas ordinarias algo extraordinario. Y, claro está, también dejar mucho del trabajo en manos de Dios.

La Mamá Oca