Paparazzis de nuestros hijos

Paparazzi

La tecnología a la cual tenemos acceso hoy todos los seres comunes y silvestres es una maravilla. No me quiero ni imaginar todo lo que hubiese hecho de chica con todo esto. Me hubiese encantado, además, verme en video naciendo, en mi primera papilla, mi primer agú, mi primer paso, mi primer berrinche, mi paseo número uno, dos y tres al zoológico, mi primer día de clase de cada año, y en todos y cada uno de los eventos trascendentales o cotidianos a los cuales los niños están expuestos.

Ni les digo todo lo que he documentado de mis hijos. Creo que tengo hasta el primer estornudo, el primer pañal cambiado, el primer baño, casi todo. Sin embargo, desde finales del año pasado decidí disfrutar casi todas –no digo todas, porque también quiero algunos recuerditos físicos— las aventuras de mis hijos a través de mis ojos y ya no a través del lente de una cámara.

No me he vuelto loca

Los que me conocen un poco pensarán que he sufrido algún trastorno. ¿Yo sin tecnología? Pues sí. Me di cuenta de que cuando quería recordar la actuación de fin de año de mi hija en el nido, no me acordaba de nada, más que del estrés de que el de adelante no tape la pantalla de mi Ipad con la que grababa en un extremo, mientras mi esposo con la cámara de video luchaba con otros padres en el otro lado del patio del colegio —hay que capturar la vida desde todos los ángulos. Claro, también pagué 15 soles por el video profesional que graba el nido y que te lo entregan después de unas semanas. Pero eso no era suficiente. Y tampoco me acordaba de lo que pasaba alrededor.

Y hoy escribo este post porque justo estábamos viendo el video profesional de la última actuación –que yo no grabé personalmente y que decidí gozar, y que mi hija me viera la cara de emoción— y efectivamente se ven todas las cámaras de videos encendidas y los ojos de los padres mirando a través de esta pantalla a sus hijos con zoom, sin zoom, distorsionados, o como fuera. Sin ver nada, en realidad, y sin darse cuenta si sus hijos bailaron lindo, si estuvieron nerviosos, ni nada. Ni qué decirles de ver al resto de niños. Como si el baile fuera individual. ¿Alguno me podría decir si se dio cuenta que su hijo se interrelacionaba bien con el resto del grupo o si era el más o el menos bailarín? Nada. Cero contexto. Y nunca lo sabremos, porque seguramente en el video sólo aparece nuestro bebé. Nadie más. Y bien de cerquita.

Escena de película

Hace unos días vi la película “La vida secreta de Walter Mitty”. Casi al final, Sean O’Connell (Sean Penn), un fotógrafo, en la punta del Himalaya, esperaba horas detrás de su cámara a que apareciera un animal llamado “el gato fantasma”, que era rarísimo. Una foto de este felino sería un logro absoluto para cualquier fotógrafo. Cuando finalmente aparece el animal, no toma la foto. Walter Mitty (Ben Stiller) le pregunta cuándo va a tomar la foto. Y el fotógrafo le responde algo así: “Algunas veces no lo hago. Si me gusta el momento, para mí, personalmente, no me gusta tener la distracción de la cámara. Sólo quiero quedarme en él”.

¿Qué hago ahora?

En eventos importantes, si hay alguien que filme y tome fotos, mejor. En los cumpleaños de mis hijos yo no tengo ni una cámara, le encargo ese trabajo a alguien de confianza. Hasta he llegado a contratar fotógrafo (uno barato toma mejores fotos que cualquiera en mi familia). Yo disfruto con mis hijos de esos momentos tan importantes para ellos. Que estén relajados, divirtiéndose y no posando para la foto. ¿No se han dado cuenta que ahora los niños viven para la foto? Yo quiero que los míos disfruten y no estén poniendo caritas a cada rato, interrumpiendo sus vivencias. Además, y de paso, yo salgo en algunas.

Por supuesto que en el día a día sí tomo fotos. Y a cada rato. Pero no durante toda la actividad que realizamos. Sí, hay fotos de su paseo al zoológico, pero un par, como antes, con la cámara de rollo. Y también filmo cosas cotidianas porque mi papá, mis suegros y mi hermano viven fuera. Así que por ellos y la ilusión de verlos, trato de que sigan su crecimiento. Por ejemplo, siempre pongo música y bailan. Filmo una de las tantas veces que lo hacen. Pero un rato, y ya está. Aparte, de verdad, ¿a ustedes les interesa ver un video de hora y media de un hijo ajeno? Con un poquito es suficiente para todos.

La idea es que no nos perdamos de vivir por documentar. ¿Para qué? ¿Para luego vivir la experiencia por una pantalla? No pues, mejor es REVIVIR con la memoria. Acordarse de detalles. Ver una foto y que de ahí salgan todas las historias que sucedieron ese día. No importa que con el boca a boca se vayan cambiando, eso es lo que suma los sentimientos, las emociones.

Vivamos un poco más con nuestros hijos, corramos con ellos de la mano, démosle de comer al conejito juntos, subámonos al carrusel. No es tan lindo estar siempre 10 pasos atrás para que no perdamos un detalle. Caminemos a su lado. Y que lo realmente importante se quede grabado en sus mentes y, por supuesto, en sus corazones. Quedémonos en el momento.

La Mamá Oca