El valor de una familia

La familia

Dice Fabrice Hadjadj, en su libro «¿Qué es una familia?», que es más fácil explicar que el hombre desciende del mono que la generación de un hijo por un hombre y una mujer. «En el primer caso, la tesis reclama efectivamente explicaciones, e incluso numerosas explicaciones, mientras que, en el segundo, no hay nada que explicar, ni siquiera se trata de una tesis, sino de una situación dada absolutamente inicial, como la existencia del mundo exterior». Al leer esta frase es fácil decir: «¡Obvio! ¿Quién no sabe lo que es una familia? ¿Para qué explicarlo? Todos, de alguna manera, descendemos de una. Nada más natural que la familia». Sin embargo, ¿es tan evidente? ¿Existe unanimidad sobre qué es una familia? ¿Papá, mamá, hijos, abuelos, tíos? ¿Un hombre, una mujer, niños? ¿O basta con que hablemos de dos adultos y algunos niños concebidos bajo cualquier tipo de encuentro o técnica? ¿No nos estamos contaminando de ideologías que tratan de convencernos de que la familia es lo que cualquiera, desde su total «libertad», decida?

Hoy más que nunca nos vemos en la necesidad de tratar de explicar desesperadamente —sin contar con los mismos recursos que puede tener un científico— qué es la familia y por qué es irremplazable. Pero, ¿por qué cuesta tanto encontrar un argumento? Porque la familia no es algo creado por la ciencia. La familia es algo natural que antecede a cualquier construcción social o técnica. Es algo esencial al ser humano. Desafortunadamente hoy, por múltiples razones, el hombre parece estar más lejos que nunca de encontrar o entender lo esencial. El relativismo y el individualismo han hecho un excelente trabajo para que esto suceda.

Sin embargo, a pesar de todo esto, la familia sigue vigente. Tan es así que si bien hay personas que tratan de destruirla, lo hacen en su afán de crear una familia a su gusto y medida. ¿No nos habla esto de que la familia no pierde popularidad y que sólo la amenazan envidiosos simulacros? Nos permitimos citar nuevamente a Hadjadj que confirma esta idea de manera hasta divertida: «Asistimos así al curioso retorno del reprimido familiar. Los mismos que denigraban ayer el matrimonio y la familia reivindican hoy un matrimonio y una familia a su manera. Aunque desdeñan lo dado de los sexos, la conciben, a pesar de todo, como la asociación de dos adultos y de uno o varios niños, demostrando de este modo su dependencia y su fascinación con respecto al modelo revelado en la unión natural del hombre y de la mujer, como si no hubieran podido ir más allá».

Desde hace dos siglos el modelo familiar ha sufrido una evolución importante. Se ha pasado, por ejemplo, del auto sustento rural sin mayor intervención estatal a una comunidad industrial con diversas políticas sociales de apoyo que suplen muchas funciones que antes eran exclusivas de la familia. Las tasas de natalidad han descendido, las de mortalidad también. La mujer ha salido a trabajar y los roles domésticos se comparten entre marido y esposa. Y, sin embargo, hay cosas esenciales que no han cambiado. Dentro de ellas se debe resaltar el rol humanizador que tiene la familia. Sin ella no hay persona y sin persona no hay sociedad verdaderamente humana, sino sólo una agregación de individuos. La familia es donde la persona puede entregarse y acoger, porque sólo es en el hogar donde uno es recibido y amado incondicionalmente, sólo por el hecho de ser, y donde uno puede amar sin límites porque su amor es recibido como el mejor don. La familia es, como diría Juan Pablo II, «el único camino hacia la completa humanidad del hombre».

Tener y vivir en una familia no nos libra de problemas. Idealizarla como si todos tuviéramos que ser el clan de los Ingalls o de alguna serie norteamericana ochentera es un gran error. Hasta las familias más santas pasan momentos duros. Una familia sin problemas, discusiones y perdones no existe. Y es así, con sus virtudes y defectos, como la tenemos que proteger y cultivar.

Enumerar todas las características exclusivas e irremplazables de la familia, requeriría muchas, muchas páginas. Sin embargo, hay cosas que ninguna institución social ni educativa pueden reemplazar cuando hablamos de los «míos»: amor, cariño, cuidado, real interés, tiempo de oro compartido, compañía en las buenas y en las malas, entre otras tantas que hacen de la familia ese lugar a donde uno, a pesar de rebeldías o decisiones de distinto tipo, siempre añora volver. Porque en la familia cada miembro no achica el espacio físico de la casa sino que abre un nuevo mundo y agranda el espacio espiritual. Esa es la magia de cada uno de estos pequeños cosmos.

La Mamá Oca

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