Cuidado con lo que leemos para educar

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En mi afán de aprender, investigo y leo mucho sobre educación de niños y adolescentes. La gran mayoría son libros o artículos de fuentes comprobadas sobre educación familiar que, según el criterio de educadores reconocidos, buscan una formación integral del ser humano en valores rectos.

Pero en este recorrer de todo y por todos lados inevitablemente caigo en textos de diverso tipo. Y debo reconocer que hay algunos que me hacen levantar la ceja, no sólo por que han sido escritos con pasión y poco sustento, sino también porque se comparten en redes sociales a la velocidad de un rayo. Esto –y no me lo estoy inventando sino que es archiconocido– es la “maravilla” de la web 3.0: todos somos líderes de opinión, escritores, autores, psicólogos, etc. Obviamente esta herramienta es realmente fabulosa porque sí podemos acceder a información de primera y certificada, no sólo a nivel científico, sino también histórico, cultural, teológico, literario, pedagógico y “cotidiano” (no se puede negar que ver las 18 maneras de organizar un closet a la perfección son de gran ayuda).

Sin embargo, cuando se trata de educar a nuestros hijos o de cuidar nuestro matrimonio debemos ser muy exigentes. Sí, es de mucha utilidad sentirse comprendido por alguien que está pasando lo mismo que nosotros, como por ejemplo el nacimiento de un bebé, peleas con la pareja, problemas de algún tipo con alguno de los hijos. Por eso hay miles de sitios webs y comunidades que se agrupan para dar soporte en situaciones determinadas que, de alguna manera, suplantan el rol tradicional que juegan las comunidades reales. Pero de ahí a seguir fielmente los consejos de alguien que cree que su forma de pensar sobre cómo educar a un niño o de vivir un matrimonio es la correcta, porque simplemente así lo dice o se parece a lo que nosotros creemos, puede ser muy peligroso.

Un ejemplo puede ser el de la mamá que abre su blog sobre maternidad y empieza a compartir en éste todas sus experiencias con el bebé desde si durmió o no durmió, hasta si el niño lloró, el marido ayudó, etc. Hasta ahí estamos bien. Tiene el derecho de compartir. Pero sí da un paso más allá y empieza a atacar a las demás mamás que no piensan que dar de lactar 4 años seguidos es lo mejor o que no están ni ahí en el tema de alimentos orgánicos; o la típica que critica a todos los hombres por simple deporte (porque no les gusta el rol tradicional del hombre y preferiría que fueran mujeres); o que le parece un insulto a todo el género femenino que una niña de 1 año use vestido rosado u otra de 4 juegue con muñecas y no con tanques o soldados, tenemos un problema de subjetivismo que debemos detectar. No es raro encontrar en el fondo de estos textos un tufillo de rabia, feminismo extremo, problemas afectivos sin resolver, entre otros rollos que se ven exacerbados cuando van ganando fans y adeptos que ponen “Me gusta” y “Compartir” sin parar. Es un comportamiento habitual del ser humano que cuando se siente mal, el dolor es más leve si hay otros sufriendo con él.

Por eso nosotros como padres, esposos, abuelos, etc. tenemos la obligación de validar las fuentes que leemos cuando se trata de aplicar “técnicas” de educación o resolución de problemas familiares. Porque no estamos hablando de arreglar nuestro closet que, finalmente, si no queda perfecto no pasa nada. Estamos poniendo en juego la formación y el proyecto de nuestra familia que merece algo mejor que tips de Cosmopolitan.

Y no necesariamente que alguien piense igualito a nosotros sobre lo inútiles que son los hombres para educar, por ejemplo, significa que esa es la verdad universal sobre la importancia del padre en la vida de los chicos. Por favor, seamos más humildes para entender y aceptar que pensar, sentir y desear algo no lo hace correcto y válido para todos (ni para nosotros mismos, en muchos casos). Respetemos a nuestros hijos, a nuestras parejas, a nuestra familia dándoles lo que se merece. Y si bien esto implica mayor trabajo, merece la pena el esfuerzo.

La Mamá Oca

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