Cuando ayudar hace daño

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Hemos hablado más de una vez sobre los padres sobreprotectores y las familias permisivas. Inclusive, existe un término para designar a un extremo de padre protector: el helicóptero, aquel que sobrevuela sobre sus hijos, sin dejarlos solos nunca, avisándoles de los peligros, evitando que cometan ciertos errores. Algunos llegan al extremo de ir a las negociaciones de sus hijos para un nuevo trabajo, o llaman a los profesores de la universidad abogando por ellos, entre otras situaciones que pueden sonar exageradas, pero no por ello menos reales.

Actualmente, muchos padres están involucrados más que nunca con sus hijos: les agendan la vida de arriba a abajo, hasta llegar a escogerles los horarios universitarios… y los novios. Evidentemente, el padre que actúa así lo hace porque realmente piensa que está haciendo lo mejor para sus hijos, aún sabiendo que el costo puede ser alto, tanto emocional como económicamente.

Pero la pregunta es: ¿actuarían igual si supieran que el costo principal es el dañar a sus hijos?

Hoy encontré un artículo en el New York Times que hablaba de este tema y me pareció interesante compartirlo. Ahí cuentan que en un documento publicado en febrero de este año en el American Sociological Review, sobre un estudio liderado por la socióloga Laura T. Hamilton de la Universidad de California, Merced, se expone que mientras más dinero gastan los padres en la educación universitaria de sus hijos, estos obtienen peores notas.

Otro estudio, publicado en el mismo mes en el Journal of Child and Family Studies, liderado por la psicóloga Holly H. Shiffrin de la Universidad de Mary Washington, resolvió que mientras más estén los padres involucrados en el trabajo escolar y en la elección de las universidades –esto es, mientras más “helicópteros” sean, menos satisfechos se sienten los estudiantes con su vida.

¿Por qué los padres ayudan a producir estos efectos negativos? Tal parece que ciertas formas de ayuda pueden diluir la percepción del éxito propio de algunos jóvenes y su sentido de la responsabilidad: si mis papás están siempre alrededor resolviendo mis problemas, ¿por qué pasar tres noches en la biblioteca durante los finales en lugar de salir con mis amigos? Esta actitud se puede extender virtualmente a cualquier relación, con los esposos, los amigos, colegas, etc.

Obviamente, el ayudar a otros a alcanzar sus objetivos trae importantes beneficios en las relaciones sanas. Y ahí está el problema: ¿cómo podemos ayudar a nuestros hijos a alcanzar sus objetivos sin malograr sus sentido de responsabilidad y su motivación para alcanzarlos?

La respuesta, según sugieren los estudios, es que nuestra ayuda debe ir de acuerdo a las circunstancias del receptor: debe balancear la necesidad de soporte con la necesidad de competencia de la persona que va a recibir la ayuda. Debemos controlar nuestra urgencia de ayudar al menos que el receptor realmente la necesite e inclusive ahí debemos calibrarlo para que complemente en lugar de que sustituya los esfuerzos del receptor.

¿Qué queremos decir con esto? Que sí, como padres debemos ayudar a nuestros hijos, pero no debemos dejar que nuestra acción reemplace SU acción. Apoyar y no sustituir es la clave para que nuestros hijos sean capaces de alcanzar sus objetivos por ellos mismos.

Foto: www.freedigitalphotos.net

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