La prudencia y el espacio interior

Silencio

Una de las maneras en que mejor se delata un imprudente es en su manera de hablar. “Esas personas que hablan demasiado, no sólo por nerviosismo, sino porque parecen incapaces de guardar nada dentro”[i]. Les aseguro que conocen a más de una persona que todo el tiempo necesita decir todo lo que le pasa por la cabeza. O el que opina de todo, así nadie le haya pedido que intervenga. Y ni hablar de contarles un secreto. Serán los primeros en distribuir la información que queríamos guardar tan celosamente. Pero no los culpen. Normalmente hacen eso por falta de madurez.

Sin embargo, es importante encontrar el por qué de esta forma de actuar. Porque al analizar la causa entenderemos lo vital que es educar en nuestros hijos en tener espacios de intimidad. “Pero si se medita un poco se descubre por qué estas personas no pueden ser prudentes: les falta el remanso interior, el espacio donde las cosas, como las aguas, se serenan. Ese espacio de intimidad donde puede uno recogerse interiormente y meditar dentro de sí, hablando con uno mismo. Ese espacio es el espacio de la sabiduría”.

Este espacio sí lo tienen las personas que han madurado. Y debe ser un objetivo para nosotros, tanto a nivel personal como en el educativo. Porque una persona que no tiene este espacio interior donde “zambullirse” para pensar, queda nadando en la superficie, diciendo todo lo que se le ocurre. “Sin pensar no se puede ser uno mismo. A uno se lo llevan los vientos del momento o los impulsos que siente”.

Por eso es importante cultivar el silencio interior. Hay que conseguir que callen algunas cosas. “Algunas de afuera, pero, sobre todo, las de dentro. Hay que callar, en primer lugar, el alboroto de la imaginación, solicitada por mil cosas externas e internas. La imaginación es un extraordinario apoyo de la inteligencia, pero cuando la tiene a su servicio. Si no se está quieta, no deja a la inteligencia funcionar”.

Otra cosa que ayuda mucho a madurar en este silencio es aprender a dominar los impulsos. Esto con el fin de dejar a la razón el liderazgo de nuestros actos. Y para conseguirlo es imprescindible también buscar el silencio exterior. “Hay personas que no pueden soportar el silencio exterior, porque no tienen nada dentro y les parece inmensamente vacío y aburrido quedarse solos consigo mismos; no tienen de qué hablar o en qué pensar”.

Esto no quiere decir que uno se vuelva egocéntrico y sólo piense en sí mismo. Hay que buscar ser un centro. “Un centro que esté en paz, donde recogerse para meditar de las grandes cuestiones de la vida y pensar en las decisiones importantes, para contemplar y agradecer las muchas cosas buenas, para apreciar a las personas, y también, el que sea creyente, para rezar. El que consigue que ese centro le funcione y puede meditar en silencia, ha ganado el centro de la prudencia”.

Como ven, el buscar un espacio de soledad no es un acto egoísta. Es un espacio de paz, reflexión y maduración cuyas consecuencias positivas se verán reflejadas en nuestra vida cotidiana.

La Mamá Oca

[i] Todas las citas de este texto han sido extraídas del libro “Virtudes. Experiencias humanas y cristianas” de Juan Luis Lorda. Editorial Patmos.

Cómo educar en la prudencia

Aprendiendo a pedir consejo

Algunos enemigos de la prudencia

La prudencia y el espacio interior 

10 tips para educar la prudencia

Foto: Leeroy

Algunos enemigos de la prudencia

 

prudencia

Continuando con el tema de la virtud de la prudencia, es importante también señalar cuáles son esos “trucos” o errores que nos pueden jugar una mala pasada y hacernos pensar que estamos siendo prudentes cuando en realidad no es así.

Lo primero que debemos considerar es que cuando la virtud se convierte en un fin y no entendemos el por qué de la acción, no estamos siendo realmente virtuosos. “Piensen en la virtud del orden. Quien se proponga ser ordenado como fin en lugar de como medio, puede terminar siendo maniático del orden. La sinceridad, sin prudencia, puede traducirse en desenfreno verbal”, dice Isaacs. Así, opuesto a una virtud siempre hay dos vicios, “uno abiertamente contrario, y otro que tiene las apariencias de la misma virtud”. (San Agustín). Retomando el ejemplo del orden, sus contrarios serían el desorden y el exceso de orden. De esa forma, podemos decir que una virtud es el “término medio entre dos extremos: entre pasarse por mucho o por poco, excederse o quedarse corto. Por eso se dice en latín “in medio, virtus”, la virtud está en el medio, en el centro”. (Lorda, P. 36)

¿Y cuáles son los contrarios de la prudencia?

El más fácil de detectar, sin duda, son los que carecen de toda prudencia. Los precipitados, los que no pasan por las fases de la toma de decisiones, los negligentes. “Los que deciden las cosas sin informarse, sin pensar, los que se tiran cuesta abajo a lo loco. Precipitación viene de precipicio. Además, se llama negligencia a la falta de atención a las cosas; imprevisión a no darse cuenta ni pensar en lo que va a pasar; pero es muy importante calcular las consecuencias”. (Lorda, p.37). Además, “la imprudencia –que incluye la precipitación, la inconsideración y la inconstancia –está muy relacionada con la falta de dominio de las pasiones”. (Isaacs, p. 333)

Sin embargo, por el otro lado, está el que peca de precavido, el que tiene miedo o, como dice Lorda, el que “toma tantas precauciones que es incapaz de decidir pronto y con eficacia”. Eso también es imprudencia.

Otros tipos de enemigos de la prudencia son los que tienen que ver con cada uno de los pasos que intervienen en la toma de decisiones. “Podría pensarse que el hombre prudente es el que nunca se equivoca, porque nunca toma una decisión. Eso es falso. El prudente es el que sabe rectificar sus errores”, dice Isaacs. Inclusive, hay muchas personas que no se atreven a decidir así tengan toda la información pertinente para hacerlo. “Y hay otros que son indecisos y volubles: que toman una decisión, pero no sirve para nada, porque enseguida se echan para atrás. No terminan de decidir nunca”. (Lorda, p. 37). Finalmente, como dice este autor, están los flojos o perezosos, los que ven claro qué hay que hacer “pero no lo hacen porque no pasan del pensamiento a la realidad”.

Como podemos ver, ser prudente no es cosa fácil. Requiere años de entrenamiento y mucha madurez. Y esta virtud que está detrás de todas las demás. Pues, ¿cómo escoger qué está bien si no somos prudentes?

Seguiremos desarrollando el tema en otros posts.

La Mamá Oca

Bibliografía

[i] ISAACS, D. La educación de las virtudes humanas y su evaluación. (15 ed). Navarra: Eunsa. P. 37

[ii] S. AGUSTIN, Apost. 167, 8.

[iii] LORDA, J.L, Virtudes. Experiencias humanas y cristianas. (2ª ed) Madrid: Rialp.

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prudencia

Hace algunos días publiqué un post sobre por qué es importante educar la prudencia y lo pueden encontrar aquí. Y me dio mucho ánimo que les haya gustado tanto el tema ya que ha sido uno de mis artículos más compartidos. Eso demuestra que es una virtud muy valorada. No en vano a la prudencia se le ha llamado genitrix virtutum, madre de las virtudes[1], y también auriga virtutum[2], conductora de todos los hábitos buenos.

Para seguir aprendiendo sobre la prudencia, en este post hablaremos sobre uno de los aspectos importantes sobre esta virtud: pedir consejo. “Hay personas que creen que pedir consejo es una humillación, porque es demostrar que uno no sabe y ponerse por debajo de otros. Para pedir consejo en las decisiones más importantes y más graves de la vida no es demostrar ignorancia, sino demostrar cordura”. (Lorda, 2013: 34)[3]

Es más, mientras más responsabilidades se tiene –por ejemplo, como gobernante de un país—más consejo se debe pedir ya que sus decisiones involucran a más personas. Esto es así porque es imposible saber todo; o ser capaces de anticiparse a todas las situaciones. Además, que alguien nos ayude a ver las cosas desde otra perspectiva nos abre el horizonte. Y hacer esto no nos hace dependientes. Al contrario. “Pedir consejo no es perder libertad, sino aumentarla, porque adquirimos más capacidad para juzgar las cosas y más riqueza de soluciones. Por eso, en las cuestiones más graves de nuestra vida: cuestiones de familia, de trabajo, de salud, de economía, conviene enriquecerse con el consejo de otros”. (Lorda, 2013: 35).

¿Quién nos debe aconsejar?

De hecho, si tenemos problemas de pareja, tal vez la amigo (a) que dejó a su esposa(o) por otra persona no es el compañero más idóneo para aconsejarnos en una circunstancia de este tipo. Igualmente, de poca ayuda será quien es incapaz de guardar un secreto o alguien conflictivo. Lorda dice que “tienen que ser personas equilibradas, que nos quieran bien y que tengan alguna experiencia sobre el asunto. (…) A veces, tenemos a nuestro lado, en nuestra familia, gente buena con mucha experiencia de la vida; o con mucha experiencia profesional. Y sólo con hablar con ellos, con intentar explicarles las cosas, ya se nos aclaran. Y además, nos pueden hacer ver lo que no veíamos y dar orientaciones valiosas).

Otro punto que debemos considerar a la hora de pedir consejo es que no tenemos que, necesariamente, contar todo con pelos y señales. Basta con dar la información pertinente. Además, el escuchar un consejo no significa que la decisión la vamos a tomar en ese momento ni que vamos a hacer exactamente lo que nos digan. “Solo buscamos otra perspectiva, una opinión enriquecedora. Por eso, hay que dejar hablar al otro con libertad, y no implicarse; es decir, no discutir. Se escucha con atención, se toma nota de lo que es útil, se agradece el consejo, y después, personalmente, se decide. Así se conserva la libertad para decidir”. (Lorda, 2013: 36).

El papel de los padres

¿Qué debemos hacer los padres para enseñar a pedir consejo? El punto más importante es que debemos aprender a darlo, sin imponerlo innecesariamente y de esa manera demostrarles humildemente que cuando nos escuchan, les puede ir mejor.
“Se notará que un hijo está desarrollando la virtud de la prudencia porque pide consejo, porque busca las fuentes adecuadas para documentarse, porque pondera esta información y la discute con sus padres y con otras personas, porque llega a ser una persona de criterio y porque actúa o deja de actuar después de considerar las consecuencias del acto para él y los demás”. [4]

Seguiré desarrollando este tema en los siguientes posts.

La Mamá Oca

[1] SANTO TOMAS DE AQUINO, In II Sententiarum, dist. 33, a. 2, a. 5
[2] SAN BERNARDO, Sermones in Cantica Canticorum, 40, 5 (PL 183, 1018)
[3] LORDA, J.L, Virtudes. Experiencias humanas y cristianas. (2ª ed) Madrid: Rialp.
[4] ISAACS, D. La educación de las virtudes humanas y su evaluación. (15 ed). Navarra: Eunsa.

Foto: potowizard/www.freedigitalphotos.net

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¿Por qué educar en la prudencia?

 

prudencia

La prudencia es una virtud que para muchos puede sonar poco conocida. Si bien es una de las cuatro virtudes cardinales, no es tan familiar como la fortaleza o la justicia. ¿Qué es ser prudente? ¿Es ser sólo cauteloso? ¿Es únicamente pensar antes de actuar? “(La) prudencia es la virtud de la inteligencia cuando tiene que decidir. En definitiva, es el hábito de decidir bien”.[1] El término se nos puede hacer más amigable si lo definimos como sensatez, sentido común o criterio. “ (La prudencia es) esa capacidad de discernir en una situación complicada y de llegar a un juicio sereno y equilibrado (…). Una persona con criterio es una persona serena y seria, que juzga bien, que resuelve bien, que acierta”.

Si analizamos un poco de qué trata la prudencia, no cabe duda que es una virtud de vital importancia para tenerla en cuenta a la hora de educar a nuestros hijos. Y, en caso que aún nosotros no la tengamos muy bien desarrollada, es una buena oportunidad para que a través del cultivo personal logremos enseñar con el ejemplo.

El arte de decidir

Así es: decidir es un arte. Desafortunadamente no todos tienen este talento muy bien desarrollado. Vemos gobernantes, jefes, padres, profesores, etc. que tienen a su cargo la toma de decisiones de asuntos que involucran el futuro de muchas personas que, sin ser nosotros doctores en prudencia, nos podemos dar cuenta que no son precisamente muy prudentes. “En este arte de decidir, como en todos, hay algo de espontáneo. (…) Pero también hay algo que se puede aprender. (…) Por ejemplo, procurar estar serenos, informarnos mejor, pedir consejo, no dejarnos dominar por el nerviosismo”.

Decidir no siempre es simple. No es lo mismo escoger qué salsa de spaguettis vamos a pedir que tomar una decisión sobre qué casa vamos a alquilar o con quién nos queremos casar. Por eso, la prudencia es una excelente aliada para evitar errores irreparables.

Las cuatro fases de la decisión

Educar la prudencia incluye enseñar las cuatro fases de la toma de decisiones. “La cuatro fases clásicas de la decisión tienen nombres semejantes a los cuatro momentos de un proceso judicial: instruir la causa, que es obtener la información sobre el caso. Deliberar, que es pensar y valorar los datos. Decidir, que es como sentenciar. Y ejecutar, que es poner por obra lo decidido. Se gana en prudencia, cuando se hacen mejor los cuatro pasos”.

Cada uno de estos pasos tiene, a su vez, unos puntos importantes que considerar, como son la clasificación de la información relevante, el saber pedir consejo, saber tomar las decisiones en un tiempo determinado, no pecar de precavido o ser precipitado, entre otros.

En los siguientes posts voy a desarrollar un poco más algunos matices sobre esta virtud y lo que implica conocerla y educarla.

Estén atentos.

La Mamá Oca

[1] Todas las citas de este texto han sido tomadas de: Lorda, JL. Virtudes. Experiencias humanas y cristianas. Ediciones Rialp, S.A. Madrid, 2013.

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