Decálogo para formar niños «analfabetos emocionales»

autoestima

Escrito por Oscar Gonzalez, de El Blog de Oscar González

Este decálogo lo escribí hace ya un tiempo y me gustaría compartirlo con todos vosotros. Se trata de un decálogo que, si lo seguimos al pie de la letra, nos servirá para formar verdaderos «analfabetos emocionales». Espero que sea de vuestro interés.

Como decía el gran Baltasar Gracián:
«De nada sirve que el entendimiento se adelante si el corazón se queda» 

«Decálogo para formar niños analfabetos emocionales»


1. No deje a sus hijos que expresen sus sentimientos y emociones. Intente también no expresar las suyas pues no es nada beneficioso para ellos.
2. Nunca muestre cariño a sus hijos pues que se sientan queridos es algo secundario. Hay cosas mucho más importantes en la vida.
3. Enseñe a sus hijos a que en esta vida siempre podemos conseguir lo que queremos, satisfaciendo así nuestros deseos y, además, sin ningún tipo de esfuerzo.
4. Muéstreles que cuando tengan cualquier problema lo primero que tienen que hacer es actuar y luego, si queda tiempo pensar y reflexionar sobre el mismo.
5. Enséñeles a que se han de preocupar más por ellos mismos que por los demás.
6. Nunca obligue a sus hijos «a ponerse en el lugar del otro». Háganles creer que son únicos y los más importantes del mundo: los demás, no sirven para nada.
7. Cómpreles todo lo que les pidan. Si lo quieren aquí y ahora cumpla con sus deseos no vaya a ser que se frustren… Así conseguiremos que crezcan felices.
8. Aplauda todas las conductas negativas de sus hijos, lo que hacen mal. Cuando hagan alguna cosa bien, no se la reconozcan jamás.
9. Enseñe a sus hijos a que la mejor forma de solucionar los conflictos es a través de la violencia: hablar y comunicarse no es útil.
10. No pierda el tiempo en educar a sus hijos, para eso está el entorno que seguro que les ofrece unaeducación ejemplar.

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“Le he empezado a decir a mis hijas que soy bella”

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@mafalda

Los hijos siempre son la cosa más bella que haya visto este mundo. Sus caras redondas, su piel perfecta, el labio superior gordito… “Son aquello de lo que está hecha la belleza”, cuenta Amanda King, autora del blog Last Mom on Earth. Y ellos lo saben, se los decimos todo el tiempo: “eres hermosa”, “eres un churro”.

A sus ojitos, su madre también es bella. Su madre es calidez, protección y belleza. Sin embargo, qué contradicción más terrible, cuando la madre no se considera bella, y odia su imagen en el espejo. Esa niñita o ese niñito crecerá escuchando a su madre decir “qué gorda estoy”, “qué fea me veo”, “ella sí es perfecta, yo no”; o la verá haciendo dietas sufridas, porque nunca está conforme con su cuerpo.

Qué confuso es para los hijos, tan seguros de la belleza de su mamá, que ella les diga con su actitud: “tú crees que soy bella, pero estás equivocado. Tú eres pequeño y me amas, pero no eres todavía suficientemente inteligente para saber que soy poco atractiva. Sé que soy fea, porque me miro con ojos crueles”.

Todos esas publicidades a los que estamos expuestos, con mujeres ‘arregladas’ por el PhotoShop; esos programas de televisión con chicas ultraflacas y siempre jóvenes tampoco ayudan, porque se les da un mensaje de falsa perfección y belleza a nuestros hijos.

Así que Amanda King decidió decirles a sus hijas que ella también es bella. “Mírenme, niñas, miren qué bella soy, hoy me siento muy bella”, les dijo. Y las niñas no mostraron sorpresa, porque ya lo sabían.

“No quiero que mis hijas sean niñas que son perfectas y luego, cuando comiencen a sentirse como mujeres, se acuerden cómo su madre se consideraba fea y así ellas también lo serán. Ellas van a envejecer y sus pechos perderán su forma y ellas odiarán sus cuerpos, porque eso es lo que las mujeres hacen. Eso fue lo que mami hizo. Quiero que ellas se conviertan en mujeres que me recuerden modelando una belleza imposible. Modelando belleza en la cara de un mundo cruel y aterrador”.

Los niños deben saber que hay belleza en todos y su madre debe ser el primer modelo. Si les enseñamos a nuestros hijos a no ser crueles con otras personas, visiblemente diferentes, pero somos crueles con nosotras mismas, estamos dándole mensajes contrarios. Pero para decirles que su mamá es bella, hay que creerlo de verdad.

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Ilustración tomada del libro: «Ternura y firmeza con los hijos» de Dr. Alexander Lyford-Pike.

La familia permisiva es la más común en nuestros días. Es genial por el lado de que sí se atienden las necesidades afectivas de los hijos, pero se deja de lado otra parte que es fundamental: la educación con firmeza, normas y exigencia que es imprescindible en el desarrollo de seres humanos maduros.

En este miedo que sentimos los padres de no estar dándoles todo nuestro tiempo porque trabajamos mucho o porque hay más peligros que acechan como las malas compañías, las drogas, el alcohol, entre otros, los padres sobrevaloramos lo afectivo y pretendemos ser los mejores amigos de nuestros hijos, olvidándonos el ser padres. Así, estamos a merced de todos los caprichos, por más mínimos que sean, pensando que así los haremos felices y olvidando la importancia del autodominio en la formación de una persona.

Según Cynthia Hertfelder, en su libro «Como se educa una autoestima familiar sana», la autoestima de los hijos en este tipo de familias suele presentar el siguiente tipo de problemas:

  • Se educa hijos caprichosos que no toleran la más mínima frustración.
  • No son capaces de controlarse emocionalmente.
  • Se creen con derecho a todo por parte de todo el mundo.
  • No entienden la importancia de ninguna clase de normas.
  • No son capaces de establecer proyectos a largo plazo, porque suelen buscar el placer y la recompensa inmediata.
  • No aprenden a conocerse ni a conocer sus limitaciones o potencialidades, porque no se han tenido que esforzar casi nunca por nada.
  • Cuando las cosas no salen como ellos esperan y desean no sabe resolver los problemas y echan la culpa a los demás.
  • No aprecian el valor de las cosas ni de las personas.
  • No entienden lo que los demás sienten ni son capaces de ponerse en su lugar.

«Su autoestima es una autoestima falsa, inflada llena de nada y en permanente riesgo de explotar en cuanto se hayan de enfrentar, aunque solo sea por la edad que no perdona, a una realidad que no tenga como objetivo primero complacerles en sus más mínimos deseos. Se construye una noción de singularidad que no tiene apoyos reales. La ausencia de normas y de exigencia familiar incapacita al niño para construir un modelo adecuado de valores y significados, así como para conocer con realismo sus propias competencias», finaliza la autora.

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Núcleo vertebrador de la sociedad

Foto: La Mamá Oca

Para que triunfe el mal, basta con que los buenos no hagan nada, afirmó el gran político y estadista Edmund Burke. Mientras las clases dirigentes se dedican a hacer ingeniería social y a aplicar sus principios ideológicos, las gran mayoría de los ciudadanos nos dedicamos a trabajar para sacar adelante a nuestras familias.

La falta de participación ciudadana empobrece a la sociedad y a las personas. Al final la democracia se limita a votar cada cuatro años y poco más, se trata de la corrupción de la democracia y su reducción a la tiranía. En contra de lo que piensan muchas personas, los ciudadanos podemos hacer mucho por mejorar la sociedad.

Empezando por lo más cercano, tenemos que cuidar uno de los cimientos básicos de la sociedad: el matrimonio, empezando por el propio. Enamorándonos cada día de nuestro cónyuge, cuidando los detalles y el trato delicado.

Tenemos que ejercer de padres, sobre todo los varones. Hay que entrar en el hogar pero no como en un refugio sino como en el lugar donde nos esperan quienes más queremos. La familia debe ocupar un lugar muy alto en nuestra cabeza, más que el trabajo y que la propia realización. El amor y las creencias duelen pero dan una felicidad muy profunda y somos en parte responsables directos de la felicidad de los nuestros.

La familia no debe ser el refugio en donde nos encerramos a resguardo de la que está cayendo, sino el ámbito donde se aprende a darse a los demás, a encontrar razones para implicarse en la mejora de la sociedad, a vibrar y transmitir a los hijos los valores propios ayudándoles a descubrir los suyos.

Debemos ocupar el lugar que nos corresponde como primeros educadores. La función del Estado, de la Iglesia y la escuela es posterior al papel de padre; su fin es ayudarnos, nunca suplirnos. Es bueno que podamos elegir escuela, que entremos en ella participando en actos y concretando con el tutor de los hijos aquello en lo que pueden mejorar. No hace falta que ocurra una catástrofe para que un padre visite el colegio de sus hijos.

En esta línea, corresponde a los padres poner los medios para parar todo intento de adoctrinamiento de los hijos negándose con los medios oportunos a que se les impongan principios e ideas morales opuestas a las propias bajo el pretexto de educar ciudadanos. Es este un campo concreto para asociarse con otros padres y ejercer las presiones y medidas convenientes. Las sociedades en las que los ciudadanos son activos y defienden sus derechos son más libres y mejoran con el empeño común.

Como ciudadanos y trabajadores debemos luchar cada día por ser ejemplares, poniendo lo mejor que tenemos a disposición de los demás.

Tenemos que hacer la tradición atractiva, se trata de lo bueno que quedó de lo que fue progreso en su día. Unos buenos cimientos aseguran la calidad de la construcción; la familia es el lugar ideal para recuperar, potenciar y transmitir nuestras raíces familiares a las siguientes generaciones. Ellos tienen derecho a que así sea. En este sentido será útil poner en casa fotos de la familia, de los abuelos, y los bisabuelos, contar anécdotas, frases familiares, fomentar la tertulia familiar diaria. Debemos hacer de nuestro hogar el lugar al que se quiere volver, el lugar más importante de nuestra vida.

Tenemos que transmitir a nuestros hijos ideas por las que dar la vida, la alegría de darse a los demás, la satisfacción del deber cumplido. Ayudarles a adquirir compromisos y llevarlos adelante les apetezca o no, siendo amablemente exigentes.

Tenemos que hacer atractivo el empeño por ser mejores y para eso es necesario, como ya se ha dicho, volver a casa; buscando cada día un momento familiar sacrificando lo que haga falta.

Estamos obligados a ayudar a otros padres para que se formen, para que recuperen la dignidad de la paternidad y la maternidad. Debemos ser familias que ayudan a otras familias, abrir nuestros hogares y medios en los que nos movemos a quienes no saben lo que es una familia, a hijos únicos, a personas solas….. tenemos que enseñar nuevamente a la gente a disfrutar dándose, a sentirse queridos.

Por este camino camino la familia será verdaderamente el núcleo vertebrador de la sociedad civil y haremos del mundo un lugar más libre y humano.

Por Aníbal Cuevas. Tomado de su blog Ser Audaces.

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Lo que nuestros hijos nos han enseñado

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Mi esposa Viviana y yo nos casamos hace poco menos de 10 años, pretendiendo que habíamos conformado una familia, pero esta no comenzó a concretarse hasta que, un año después, nació Juan Manuel que contra todo lo previsto no pudo nacer por parto normal ya que tenía 4 circulares de cordón. Desde ese momento Juan Manuel nos enseñó a aceptar que no siempre las cosas salen como uno lo planea o desea. Nosotros habíamos planeado estar juntos en el momento del parto, pero los médicos no quisieron que yo estuviese presente ya que se trataba de una cesárea.

A los dos años de este feliz nacimiento, Dios nos dio a Mercedes que hoy tiene seis años y gracias a un buen médico pudo nacer por parto normal, en contra de todas las opiniones que indicaban que si el primero había nacido por cesárea todos los demás también debían nacer de la misma manera. Entonces nuestra niña nos enseñó a que debemos creer y esperar aun cuando todo parece indicar que las cosas no van a salir como las deseamos, nos enseñó que debemos tener una visión optimista de la vida.

Se imaginarán los lectores que, si mi memoria nos ayudase, podríamos sacar una enseñanza de cada uno de los actos de nuestros cuatro hijos, pero como no quiero agobiarlos con asuntos personales voy a hacer un resumen.

En los peores momentos, cuando uno de ellos se pescó una enfermedad que puso en riesgo su vida, hemos contado con su sonrisa que se ha convertido en un apoyo para soportar las dificultades. Cuando falleció el abuelito, ellos no lloraban porque tenían una seguridad envidiable sobre la felicidad que tendría su abuelo al estar gozando de una vida mejor que esta. Nos enseñaron entonces que el dolor es parte natural de la vida y que debe ser asumido para engrandecernos.

Por el hecho de ser cuatro niños Viviana y yo hemos debido compartir muchas tareas, tanto en el trabajo externo que nos provee el sustento, como en el trabajo dentro de la casa que nos organiza la vida familiar. Los chicos también, en la medida de sus posibilidades, colaboran con él trabajo familiar: los más grandes, antes de comer, lavan las manos de Facundo que todavía no ha cumplido dos años; son ellos los que le enseñan a José Ignacio, de cuatro años, a higienizar sus dientes antes de dormir y a tender la cama al levantarse. Nuestros hijos han mejorado notablemente nuestra capacidad de trabajar en equipo.

Cuando llegamos a casa, cansados por tanta labor y agotados por la lucha cotidiana, sus voces y sus sonrisas nos enseñan que hay que saber dejar los problemas del trabajo fuera de la casa, y cuando no se puede hay que compartirlos para hacerlos más soportables.

También ellos tienen sus aspectos negativos, sus picardías, sus malos comportamientos, que exigen de nosotros el máximo de nuestra paciencia para aguantar sus asuntos, la responsabilidad con los otros cuando rompen la ventana del vecino con una pelota, y la perseverancia necesaria para lograr fraguar en ellos los buenos hábitos. Por lo tanto ellos nos entrenan en virtudes tales como la paciencia, la responsabilidad y la perseverancia.

Ellos no soportan las injusticias, aunque si entienden que no todos tienen los mismos derechos (ya que no tienen las mismas necesidades y obligaciones), de manera que los más grandes saben que deben bañarse por si mismos mientras que el más pequeño requiere de nuestra atención para tales menesteres, y saben además que ninguno de ellos por pequeño que sea tiene la exclusividad sobre los aquellos bombones que mamá había guardado para compartirlos en otro momento. Ellos nos exigen justicia, y la distinguen del igualitarismo raso. También nos enseñan de estas cosas que muchos hombres de gobierno parecen desconocer.

Podríamos escribir muchas páginas mas sobre este asunto, pero creemos que el asunto está comprendido y esta nota estaba destinada a ser mas corta de lo que es. Solo queda para el final decir que ellos nos piden que seamos un ejemplo para su realización, como dijo una vez una lectora de EVPP: «los niños no escuchan lo que les decimos, pero si nos ven».

Lic. Eduardo R. Cattaneo

Publicado en www.aciprensa.com