¿Por qué la bofetada a tiempo NUNCA es un buen método educativo?

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Hace tiempo que no leo un artículo/entrevista que explique tan bien un tema como es el del castigo físico. Se publicó hace pocos días en el ABC de España y es una entrevista a Olga F. Carmona, Psicóloga Clínica, experta en Psicopatología de la Infancia y la adolescencia por la Asociación de Medicina Psicosomática y Psicología Médica, codirectora de Psicología CEIBE y una de las expertas de la pedagogía blanca de su país.

Lo recomiendo mucho.

La Mamá Oca

La crianza es un tema que provoca muchísimos debates. Padres y madres que se enfrentan a la tarea más difícil y apasionante de sus vidas: educar seres humanos felices. Antes se decía hombres de provecho, ahora la preocupación va más hacia derroteros más humanos y más íntimos: la felicidad, que sean adultos seguros, responsables, felices. Seres humanos íntegros.

Los actuales padres tienen en general una característica común: leen mucho sobrepedagogía, infancia, educación, se interesan por la crianza de una manera mucho más consciente que hace décadas. Y esto parece que es, en cierto modo, porque muchos profesionales de la pedagogía se esfuerzan por publicar cada vez más sus conclusiones sobre cuáles son las mejores maneras de educar a los niños.

Durante mucho tiempo se tuvo una idea del niño como un ser manipulador y caprichoso que se tiraba al suelo si no conseguía lo que quería. Estamos hablando de dos, tres, cuatro años, que es cuando comienzan a sentarse las bases en las relaciones paternofiliales. Parece que muchos padres ya han entendido por fin que los niños lloran con rabia porque no saben expresarse de otra manera, no controlan el lenguaje, muchísimo menos sus emociones. No son manipuladores, son ignorantes en el sentido menos insultante de la palabra.Lo ignoran todo porque son pequeños.

La bofetada no es útil

Muchos padres hacen verdaderos esfuerzos por no perder la calma ante situaciones de sumo estrés como son las rabietas de los más pequeños. Lo que ellos no saben es que hacer eso, no perder la calma, es una victoria en sus relaciones de ahora, mañana y siempre. Por eso, la bofetada a tiempo no es útil, no es buena, agrede, física y emocionalmente al niño, como explica Olga F. Carmona, Psicóloga Clínica, experta en Psicopatología de la Infancia y la adolescencia por la Asociación de Medicina Psicosomática y Psicología Médica, codirectora de Psicología CEIBE y una de las expertas de la pedagogía blanca.

—¿Pegar a los hijos es maltratarlos? Mucha gente justifica la educación con bofetadas con la famosa frase «una bofetada a tiempo…».

—Primero habría que preguntarse: ¿Qué es a tiempo? ¿A tiempo de qué? ¿De quién? ¿Quién se está equivocando? ¿Quién no está haciendo lo que nosotros queremos que haga? ¿Quién nos grita? Porque en ese caso, cada vez que alguien (eso sí, a quien amemos profundamente) se equivoque y haga aquello que nos parece mal, o nos levante la voz, o nos contradiga, o no obedezca, por favor, les invito a que lo «maltraten a tiempo». Da risa o estupor. O ambas.

—Si alguien llega a su consulta con un caso así ¿qué le propone?, ¿lo debate?

—Más que debatirse debe extinguirse. De la misma manera que durante años estuvo socialmente bien visto en la cultura colectiva española que gritar o incluso dar una bofetada a tu mujer era lo normal y, hoy por hoy, quedan pocos que lo consideren lo normal, nuestra responsabilidad como profesionales, como padres y como seres humanos es trabajar para extinguir de nuestra cultura que cualquier forma de violencia sea válida.

—¿Por qué?

—No es ético, no es moral y además, no funciona.

—Entonces, una bofetada no educa

—No, de manera rotunda. Una conducta no cambia a través de la violencia y un cachete es violencia. Si se lo damos a un adulto (la idea nos rechina, nos parece inconcebible) sería violencia. Si se lo damos a un niño… ¿no? Es más débil, más vulnerable, tiene menos información y somos su referente, su filtro, su mundo. Y su mundo no debe agredirle.

Es un espejismo doloroso

—Sin embargo, hay padres que dicen que les funciona.

—Lo creen porque obtienen la conducta deseada pero tengo que decirles que es un espejismo, y un espejismo doloroso. Lo que ese niño está haciendo es responder a unas expectativas por miedo, para evitar el golpe, no aprende nada acerca del porqué no debe hacer tal o cual cosa. Pero es aún peor, a través del cachete interioriza que el cachete es válido (aunque duela) y lo repetirá para con otros en sus diferentes manifestaciones. El cachete al niño tiene otras presentaciones, es la ofensa a la pareja, es el abuso de poder del jefe… El niño, de aprender algo, aprende que la violencia es una herramienta válida, aunque sea sólo en algunas ocasiones de «baja intensidad». El aprendizaje de esta premisa, se ha interiorizado.

—¿Realmente por qué lo hacen los padres?

 —Porque obedecen a un impulso. El cachete tiene que ver con un impulso no con una estrategia planificada que tiene un fin, el de educar. Ningún padre, o casi ninguno, planifican dar un cachete o una bofeteada como parte de un plan. Suele ser producto de la impotencia, de la falta de control y de recursos, del cansancio, del bloqueo y también, lo voy a decir, de haberlo recibido. Así que brota de nuestro interior cuando el campo está abonado para ello. Es verdad, a veces los niños nos llevan al límite. Es nuestra responsabilidad aprender a no reaccionar. Somos los adultos, somos los educadores. No somos otro niño que responde con igual pérdida de control. Estamos (o deberíamos) ofreciendo modelos de conducta. Si perdemos el control y agredimos, también le estamos dando un ejemplo, negativo.

Se puede cambiar la conducta

—¿Cómo ayuda a esos padres? Porque muchos se sienten después muy mal…

—Invito a cambiar el paradigma: ¿Qué tal si en vez de justificar mi agresión para no admitir mi falta de control o de recursos, me perdono y me comprometo a no volver a agredir a mis hijos? Si opto por lo segundo me estoy dando la oportunidad de cambiar sin fustigarme y a ellos la oportunidad de ser educados desde la conciencia.

—¿Escucha con frecuencia la expresión «A mí me pegaron alguna que otra bofetada y aquí estoy tan normal»?

—Sí, muchas veces y siempre me viene a la cabeza preguntarme ¿quién serías de no haber recibido esos cachetes? Cuántas batallas internas, conscientes o no, has tenido que librar y cuánta energía has dedicado a eso, y cuántos de esos cachetes no se reflejan en tu trato hacia ti mismo y hacia los otros.

«Los niños que fueron tratados con bofetadas desarrollaron trastornos en la edad adulta»

Sirva a modo de ejemplo un estudio de la Academia Americana de Pediatría, en el cual se obtuvieron datos de 34.000 personas adultas norteamericanas. Las conclusiones revelan que aquellas que fueron tratadas en su infancia con tratos tales como empujones, bofetadas, gritos, desarrollaron trastornos en la edad adulta. Con el tiempo, aquellos que recibieron un «cachete a tiempo» fueron más propensos (entre el 7% y el 4%) a conductas antisociales,dependencia emocional y paranoias.

Desde la pedagogía, la psicología y otros campos que estudian el comportamiento humano nos llega información más que suficiente sobre las consecuencias de un modelo educativo a abolir, caduco, pernicioso, lesivo, que ve al niño como un ser inferior al que hay que adiestrar. Si como padres y educadores, tomamos caminos alternativos, basados en el respeto profundo y en el amor,nos haremos mejores personas en el intento y, con toda seguridad, ayudaremos a formar mejores seres humanos, no contribuyendo a cronificar un sistema impregnado de violencia.

No debemos confundir firmeza con agresión. Podemos y debemos ser padres y educadores firmes, que establezcan un marco de juego conjunto y ofrezcan pautas, pero siempre desde la coherencia, la prevención, el respeto y la empatía. El “cachete” nunca es a tiempo.

Foto: www.freedigitalphotos.net

Qué es educar- A propósito del castigo físico

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Educar es un proceso que tiene como objetivo formar a la persona, enseñarle a vivir y a convivir. Para ello, la educación contempla distintos aspectos:

  • adquirir conocimientos,
  • desarrollar valores,
  • participar activamente en la comunidad,
  • adquirir un criterio propio y responsabilizarse de las decisiones y comportamientos personales,
  • vivir, reconocer, comprender y saber expresar emociones y afectos.

La educación no es sólo un proceso individual. Somos seres sociales y necesitamos aprender a ser persona con otros. No hay un único método válido para educar como no hay una sola forma de sociedad.

Desde nuestra sociedad democrática, contemplada no como un estado sino como una condición dinámica y siempre mejorable en cualquier comunidad, la educación necesita de un referente fundamental: ayudar a conseguir personas que, con sus derechos y deberes, participen como ciudadanos responsables y comprometidos con los demás, con suficiente capacidad de actuación como para proponer nuevas ideas, desarrollar proyectos innovadores y plantear críticas que permitan mejorar el mundo en el que vivimos.

La madurez ética, moral y cívica no se alcanza espontáneamente con la mayoría de edad. Es una conquista, en la que participan y de la que son corresponsales todos los agentes educativos. El Estado tiene una responsabilidad fundamental en este proceso educativo y la obligación de favorecerlo por distintos cauces.

La educación es una de las principales tareas que tiene toda sociedad. En nuestro caso, los padres y madres somos modelos de referencia, las primeras y principales figuras educativas, pero no las únicas. Nuestra función es complementada con la participación de otros familiares, de la escuela, los medios de comunicación…De todos ellos, el Estado es el encargado del desarrollo de normas, recursos y mecanismos que garanticen unos derechos que los ciudadanos tenemos recogidos en nuestra Constitución.

Para todas las personas que realizan funciones educativas la educación es un compromiso:

  • de compartir el tiempo del niño
  • de respetar su identidad
  • de favorecer su integración en la comunidad
  • de educar de manera coherente con el ejemplo propio
  • de posibilitar una amplitud de experiencias a los niños

La educación es un proceso evolutivo. Los educadores han de adaptarse a las necesidades y capacidades de los niños y niñas en cada etapa. Entre los educadores y los niños y niñas no se deben establecer relaciones de poder, sino vínculos de respeto y promoción de la autonomía:

  • El respeto a la identidad de cada uno de los miembros de la relación y a su libertad individual de decisión.
  • El diálogo para comprender el porqué de cada valor, asumir los compromisos con los demás y fomentar la convivencia.
  • La participación del niño o niña en el proceso educativo.
  • El aprendizaje desde la tolerancia con las diferencias
  • El uso educativo del error como una situación que permite la reflexióny el aprendizaje.
  • Una visión ajustada y positiva del potencial de los niños y niñas.

La educación es un proceso constructivo, tanto por parte del niño como de los adultos. La persona no se limita a incorporar los conocimientos que le llegan de fuera, sino que los reconstruye de un modo individual.

La educación no es un proceso lineal. Hay avances, retrocesos y estancamientos. Además, es un proceso que dura toda la vida. Una persona no “es” educada, “está” educándose, siempre abierta al aprendizaje que le aportan las nuevas experiencias.

Si bien nos vienen a la cabeza rápidamente los niños, niñas y adolescentes, afortunadamente no sólo ellos pueden – y deben – aprender. Por ello creemos que es posible aprender sobre el uso del castigo físico en la familia y actuar consecuentemente. Los padres y madres también tenemos derecho a cambiar nuestras opiniones y nuestra conducta.

Fuente: Save the Children
Foto: www.freedigitalphotos.net

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El castigo físico no es una forma de educar. Es evidente que el castigo físico produce reacciones en los niños y niñas pero esto no quiere decir que sea un instrumento educativo. Porque no educa, sino que confunde:

  • El castigo físico paraliza la iniciativa del niño. Bloquea su comportamiento y limita la capacidad para plantear y resolver problemas.
  • Los niños y niñas cuando tienen miedo de ser castigados no se arriesgan a intentar cosas nuevas, de modo que no desarrollan su creatividad, su inteligencia y sus sentidos.
  • No fomenta la autonomía del niño o niña, ni le permite elaborar normas y criterios morales propios.
  • Hace que el niño y la niña respondan a la sanción, no a su propia iniciativa ni a la responsabilidad que los padres desean inculcarle.
  • Fomenta una relación en la que el niño y la niña logran más atención de los padres a través de la transgresión de la norma.
  • Ofrece la violencia como un modo válido para resolver conflictos, aprendiendo actitudes violentas.
  • Dificulta el desarrollo de valores como la paz, la democracia, la cooperación, la igualdad, la tolerancia, la participación y la justicia, esenciales para una sociedad democrática.
  • La violencia engendra violencia. El castigo físico legitima el abuso de poder dentro de todas las relaciones familiares
  • El castigo físico conlleva siempre castigo emocional, puesto que el cariño de los padres y su aprobación son el sostén afectivo del niño, y las bofetadas los pone en tela de juicio.

Fuente: Save the Children
Foto: www.freedigitalphotos.net

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¿Qué es el castigo físico?

Todos hemos vivido situaciones de castigo físico: la madre que le da una bofetada a su hijo intentando frenar su rabieta porque no le quiere comprar algo, el padre que zarandea a su hija cuando le ha visto pegar a otro niño, el adolescente al que se le “levanta la mano” por contestón.

El cachete o el pescozón son escenas cotidianas en nuestra vida. A la mayoría de personas que vivimos en nuestro país no nos parece nada extraño, nada que debamos cuestionarnos, y sin embargo es algo que nos hace sentir mal. Incluso muchas personas que defienden racionalmente el uso del castigo físico no pueden dejar de sentir cierto resquemor después de aplicarlo. No se sienten bien.

Existen muchas formas de entender el castigo físico y, por lo tanto, muchas definiciones. Nosotros proponemos la siguiente:

“Castigo físico es el uso de la fuerza causando dolor, pero no heridas, con el propósito de corregir una conducta no deseable en el niño”

El azote, el capón, la bofetada son formas de castigo físico aunque no las califiquemos como maltrato. Recordemos que las diferencias entre el castigo físico y el maltrato físico son dos:

  • la intensidad: la existencia o no de lesiones derivadas de la violencia ejercida
  • la intención: la intención del maltratador no es educar.

El castigo físico es una de las formas equivocadas de educar, pero no la única. No se trata de sustituir el castigo físico por el maltrato psicológico sino de educar sin violencia.

Mucha gente ha sufrido castigo físico y no se ha traumatizado por ello, pero el riesgo de producir un daño emocional a los niños y niñas nos obliga, como padres y como sociedad, a buscar una alternativa.

La práctica del castigo físico está fuertemente arraigada en nuestra sociedad, en la que se ha trasmitido a través de las generaciones, pero eso no la hace válida. También el trato que se daba a las mujeres hace unos años era tan distinto como equivocado e injusto. Pero no queremos declarar culpables sino generar cambios constructivos.

Las motivaciones por las cuales los padres recurren al castigo físico son variadas:

  • porque lo consideran oportuno para la educación de sus hijos
  • por descargar sus nervios
  • porque carecen de recursos suficientes para afrontar una situación o de estrategias para conseguir lo que quieren
  • porque no definen bien las situaciones sociales en las que las emiten
  • porque no se controlan emocionalmente…

  • pero sea cual sea la justificación que se dé al castigo físico, los efectos que produce son los mismos. El castigo físico hace daño a todos.

Al final, la erradicación del castigo físico es una obligación ética. El castigo físico enseña en el miedo y desde la sumisión, mermando la capacidad de los niños y niñas para crecer como personas autónomas y responsables.

Efectos del castigo físico

En los niños y niñas:

  • Daña su autoestima, genera sensación de minusvalía y promueve expectativas negativas respecto a sí mismo.
  • Les enseña a ser víctimas. Existe la creencia extendida de que la agresión hace más fuertes a las personas que la sufren, les “prepara para la vida”. Hoy sabemos que no sólo no les hace más fuertes, sino más proclives a convertirse repetidamente en víctimas.
  • Interfiere sus procesos de aprendizaje y el desarrollo de su inteligencia, sus sentidos y su emotividad.
  • Se aprende a no razonar. Al excluir el diálogo y la reflexión, dificulta la capacidad para establecer relaciones causales entre su comportamiento y las consecuencias que de él se derivan.
  • Les hace sentir soledad, tristeza y abandono.
  • Incorporan a su forma de ver la vida una visión negativa de los demás y de la sociedad, como un lugar amenazante.
  • Crea un muro que impide la comunicación padres – hijos y daña los vínculos emocionales creados entre ambos.
  • Les hace sentir rabia y ganas de alejarse de casa.
  • Engendra más violencia. Enseña que la violencia es un modo adecuado para resolver los problemas
  • Los niños y niñas que han sufrido castigo físico pueden presentan dificultades de integración social
  • No se aprende a cooperar con las figuras de autoridad, se aprende a someterse a las normas o a transgredirlas.
  • Pueden sufrir daños físicos accidentales. Cuando alguien pega se le puede “ir la mano” y provocar más daño del que esperaba.

En los padres:

  • El castigo físico puede producir ansiedad y culpa, incluso cuando se considera correcta la aplicación de este tipo de castigo.
  • La violencia se expande. El empleo del castigo físico aumenta la probabilidad de que los padres muestren comportamientos violentos en el futuro en otros contextos, con mayor frecuencia y más intensidad.
  • Impide su comunicación con los hijos y deteriora los relaciones familiares.
  • Cuando usan el castigo físico porque carecen de recursos alternativos, aparece una necesidad de justificación ante sí mismo y ante la sociedad. Al malestar por los efectos de castigo físico en los niños y niñas se suma la incomodidad de una posición incoherente o no fundamentada.

    En la sociedad:

  • El castigo físico aumenta y legitima ante las nuevas generaciones el uso de la violencia en la sociedad.
  • Genera una doble moral. Existen dos categorías de ciudadanos: los niños y niñas y los adultos. A los adultos no se les puede agredir, a los niños y niñas sí.
  • El castigo físico promueve modelos familiares quebrados:

    • sin comunicación entre sus miembros, que se dividen, cuando este ocurre, entre agresores y agredidos.

    • no integrados en la sociedad, en conflicto con la igualdad que defiende la democracia

  • Dificulta la protección de la infancia. Al tolerar estas prácticas, la sociedad queda deslegitimada ante los niños y niñas como un ámbito protector.
  • Se educan ciudadanos sumisos que han aprendido en sus primeros años de vida que ser víctima es una condición natural de los individuos que conformamos la sociedad.
Fuente: Save The Children
Foto: www.freedigitalphotos.net