Noviazgo adolescente: ¿Qué debemos hacer los padres?

noviazgo

No hay duda que las generaciones modernas van a un ritmo más acelerado de lo que se acostumbraba anteriormente; y es lo que sucede hoy con los “noviazgos” a tempranas edades. Una realidad para la que ni padres ni hijos, se encuentran preparados. ¿Qué hacer ante esta situación? En LaFamilia.info te orientamos al respecto.

Una mirada al entorno

Son muchos los fenómenos que pueden estar acelerando los procesos naturales que deben ser vividos en cada etapa de la vida, pero tal vez los más contundentes, son aquellos relacionados con el avance tecnológico y los medios de comunicación, los cuales imprimen en el mundo moderno, un ritmo tan vertiginoso que se sale de control. A esto hay que sumarle, el bombardeo constante de mensajes que los niños reciben a través de dichos medios, gran parte de ellos, emitiendo “modelos” poco aptos para su formación ética, precisamente en una edad donde el criterio aún se halla en formación, obteniendo así unos jóvenes desorientados y confusos.

De igual forma, la soledad de los niños y jóvenes, la descomposición de las familias, el poco tiempo del que disponen los padres para estar con sus hijos, la carencia de normas y límites, entre otros tantos, también afectan de forma directa esta situación.

Así pues, aparte de reconocer que existen unas condiciones en nuestra sociedad -imposibles de evitar-, la mejor alternativa entonces, es trabajar desde los hogares para que nuestros hijos se enfrenten al mundo con una voluntad firme, un conjunto de valores inalterables, un respeto por la autoridad y una familia que espera en casa rebosada de amor, comprensión, escucha y apoyo.

¿“Noviazgo” adolescente?

La adolescencia es una etapa de intensos cambios corporales, emocionales e intelectuales. Es una constante montaña rusa de emociones y sentimientos, por ello sus manifestaciones agresivas o afectivas al extremo. Es aquí donde las hormonas se vuelven inquietas y los jóvenes comienzan a vivir sensaciones hasta el momento desconocidas, como por ejemplo la atracción sexual.

Partiendo de esta base, se podría decir que lo que se presenta a estas edades no es propiamente un noviazgo; más bien es un estado de “enamoramiento” que se limita a una atracción física, la cual puede ser confundida fácilmente con el verdadero amor y llevar a consecuencias irreversibles en la vida de los adolescentes.

Decimos pues que el auténtico noviazgo, es aquella relación entre un hombre y una mujer, en donde su vínculo de amor, los lleva a vivir un tiempo de maduración para culminar en su fin principal: el matrimonio. Por tanto, hablar de algo de tanta envergadura como el compromiso marital a los quince años, es algo salido de contexto.

“El noviazgo en los jóvenes, suele ser una relación muy inestable, que se ve afectada por la inexperiencia propia de la juventud. También influyen terceras personas que juzgan, presionan, imponen, prohíben, etc. Por lo general, los noviazgos adolescentes no son duraderos, por la misma inestabilidad física y emocional de los jóvenes, que muchas veces lo hace insostenible. (…) El inconveniente de la adolescencia, es no saber lo que se quiere, y sin embargo quererlo a toda costa, aquí y ahora, sin fijarse en el tiempo y circunstancias.” Explica el autor Francisco Gras de Micumbre.com, “El noviazgo explicado a los hijos adolescentes”.

¿Prohibir, aceptar, vigilar… qué hacer?

Como es apenas comprensible, algunos padres entran en pánico cuando se enteran que sus hijos de doce o trece años han iniciado una relación de noviazgo, otros reaccionan de forma agresiva, llegando incluso a tomar posturas extremas como prohibir la relación o imponer drásticos castigos, mientras que otro grupo de padres, opta por darle de largas a la situación e ignorar por completo lo que sucede con los hijos. Ah… y no ha de faltar aquellos que alcahuetean o aprueban estos noviazgos prematuros.

Todos los casos anteriores, no son la mejor forma de afrontar la situación. Cuando los padres se inclinan por la prohibición sin dar argumento alguno, se causa el efecto contrario: el noviazgo se hace aún más atractivo y se abre el camino para que los episodios de rebeldía y/o desafío de la autoridad paterna, se hagan presentes. Al mismo tiempo, el castigo tampoco es la solución, pues el problema no está en enamorarse, sino en la ausencia de unas condiciones necesarias para ello. En cuanto a “hacerse el de la vista gorda” frente algo tan trascendental, será un silencio que hará tanto daño como el mismo castigo. Con relación a aprobar este tipo de noviazgo, es algo que corresponde a los amigos de los hijos, no a los padres, quienes deben brindar las orientaciones adecuadas desde su óptica de responsabilidad y madurez.

Lo que los padres deben hacer, es enseñarles a sus hijos a dominar sus impulsos y deseos, deben ayudarles a fortalecer su voluntad, a identificar las consecuencias de cada acto, a valorar su cuerpo como su mayor tesoro, a respetar la integridad de la otra persona, a ser asertivos y fomentar su autoestima, a saber enfrentar las presiones externas (amigos, publicidad, series, películas, música, etc.) Asimismo, se les debe explicar que cada cosa tiene su debido tiempo, se debe vivir lo propio de cada etapa, sin adelantarse al curso natural.

Para ello, los padres han de utilizar el diálogo como su mejor aliado, conversar con sus hijos de este tema con mucha naturalidad, y tal vez anticiparse, antes de que los hijos busquen información en otras fuentes, la mayoría de ellas erradas. A través de estas charlas, se les debe advertir sobre los peligros que asumen con un noviazgo anticipado y las consecuencias de iniciar una vida sexual temprana, como puede ser un embarazo no deseado, la dificultad para lograr proyectos profesionales, enfermedades que comprometen los sueños de cada quien, la materialización del cuerpo –promiscuidad-, etc.

Además, los padres deberán valerse de la autoridad con la que fueron dotados, así que en casa deben existir unas reglas claras, firmes y razonables sobre el comportamiento de los hijos en relación a sus noviazgos. También es importante expresarles cariño a los hijos, que se sientan comprendidos, apoyados, amados y bienvenidos.

Para finalizar: “La responsabilidad de los padres en la educación de los hijos, no es transferible, ni negociable. Los hijos son víctimas del silencio de sus padres, pero responsables de sus actos, si no han puesto los medios para informarse bien, de lo que es el noviazgo y los peligros que pudiera conllevar” señala Francisco Gras.

Artículo originalmente publicado por lafamilia.info

¿Por qué conocer a nuestros hijos?

Se dice que uno ama lo que conoce. Y tiene lógica. Es muy difícil desear algo sino sabemos cómo es. Tampoco podemos tener antojos de un sabor que no hemos probado. Lo mismo con el amor. Mientras más conocemos, más amamos (siempre y cuando lo que conocemos nos guste). Por eso, por ejemplo, el tiempo del noviazgo es básico antes del matrimonio, porque es una etapa que tiene como objetivo el conocimiento del otro como futuro cónyuge.

Sin embargo, el amor a los hijos es tal vez el único amor que rompe, normalmente, con esta regla. Sobre todo en el caso de la mamá: basta que nos digan que tenemos un bebé en la barriga para ya amarlo y desearlo con todo nuestro corazón. No necesitamos verlo ni sentirlo –en los primeros meses de embarazo ni percibimos sus movimientos– para ya adorarlo. Por eso una pérdida es terrible para una mujer, por más corto que haya sido el tiempo de embarazo.

Esto es porque amar a nuestros hijos es algo natural, está en la naturaleza de toda mujer… o de la gran mayoría. Por eso decimos que una madre es “desnaturalizada” cuando no actúa de esa manera, porque no lo tiene en su naturaleza.

Los papás también aman a sus hijos con todo el corazón. Pero este amor se acrecienta cuando ya toman contacto directo con el nuevo ser. Y llega a ser enorme. Por eso vemos casos en que los hijos tienen una relación más estrecha con el papá.  Es un amor que está más vinculado con el conocimiento directo.

También es de uso común decir que nadie conoce mejor a las personas que su madre y su padre (la famosa frase «Te conozco como si te hubiera parido» se basa en hechos reales). La convivencia, la filiación, la conexión, el instinto y todo lo que une a un padre con su hijo son razones más que suficientes para saber perfectamente de qué pie cojea nuestro pequeño o gran retoño. Y esta es una herramienta muy poderosa para enfrentar, en el caso que se den, futuros problemas.

Indagar en lo profundo

Puede ser que las preocupaciones, las tareas de la casa y el trabajo no nos permitan estar mucho tiempo con nuestros hijos: levantarse temprano, arreglarse (y arreglarlos), el desayuno, llevarlos al colegio, ir al trabajo, regresar, hacer o revisar tareas, comer, ver el almuerzo del día siguiente, bañarlos, acostarlos, acomodar todo lo pendiente, son tal vez ALGUNAS de las tareas que llenan nuestro día a día. ¿En qué momento podemos sentarnos a conversar sobre temas importantes con ellos? La verdad que con sólo releer lo anterior ya me estresé… No sé, pero hay que hacerlo: fines de semana, feriados, en las noches antes de dormir, en la cena, en el camino al colegio, en el supermercado, mientras esperamos hacer un trámite con ellos, mientras limpiamos la casa, cualquier momento es bueno para preguntarles a nuestros hijos cómo se sienten, qué les gusta, qué no les gusta, cómo van las relaciones con sus amigos, qué han visto últimamente en la televisión o en el internet, con quién juegan en el colegio, qué juegan, si tienen problemas con los compañeros… o, tal vez, no preguntar tanto y escucharlos. A los niños y adolescentes les encanta que los escuchen sin que los cuestionen… y con sólo abrir nuestros oídos y nuestro corazón podemos descubrir mucho más del universo interno que contienen nuestros hijos, que mientras más crecen más se escapan de nuestro control y conocimiento.

La terapia es conocimiento

Y digo esto porque hoy en día está muy de moda diagnosticar. Todos los niños y todos los adultos tenemos algún problema, algo que hay que chequear, corregir, observar, etc. Cada vez que toca entrega de informe en el nido o en el colegio vamos aterrados para ver si nuestro dulce bebé no se ha transformado en algún síndrome intratable con piernas y brazos. Y ojo, yo no reniego de las terapias ni de la psicología. Es más, creo que ayudan muchísimo en casos específicos. Pero lo que ve un psicólogo con una o dos horas semanales son más comportamientos, acciones, todo lo que el alma de nuestro hijo quiere externalizar de alguna manera que tal vez no le gusta al resto o hacen que su sociabilidad no sea la adecuada. ¿Y saben por qué las terapias toman tanto tiempo? Porque el terapista se da el trabajo de conocer a su paciente y, si es un niño, a sus papás, a sus hermanos, la dinámica familiar, escolar, etc. para ver de dónde salen todos los problemas…pero no conviviendo, sino en cortas sesiones con ciertas herramientas de medición. Y sin el amor de un padre. Nuevamente, hablamos de puro y simple conocimiento. Ojo, quiero que quede claro que estoy hablando de situaciones cotidianas, no de casos clínicos u otras situaciones que sí requieren a un especialista para salir adelante.

Conocer para amar responsablemente

Al ser nosotros los que más amamos a nuestros hijos, está en nosotros el conocerlo más, no para amarlo más (porque como dije al comienzo, este es el único amor que nace y crece sin que el conocimiento sea su causa) sino para simplemente ahondar en lo que mueve su corazón.

Muchas situaciones se han salvado porque una mamá o papá conocía mucho a su hijo. Leí una vez un caso en que un adolescente contento y feliz de repente se volvió huraño y mal humorado. La situación se mantenía. La mamá que sabía perfectamente cómo funcionaba el universo interior de su hijo se preocupó y fue a consultar a especialistas. Todos le decían que era normal a su edad. Pero ella no les creyó porque lo conocía. Sabía que algo grave estaba pasando. Y no quería preguntarle directamente a su hijo porque sabía que a esa edad y siendo hombre, la forma de abordarlo no podía ser directa. Durante mucho tiempo la mamá, atenta, entraba al cuarto del chico a ordenar la ropa o hacer otras cosas buscando estar cerca de él… hasta que un día el hijo no aguantó y le contó que un conocido lo había tratado de seducir  y él había escapado, pero que desde entonces se sentía avergonzado y no se lo quería contar a nadie. A partir de ahí las cosas mejoraron. Y todo porque la mamá conocía a su hijo mejor que nadie… mejor que los especialistas, mejor que lo que cualquier libro o amigo le podía decir.

Veamos la situación en nosotros mismos. Mientras más nos conocemos, más autodominio tenemos sobre nuestra voluntad, sobre nuestros pensamientos. Sabemos reconocer nuestros sentimientos y sabemos cómo actuar cuando estos se presentan. El autoconocimiento es una herramienta poderosísima para el crecimiento personal. Porque el conocimiento nos da poder y control (que puede ser en el buen y el mal sentido de las palabras, pero para efectos de este blog, lo decimos en el buen sentido).

Lo mismo sucede con nuestros hijos: mientras más los conocemos podemos controlar mejor las situaciones, dominar los problemas, ver las posibles causas y las posibles soluciones. Muchas terapias familiares sirven para conocerse unos a otros porque, sí, podemos vivir bajo el mismo techo pero no saber quién es realmente el que comparte el cuarto con nosotros. Ganémosle un poco de tiempo a una posible terapia haciendo el esfuerzo de conocernos.

Conocer a nuestros hijos es de vital importancia para su desarrollo. No los conocemos para controlarlos y fiscalizarlos, ni mucho menos para criticarlos (“Te conozco, todo lo que haces para vagar”, no es una frase muy constructiva). Los conocemos para amarlos más allá del amor natural que nace de la simple filiación. Para amarlos con el amor responsable que merecen tener de parte de sus padres como encargados de su formación y crecimiento espiritual. Por eso no estoy hablando de un conocer superficial (saber que su plato favorito son el pollo con papás fritas no es un conocimiento profundo, de su intimidad).

Reflexionemos un poco sobre este tema y analicemos cuánto realmente conocemos a cada uno de los miembros de nuestra familia, como seres únicos y distintos, irrepetibles. Seguro que si nos ponemos como meta ahondar un poco más en cada uno de ellos encontraremos sorpresas insospechadas, gratas y no tan gratas. Pero ya el simple hecho de saber que existen es un gran paso para disfrutarlas o para enfrentarlas.

La Mamá Oca

¿Sabe tu hijo adolescente cuales son las 6 decisiones más importantes de su vida?

ID-10054134

Hoy comparto con ustedes este interesante artículo que publicó esta semana el www.abc.es.

¿Sabe tu hijo adolescente cuales son las 6 decisiones más importantes de su vida?

Quizás no haya meditado sobre sus opciones de vida o esté ya inmerso en una de ellas, lo bueno es que siempre se puede rectificar.

Los medios que no dejan de bombardearles. Fiestas con drogas, pornografía en internet, abuso sexual, terrorismo, una competitividad a nivel global brutal, depresiones, y presiones por parte de sus propios compañeros de década. Hoy en día ser adolescente es más difícil que nunca. Durante la juventud, los chavales se enfrentan a los retos más importantes de toda su vida. «Si durante la adolescencia tomamos las decisiones acertadas el resto del viaje consistirá en mantenerlas y cosechar los frutos», indica Sean Covey, autor de una completa y divertida guía para ayudar a los jóvenes en esta difícil tarea que ha titulado «Las seis decisiones más importantes de tu vida» (Palabra). En este libro se señalan las preguntas que todo adolescente se debería hacer, a la vez que se les ofrecen las herramientas necesarias para adoptar eficazmente las decisiones que marcarán su futuro:

1. Colegio, universidad: ¿Qué vas a hacer en relación con tu educación? Esta sería, según Covey, el reto número uno de un adolescente. ¿Por qué es una decisión tan importante? «Tal vez porque todo lo que haga un chic@ al respecto le abrirá puertas o se las cerrará en la cara durante mucho tiempo», explica. En este capítulo el autor habla de cómo superar un trastorno de aprendizaje, cómo obtener buenas notas, o encontrar motivación para estudiar, entre otras.

2. Amigos: ¿Qué clase de amigos elegirás? «Para algunos es muy fácil hacer amigos, para otros, una auténtica pesadilla. El tema es crucial porque los adolescentes tienen una enorme necesidad de ser aceptados, y eso a veces les lleva a tomar malas decisiones». En concreto Covey se refiere a cómo soportar la presión de los compañeros, y aconseja a los jóvenes no dejarse llevar y pensar en la clase de amigo que les gustaría tener.

3. Padres. ¿Te vas a llevar bien con tus padres? «La calidad de la relación que quieras tener con tus padres es una elección, y se trata de una de las decisiones más importantes que tomarás en tu vida. Debes saber cómo construir esa relación, expresiones en familia que siempre funcionan (para bien), como sobrevivir a un divorcio, o qué hacer cuando tus padres son un verdadero desastre», indica este experto.

4. Noviazgo y sexo. ¿Con quién vas a salir y que vas a hacer respecto al sexo? «Más vale tener claro con qué tipo de gente vas a salir y qué vas a hacer en relación al sexo, porque si no, otra persona tomará la decisión por tí, lo que en realidad no quieres que ocurra», indica el autor de «Las seis decisiones más importantes de tu vida». «Los chicos deben saber cómo actuar inteligentemente ante el noviazgo, cuál es el problema de centrar su vida en una pareja, cómo identificar señales de alerta en una relación, cuáles son las ETS (enfermedades de transimisión sexual) y por qué les deben importar…», añade.

5. Adicciones. ¿Qué harás respecto a fumar, beber, consumir drogas y otro tipo de adicciones? «Los adolescentes están obligados a saber la verdad sobre el alcohol, las metanfetaminas, el éxtasis, la cocaina… y hasta de los medicamentos que se venden con receta médica», advierte.

6. Autotestima: ¿Optarás por quererte a tí mismo? «Aprender a gustarte a ti mismo también es una elección. A lo mejor no lo parece, pero es verdad. Es cuestión de aprender a obtener tu seguridad desde dentro, no desde fuera… ni de lo que los demás digan de ti. Es absurdo obsesionarte con las opiniones que otros tienen de tu persona. Pero para eso hay que conocer como construir los cimientos de una autoestima saludable, desarrollar habilidades y talentos únicos, y explorar en tus propias minas para encontrar diamantes», concluye Covey.

Foto: www.freedigitalphotos.net

Buenas relaciones con tus hijos adolescentes

ID-10053478

Amigos,

Esta es una entrevista que me pareció muy buena, también del ABC. Se las recomiendo a los padres de hijos adolescentes.

La Mamá Oca

Se piensa que la etapa de la crianza, la del comienzo es dura. Y en cierto modo así es. Sin embargo, lo más difícil viene después. Los primeros años son duros en cuanto a cansancio físico, los niños duermen a su ritmo (que no suele ser el que los padres quieren), las rabietas, que si no comen, que si no se quieren despegar de los adultos, que si tememos por si no se adaptan al cole… Infinidad de temas que los que son padres saben y conocen al dedillo.

No obstante a partir de los doce años, a veces antes, en ocasiones más tarde, los niños comienzan a despegar de una manera increíble y empiezan su camino a ser personas adultas. Abandonan la infancia, dejan de ser «nuestros bebés» y aunque es ley de vida y ofrece muchas satisfacciones verlos crecer, no siempre es fácil adaptarse a esta nueva etapa.

Los expertos lo tienen claro: lo que se haga de niños, es lo que saldrá a la luz entrando en la adolescencia. Las tendencias actuales inciden mucho en desterrar los comportamientos autoritarios del porque yo lo digo y la terrible «bofetada a tiempo» porque no se consigue nada, bueno, sí, lo contrario a lo que se desea.

Azucena Caballero, docente y cofundadora de la pedagogía blanca, —una nueva corriente que impulsa la crianza basada en el respeto y con una educación carente de gritos—, explica cómo lograr una mejor relación padres-hijos adolescentes.

—¿Por qué la adolescencia genera tantos conflictos entre padres en hijos?

—No genera conflictos necesariamente, muchos adolescentes tienen relaciones fabulosas con sus padres y los conflictos que surgen en la convivencia se solucionan con comprensión y entendimiento mutuos. De hecho, la adolescencia, en todo caso, lo que saca a relucir son conflictos tapados, silenciados y mal gestionados a lo largo de la infancia. Cuando al llegar a la adolescencia, etapa en la que el ser humano necesita reafirmarse la relación no ha podido construirse con mutuo respeto y confianza, empieza a haber conflictos, porque los hijos se dan cuenta de que sus padres no son infalibles, y que no siempre opinan como ellos. Cuando los hijos desean empezar a independizarse y tomar sus decisiones, si la base en la infancia no fueron grandes y sólidos pilares de confianza, honestidad y respeto mutuo, ahora se resquebrajan.

—¿En qué se tiene que basar una buena relación de respeto mutuo entre padres y adolescentes?

—Una buena relación entre padres y adolescentes se debe basar en auténtica comunicación, en escuchar mucho, hablar mucho, observar y acompañar. Conversar sin demeritar las opiniones del adolescente, sin penalizarle si lo que dice nos parece ridículo. Si escuchas a tu hijo, te tomas tiempo para debatir con él, y le tratas con como mínimo el mismo respeto con el que tratarías a tu mejor amigo, la relación fluirá con facilidad, confianza y cariño. Y en esta etapa necesitan mucho acompañamiento, que les animemos a sacar lo mejor de sí mismos, que sepan que son valiosos y que nos importan mucho, y sobretodo que les aceptamos tal y como son.

—¿A qué conlleva tener unos padres autoritarios?

—A hijos desconfiados, inseguros, con baja autoestima, que obedecen por temor, no porque entiendan la importancia de cumplir ciertas normas. Generan también rebeldía, ganas de liberarse, de traspasar el límite como ejercicio de autoafirmación, aún en detrimento del bienestar físico y/o emocional propio, y lo peor, personas que desarrollan relaciones insanas con sus progenitores, que pueden degenerar en agresividad, apatía, depresión… La autoridad ha de venir dada por la confianza y el respeto, no por el castigo, el temor y la imposición arbitraria.

—¿Y los padres dialogantes?

—Tendrán una mejor relación con sus hijos y una convivencia más apacible. En definitiva, generan hijos felices, conscientes de su valor porque se les escucha y se les tiene en cuenta. Personas con mejor autoestima y, por lo tanto, con mayor sentimiento de capacidad, de conciencia de que sí pueden aportar mucho a los demás, y personas más activas e involucradas en el bienestar social. Los adolescentes tienen ante ellos todas las oportunidades de la vida, necesitan que confiemos, que les observemos y alentemos para que desarrollen sus pasiones.

—¿Es bueno conocer a las amistades de tus hijos? ¿Eso se llama interesarse o se llama entrometerse? ¿Dónde están los límites?

—Es bueno, diría que imprescindible, conocer a los amigos de tus hijos, tanto en la infancia como en la adolescencia. Entrometerse es otra cosa, es mirar sus mensajes privados, leer su diario o meternos en su teléfono, ya que todo ser humano tiene derecho a la privacidad y la intimidad. Pero conocer a los amigos es necesario, has de saber con qué personas va, con quienes se relaciona, a qué sitios va, etc. Te va a permitir entender mejor las cosas que te cuente, y te va a dar mayor tranquilidad.

También vas a poder ver si tu hijo necesita consejo, o si hay algo que falla, ya que cuando tenemos un hijo que se relaciona con lo que llamamos «malas compañías» es un síntoma de algo que no funciona en su banco de recursos emocionales, y habrá que intentar ir a lo que nuestro hijo siente a nivel primario y secundario para poder buscar una solución. Las personas con quienes nuestros hijos se relacionan nos indican muchas cosas sobre como están ellos, y en definitiva si son personas habituales en la vida de nuestros hijos es lógico que se conviertan en personas habituales en las nuestras.

—Situación real: un niño de 13 años de repente quiere ir un viernes por la tarde a la discoteca juvenil (donde no hay alcohol) pero los padres no quieren que vaya. ¿Qué maneras hay de resolver este conflicto?

—Lo mejor es sentarse juntos a hablar, y que cada uno exponga sus motivos para querer ir y sus motivos para no querer que vaya, y analizarlos. Muchas veces los padres no quieren que el hijo haga algo por un miedo infundado, o por una percepción personal, pero no objetiva, de lo que «está bien» a esa edad. Lo ideal es sentarse a negociar y ver si de verdad consideran que es algo que no es bueno para su hijo, en ese caso, como responsables del bienestar del menor, tendrán que negociar con él y explicarle que no va a poder ir por esto, esto y esto, pero que sí podrá hacer otras cosas que sean más adecuadas, o si al exponer todos los argumentos, ven que el niño es responsable y confiable y que no es algo tan importante, pueden ser flexibles y dejar que vaya.

Las normas han de ser pocas y lógicas y siempre enfocadas al bienestar físico, emocional y moral del niño. Todo lo que pueda ser algo arbitrario, que somos conscientes de que en cada casa es diferente, es importante hablarlo y negociarlo con nuestros hijos para que sea algo consensuado, que se entienda y por lo tanto funcione.

—Pegar a los hijos como sistema educativo. ¿pueden hacer surgir en la adolescencia esas consecuencias?

—Sí, normalmente es cuando sale, cuando nos pasa factura.

—¿Qué hacer si descubrimos que nuestros hijos con 13, 14 años están ya “fascinados» con amigos problemáticos? ¿Castigar sin salir es aquí un límite válido?

—Castigar casi nunca sale bien. Es decir, si de verdad quieren ver a esas personas las verán igual, porque saldrán para ir al colegio, para ir a otros sitios, se pasarán mensajes mediante amigos comunes, y al final nos engañarán, nos mentirán como solución. Lo mejor es hablar con ellos, que nos cuenten lo que ellos ven en esas personas, para detectar cuales son las carencias que nuestros hijos quieren suplir al acercarse a esas personas, y así poder ayudarles. También tenemos que estar abiertos a mirar si de verdad es alguien problemático o si solo lo parece por una situación desafortunada que en realidad es algo puntual.

Antes que castigar sin salir intentaría ofrecer alternativas que hagan que pueda desvincularse de esas amistades sin que sea un corte directo y forzado, como nuevos grupos de actividades lúdicas y de ocio y más salidas familiares, que el niño pueda descubrir un nuevo grupo de personas con quienes tiene cosas en común y con las que se divierte, que le hagan cambiar de círculo de forma voluntaria.

Fuente: www.abc.es

La fuerza de voluntad en los jóvenes

ID-100138172

Proponer mucho y hacer poco. Apenas el joven empieza a cumplir, lo va olvidando y, cuando se quiere dar cuenta, está como al principio. Esta es una situación muy común durante la etapa de la adolescencia. En esencia, según explica el psicólogo, pedagogo y escritor Bernabé Tierno, el problema radica en que confunden la verdadera voluntad (fuerza de la decisión) con el simple deseo o apetencia de algo. «Esta tendencia les hace veleidosos, y les deja a merced de todos los vientos que soplan». Lo corrobora la psicóloga Marina Martín-Artajo, para quien la voluntad es «la fuerza del querer, del desear que algo ocurra, algo bueno que te ayude a crecer y evolucionar. Es un motor interno que sólo se puede poner en marcha desde dentro hacia afuera… y en la adolescencia se da la circunstancia de que a veces no se sabe lo que de verdad se quiere».

La realidad es que para los adolescentes, prosigue la psicóloga y psicoterapueta Rosario Linares, de El Prado Psicólogos, «es especialmente difícil renunciar a las satisfaciones inmediatas, y a que tienden a hacer «lo que les apetece» sin tener presentes las consecuencias a largo plazo. De ahí la importancia del esfuerzo y enseñarles a no hacer siempre lo que les apetece, algo que también exige a los padres poner a fuerza su propia fuerza de voluntad». La buena noticia, concluye esta especialista, es que la fuerza de voluntad es como un músculo que se puede entrenar. «Cuanto antes empecemos a trabajr el autocontrol, mejores resultados obtendremos, porque nunca es tarde para empezar a adoptar este hábito positivo».

Este es el camino estos especialistas para educar la voluntad:

—Siendo un ejemplo para ellos. Si ven que nos controlamos y las consecuencias positivas que esto tiene en nuestra vida, aprenderán que merece la pena el esfuerzo.

—Transmitiéndoles el valor del esfuerzo personal. Las personas que tienen un mayor autocontrol se sienten más satisfechas consigo mismas y son más felices. Realizar pequeños esfuerzos tiene una gran recompensa.

—Confiar en ellos y en sus capacidades para lograr lo que se propongan. Es muy difícil hacer cualquier esfuerzo si uno no confía en sus posibilidades.

—Fomentar la autonomía y la responsabilidad y no obligándoles a hacer las cosas porque sí o porque nosotros queremos que las hagan. Las personas que hacen un esfuerzo por una motivación interna y no externa, como el complacer a otros, son más perseverantes a la hora de alcanzar una meta.

—Enseñarles a huir de las decisiones precipitadas. Suelen darse estas por falta de deliberación, es decir, de reflexión antes de tomarlas. Cuando se decide precipitadamente, sin saber lo que se quiere o sin haberlo pensado bien, se impone un momento de recapacitación para corregir las decisiones tomadas. Para eso sería ideal enseñarles estrategias como dividir la tarea en pequeñas partes, poner por escrito los objetivos o enfocarse en un solo objetivo que requiera mucho esfuerzo y no en muchos a la vez.

—Explicarles que no se deben hacer propósitos que después no se puedan cumplir. «Sé hombre de palabra». El hombre de voluntad es aquel que cumple lo que ha prometido.

—Evitar la indecisión propia de quien hace inacabables sus razonamientos. El individuo que alarga indefinidamente su deliberación, dando largas a su decisión, manifiesta un evidente temor a comprometerse.

—Recalcar la importancia de la repetición de actos, que desemboca en hábitos operativos, es decir, en virtudes que facilitan el buen obrar. El hombre de voluntad es aquel que se ha habituado a obrar bien, es el virtuoso. Pero la voluntad no se refuerza solo mediante la repetición mecánica de algo.

—Aclarar que la voluntad también necesita motivos, razones, ideas grandes y nobles por las que valga la pena esforzarse. Todo sacrificio es pequeño cuando se busca un fin grande. El hombre de voluntad es un hombre de ideales que sabe sacrificarse por ellos.

—Establecer un plan de acción en el que especifiques cuándo, cómo, dónde y cuánto tiempo emplearás en la ejecución de lo que decides. Sé riguroso y exigente contigo mismo sin permitirte concesiones.

—Darles la libertad para encontrar lo que a ellos les motiva, pues la fuerza de voluntad es la hija de la motivación. En este sentido, un error que muchos padres comenten es aconsejar a sus hijos qué carrera deben elegir.

—Que sepan buscar la ayuda de alguien que, en los momentos de flaqueza, te aliente a seguir sin desfallecer en tus propósitos.

—Incorporar en la vida diaria actividades que impliquen un esfuerzo como el deporte, el estudio constante (y no sólo cuando se acerca el examen), ayudar en las tareas de casa.

—Y por último, ser conscientes de que algunas veces, habrá que valorar su esfuerzo y no la consecución de su objetivo. Por ejemplo, premiar el estudio, no el aprobar.

Fuente: www.abc.es
Foto: www.freedigitalphotos.net

Otros artículos sobre adolescencia aquí

¿Los padres deben ser amigos de sus hijos?

ID-10063256

Amigos, encontré esta entrevista publicada en el diario La Vanguardia, en el 2010. Me pareció muy interesante para compartirla. En esta entrevista, la psicóloga Alicia Banderas, autora del libro ‘Pequeños tiranos’, da algunas pautas sobre lo que hay detrás de los adolescentes rebeldes y algunas claves para evitar este tipo de problemas con nuestros hijos. Voy a transcribir las partes más relevantes de la entrevista. Si quieren leerla completa pueden verla aquí.

¿Cuál es la definición que más se adecúa a la de un niño tirano y qué diferencia hay con la rebeldía habitual que se da en ellos en esta etapa de su vida?
-Es verdad que hay que diferenciar entre el niño tirano y el niño que es más desobediente, y se salta algunas normas.

-Hábleme de los primeros…
-Te voy a dar dos cualidades esenciales. Un niño tirano tiene una insensibilidad ante el dolor ajeno, es decir, se muestra incapaz de ver el daño que causa a los demás, y sobre todo a los padres. No tienen remordimientos de conciencia ante sus malos comportamientos. Y eso va unido a que no tienen sentimiento de culpa, la culpa es siempre de los demás. Hay muchos adolescentes que dicen, es que insulté o agredí a mi madre porque no me dejó salir.

-Tienen una realidad distorsionada de las cosas…
-Exactamente, es una falta de capacidad de ponerse en la piel de los demás y de percibir el daño que causan y un bajo remordimiento de conciencia, esos serían los principales indicadores.

-Para no preocupar a muchos padres que nos puedan estar leyendo. ¿Cómo pueden ellos ser capaces de discernir entre un niño rebelde y un futuro tirano?
-Hay comportamientos propios de la adolescencia o de la preadolescencia. Por ejemplo, hay comportamientos con niños de diez u once años que son muy comunes y muy normales, como cuando se distancian de los padres y tienen una rebeldía consustancial a la propia adolescencia. Digamos que es un ensayo para la vida adulta, de pequeño está haciendo todo lo que le dicen sus padres y luego sale al mundo y tiene que aprender esas habilidades que todos hemos aprendido a base de algunos conflictos, eso es normal. Lo peligroso es cuando el adolescente hace caso omiso, se salta normas y no se pone en la piel de los padres. Hay una agresividad que acaba por atemorizar a los propios padres con actitudes que amedrentan. Ahí están echando un pulso, y ya podemos hablar de niños tiranos porque solo quieren salirse con la suya.

-Y ahí ya tenemos un primer indicador de que la cosa no va por el buen camino…
-Sí, y otra cualidad que podemos señalar es su gran egocentrismo, ansia por conseguir lo que ellos se proponen llevándose por delante lo que sea. Hay adolescentes que pueden transgredir una norma, y dos y tres, pero no hay esa maldad o esa insensibilidad hacia los padres. Esos adolescentes al final son capaces de pedir perdón o reconocer que se han pasado. Sin embargo, los niños tiranos son incapaces de pedir un perdón sincero porque no lo sienten. Y lo tienes en los casos de estos chicos que son capaces de grabar imágenes con el móvil de cómo pegan a alguien. No se están poniendo en la piel del otro chaval, y ahí hay unas muestras de insensibilidad que en las casas se traducen en tiranía, son los reyes de la casa y las normas las marcan ellos.

-Usted dice que no todos los niños son tiranos, ni mucho menos. Eso quiere decir que no nacen tiranos, sino que se hacen con el tiempo. ¿Hay que buscar culpables?
-La tiranía como tal tiene una predisposición genética, puede formar parte del temperamento con el que nacemos. Por eso a veces decimos, este niño que difícil es, cuando hay otro que no lo es tanto. Hay padres que tienen varios hijos y pueden con uno y con el otro no. Hay una predisposición genética a la tiranía pero no quiere decir que ya predetermine que vaya a ser un niño tirano. La acción educativa y el estilo educativo que utilizan los padres son fundamentales.

-Entremos en el terreno de los padres, de la familia. Mucha responsabilidad.
-Sí, lo que ocurre es que cuando estos niños son muy difíciles por esta tiranía normalmente los padres, como no son perfectos, y eso es imposible, tienen mucha dificultad para controlarles, para ponerles límites y al final utilizan un estilo permisivo. Estos niños que tienen este comportamiento, unido a un estilo permisivo es lo que hace que sea un cóctel explosivo.

-Dice en el libro que a partir de los seis años ya se pueden detectar en el niño ciertos indicadores de tiranía, pero que es algo difícil de ver por parte de los padres, especialmente por motivos laborales porque pasan mucho tiempo fuera de casa…
-Sí, es cierto. Vamos a ver, para ayudarles debo decir que normalmente estos niños tienen muy poco miedo o ansiedad sobre el castigo. Cuando se les reprende por alguna conducta se muestran con unas actitudes desafiantes. También se muestran muy impulsivos, tienen muy poca tolerancia con la frustración. Lo puedes ver con los juguetes, cuando cogen una rabieta desproporcionada cuando no se les da lo que piden. A veces, tienen actos de crueldad muy poco acordes con la edad, como pegar a alguien o romper algo con mucha rabia, incluso con los animales.

-Cita en el libro varios estilos educativos, el autoritario, el democrático y el permisivo. Imagino que con su experiencia con los padres se ha encontrado con muchas familias que ya no saben que rumbo tiene que seguir con la educación de sus hijos. ¿Usted cuál recomienda?
-En un principio muchos padres no son capaces de establecer dos cosas que son fundamentales, poner límites y decir que no. Lo que pasa es que hay padres que les cuesta mucho decir que no a sus hijos, y se lo dan todo y rápido. Ellos se tienen que armar de valor para saber que no pueden ser amigos de sus hijos, ni ganarse su confianza para luego darles todo. Los padres tienen que ser padres, y eso pasa por poner límites y establecer unas normas con sus hijos. A veces también, algunas de estas normas tienen que ser unilaterales y las tienen que poner los padres. Otras ya serán negociadas con los niños.

-Me consta que algunos ya lo hacen, pero que ni así consiguen dominar a sus hijos…
-Es que ante este tipo de comportamientos rebeldes de los hijos tú te tienes que hacer aún más fuerte. Como él te vea como víctima muy vulnerable, se crecerá y se alimentará ante esta vulnerabilidad. Lo que ocurre es que hay mucho complejo de los padres, que huyendo del estilo autoritario que ellos vivieron, no quieren aplicarlo ahora para sus hijos, pensando que la confianza que se puede lograr con los niños es a través del colegueo. Eso es un error, siempre digo que los padres no pueden ser amigos de sus hijos, los amigos ya se los buscan ellos. Lo que pasa es que un padre puede ser autoritario, y muy cariñoso a la vez, esa sería la autoridad verdadera. No hay que confundir el autoritarismo con la autoridad.

-Imagino que desde la culpabilidad tampoco se puede ejercer la autoridad…
-Exactamente, por la dificultad de conciliar el trabajo con la familia, a veces llegas a casa y lo haces cansado. ¿Y qué ocurre? Que tú no quieres brega con un hijo y al final se lo das todo. Y entonces algunos niños te hacen chantaje emocional y la culpabilidad se apodera de los padres y las madres que no pueden ser firmes. Tanto la culpa como el huir del autoritarismo o incluso la sobreprotección que hay ahora, son malas.

-Un respeto que los padres deben intentar ganarse cuanto antes. ¿O también es posible hacerlo cuando el hijo llega a los 15 o 16 años?
-Si no te los has ganado antes, a los 15 años los hijos pueden pasar absolutamente de sus padres. Pienso que siempre se está a tiempo de cambiar la relación con tu hijo, y de eso tenemos pruebas, pero está claro que si empiezas antes será más fácil. La autoridad no se impone, se gana. Y la forma de ganarla es siendo firme, y compensarlo con el cariño cuando sea necesario.

Hay muchos padres que piensan que una buena forma de ganarse el respeto de sus hijos es con un cachete a tiempo. Creo que usted está en contra de los cachetes educativos…
-Sí, yo no soy partidaria de pegar nunca, porque lo que he observado es que cuando un padre o una madre pegan, al final lo utilizan como herramienta educativa, y que es algo que no hacen aisladamente. Un niño no deja de comportarse mal porque tu le pegues, eso antes quizás funcionaba más, pero ahora no. Incluso hay una parte de la ley que la tiene de su parte, hay hijos que denuncian a sus padres. También lo veo negativo porque si tú pegas a tu hijo cuando estás frustrado porque no puedes con él, lo que les estás enseñando es que cuando se está frustrado, se pega. Y el niño al final imita la violencia de sus padres. Estoy a favor de reprender las acciones, pero nunca con el cachete educativo.

-En el libro habla de la importancia de aplicar el refuerzo positivo. ¿Qué debemos entender por este concepto?
-Refuerzo positivo es que a veces para que aumente la probabilidad de que un niño se porte bien y haga cosas buenas, tenemos que elogiar esos comportamientos y aplaudirlos. Al final tienes una sensación tan motivadora que lo que haces es volver a hacer igual de bien las cosas o vas por ese camino. A veces etiquetamos a los hijos de vagos e irresponsables y ya no saben salir de ahí, de esa parte negativa. Para que el niño pueda salir de esa crítica constructiva, necesita también que nos fijemos en lo que ha hecho bien. A veces lo que más quieren los niños es la atención de sus padres, así que es recomendable esa atención, buenas palabras y elogios a cosas que hagan bien. Es un buen crecimiento para su autoestima.

-Habrá algún caso, y seguro que tú has vivido más de uno, en el que todos estos consejos no sirvan a corto plazo, y se necesite ayuda profesional. ¿Cómo podemos detectar que hay que pasar del tratamiento en casa a la consulta?
-Cuando los padres empiezan a dudar de que hay algo no están haciendo bien, es una duda que te invade y que intentas quemar cartuchos pero que enseguida ves que se te va de las manos. Esto es una forma de reconocer que ya no estás pudiendo con tu hijo, entonces lo mejor es pedir ayuda porque el siguiente paso es que tu hijo ha podido contigo, y ahí hay una línea muy delgada. Y lo que pasa es que hay muchos padres que no se acaban de dar cuenta de que sus hijos les tratan con violencia y lo acaban normalizando como una actitud normal. Por eso digo tolerancia cero a la primera falta de respeto. A la primera falta de respeto donde haya amenazas, gritos y sed de venganza hay que pedir ayuda a un especialista.

-Son muchos los consejos y claves que da en su libro pero la conclusión con la que me quedo es que esto de educar a un hijo es algo muy, muy serio, y aquí no existen ni Supernannys ni padres perfectos…
-No, desgraciadamente no existen. En la generación de los que ahora tienen 30 o 40 años he detectado que los padres quieren proyectar su éxito en sus hijos, quieren ser los padres perfectos, y eso no puede ser, y por eso se mete la pata. Al final lo que haces es convertir tu hijo en alguien caprichoso sólo por no quererle privar de cosas especiales. Por eso se consumen tantos programas de televisión y libros porque parece que queramos los niños perfectos y de forma inmediata. Y eso es imposible, las cosas llevan su tiempo.

Síguenos en: https://twitter.com/@LaVanguardia | http://facebook.com/LaVanguardia

15 mandamientos de la madre encantadora

padres
Foto: @lamamaoca

1. No gritaré a mis hijos cuando esté molesta. Auque me sienta desesperada, utilizaré un tono de voz firme, pero calmado. Si debo insistir en una orden, lo haré diciendo “por favor” primero.

2. Si no pude controlarme y el grito salió, por lo menos evitaré que sea gutural.

3. Manejaré calmada. Aun así los otros conductores se lo merezcan, evitaré lanzar improperios, sobre todo con los chicos en el carro.

4. No usaré malas palabras. Especialmente para que mis hijos no las repitan (y ahorrarme la vergüenza de que pienses que si el niño lo dice, es porque lo escucha en casa).

5. No dormiré una siesta, sobre todo si los amigos de mis hijos están de visita.

6. No regañaré a los hijos de los demás, que para eso están sus padres. Tampoco defenderé a mis hijos frente a otros niños. Lo mejor es que se arreglen entre iguales.

7. En una fiesta de cumpleaños, no iré tras el relleno de la piñata como desesperada ni obligaré a los otros niños a compartir su botín conmigo. Y menos si mi hijo no muestra interés.

8.No le daré consejos a mis hijos en voz alta en público, ni les hablaré como si yo también fuera un niño delante de otras personas. Las conversaciones con los niños serán discretas, como con los adultos.

9. No usaré el plural cuando hable con mi hijo. No diré “tenemos piojos”, “estamos cansados” o “no hemos ido al baño”.

10. No me enviciaré con el smartphone delante de mi hijo. Y si ya no pude evitarlo, haré el esfuerzo por mantener el hilo de la conversación.

11. No le hablaré a la gente de las proezas de mis hijos, y menos a los que son padres. En general, trataré de no tocar ese tema.

12. No le daré el teléfono para que conteste la llamada a mi hijo que está aprendiendo a hablar. Otras personas no tienen por qué ser víctimas de su balbuceo adorable.

13. Intentaré no criticar a las otras mamás. Y no le pediré a mi hijo que se vaya “a dar un paseo” para poder criticar a mis anchas.

14. Trataré con respeto al profesor, sobre todo en las reuniones con los papás. No le daré la contra ni criticaré sus propuestas. Si algo no me gusta o si tengo dudas sobre mi hijo, las conversaré en privado con el profesor.

15. Me esforzaré en conocer a los compañeros de mis hijos y a sus mamás. Mejor aun si me aprendo los nombres. Si mi memoria es mala, usaré la técnica de asociación de ideas, pero no pondré en juego mi reputación de madre encantadora.

Tomado de Revista Hacer Familia, Edición 219

Un ejemplo de firmeza

Hoy encontré este artículo en www.abc.es que nos habla de cómo a veces cometemos errores en la educación de nuestros hijos pero que siempre hay tiempo de remediarlo. Es cuestión de revisar constantemente nuestro plan educativo y retomar el camino correcto. Me pareció interesante y divertido.

Una madre canadiense gana una huelga en su propia casa

Harta de recoger y limpiar lo que sus hijas adolescentes dejaban sin hacer, Jessica Stilwell se plantó… y logró que reaccionaran

Algunas de las fotos que la madre colgó en su blog

El 1 de octubre Jessica Stilwell declaraba una silenciosa batalla en su hogar. Harta de limpiar, ordenar y recoger todo lo que sus hijas adolescentes dejaban tirado por la casa, había decidido declararse en huelga. Su marido la apoyaba. Iban a ser unos días difíciles, pero el fin lo merecía.

«Primer día de no recoger, ordenar, lavar, limpiar, recordando o regañando», relataba esta madre canadiense en su blog. El matrimonio limpiaba y lavaba solo lo que ellos ensuciaban. «A las 18:00 horas los platos del desayuno y los de la cena aún están en la mesa. El lavavajillas está desbordado, los zapatos y mochilas están en medio del pasillo. Hay calcetines sucios, botellas vacías de Gatorade y kleenex usados detrás de mi sofá». Ella, sentada, se tomaba un vaso de vino mientras una de sus hijas le preguntaba por qué actuaba de forma tan extraña.

Durante el fin de semana se había dado cuenta de que sus hijas, dos mellizas de 13 años y una más pequeña de 10, incumplían con los encargos que tenían desde pequeñas y debía hacerles comprender que «su madre no era su empleada», según explicó a la BBC. «Me di cuenta de que estaba haciendo todo por ellas porque me resultaba más fácil, así que cuando mi esposo volvió de jugar al golf le dije: «Ya está. Mañana empezamos una huelga»».

Con sentido del humor fue relatando en su cuaderno de bitácoras el esfuerzo que le supuso ver cómo el caos se apoderaba de su casa día a día. «He aprendido muchas cosas hoy», escribía el día 2. «Los cereales con leche de una taza comienzan a oler mal mucho antes de lo que cabría esperar» y «si dejas el lavavajillas abierto todo el día con platos sucios, el perro lamerá todo». La mugre se extendió por la casa. Al cuarto día descubrieron algo parecido al queso en un vaso de leche abandonado.

Como las niñas no limpiaban las bolsas en las que acostumbraban a llevar el almuerzo al colegio, tuvieron que utilizar bolsas de plástico de las que se usan para recoger los excrementos del perro, una humillación para ellas.

Una madre canadiense gana una huelga en su propia casa

A los seis días de huelga, las hijas se pelearon entre sí, culpándose unas a otras del estado de la casa. La discusión terminó volviéndose contra los padres. «Su enojo de por qué no había limpiado me hizo reír», señaló Jessica, que acabó explicando a sus hijas los motivos de su huelga. Al final, las tres se disculparon y le dieron las gracias. «Cerré los ojos y me imaginé que acababa de subir el Monte Everest y mientras estaba en la cima de la montaña gritaba «¡Eso es! ¡He ganado!».

Ese mismo día escribía con sorna en su blog: «Odio decepcionar a todos … pero anoche cedieron los tres niños. La huelga ha terminado».

Al término de la experiencia, Jessica Stilwell señalaba que estaba «muy orgullosa» de sus hijas y que le gustaría «darles el mundo entero», pero se había dado cuenta de que «estaba haciéndoles un flaco servicio. Las estaba programando para el fracaso. Me da miedo pensar que estamos educando una generación de jóvenes cuya actitud de vida será ‘y tú, ¿qué estás haciendo para mí?’».

En última entrada en el blog, hace dos días, señalaba que ahora se puede tomar un tiempo para ella: «Mi vida parece estar acomodándose un poco».

Si quieren leer el blog de esta madre, hagan click aquí http://strikingmom.blogspot.ca

Más sobre educación con firmeza, aquí

Los mensajes tú/yo

@lamamaoca

En el artículo ¿Cómo hablar con nuestros hijos adolescentes?, mencionamos que debemos usar los «mensajes yo» y no los «mensajes tú». En el libro, Comunicación y Familia (EWTN-OGAPY) encontramos unos ejemplos que grafican de manera sencilla la diferencia entre ambos tipos de comunicación.

Técnica de los mensajes (YO)

Los mensajes (YO) facilitan la comprensión entre las personas. Los mensajes (TÚ) suponen echar en cara la falta cometida, culparle directamente, y producen una reacción de defensa que tiende a cortar la comunicación, y no lleva al arrepentimiento. Ejemplo con dos reacciones similares de una madre ante una hija de dieciséis años, que llega tarde a casa.

Los mensajes “YO”

MADRE: me alegro de verte (YO). He estado preocupada por el retraso (YO).

HIJA:  es que el autobús..

MADRE: pensé que podría haberte ocurrido algo (YO).

HIJA: no me paso nada.

MADRE: estaba a punto de telefonear a tu amiga (YO).

MADRE: son las once y te esperaba a las diez (YO).

HIJA: otra vez llegaré a la hora, no te preocupes, mamá. Dame un beso.

La madre ha lanzado cinco mensajes positivos (YO). La hija ha comprendido que ha cometido una falta. Su voluntad no ha sido de rechazo, sino de aceptación y de arrepentimiento real. Si la persona admite su culpa, tenderá a rectificar, y si no rectifica, se deberá probar alguno de los sistemas más tradicionales, todo menos no hacer nada.

Los mensajes “TÚ”

MADRE: has llegado una hora tarde (TÚ).

HIJA: es que tuvimos que…

MADRE: eres una desobediente, siempre haces igual (TÚ).

HIJA: lo hacen todos, nadie vuelve tan pronto.

MADRE: ¡Calla! ¡No me contestes! ¡Hay normas y debes cumplirlas! (TÚ).

HIJA: sí, pero…

MADRE: nada de peros, si lo repites, no saldrás más (TÚ).

Esta conversación  inspira más desconfianza.

Más sobre:

Comunicación y familia

¿Cómo hablar con tu hijo adolescente?

7 características de los que saben escuchar

7 características de los que saben escuchar