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La mejor manera de expresar ideas | La Mamá Oca

Imaginemos esta escena en la oficina. “Una mañana como cualquiera el gerente de área convoca una reunión de trabajo. Se ha presentado una emergencia y reúne al equipo para un rápido intercambio de ideas. Explica la situación y pide sugerencias. Empieza a hablar Luis, expresa su punto de vista y propone dos posibles soluciones. Enrique no está de acuerdo con esas soluciones pues ve que su aplicación sería contraproducente para el problema que se quiere enfrentar. Pide la palabra pero antes de empezar a hablar, Carla interviene y coincide con lo dicho por Luis. El gerente asiente. Nuevamente Enrique quiere intervenir para expresar su opinión discordante pero se le adelanta José, el último integrante del equipo, y dice que también concuerda con la primera intervención. El gerente escucha, hace un paneo con la mirada, y dice: bueno, si no hay más sobre el tema, vuelvan a lo suyo y gracias por las ideas. Enrique cierra su block con malestar”.

Supongamos que somos capaces de detener el tiempo en el momento en el que todos están a punto de levantarse de sus asientos y abandonar la sala de reuniones. ¿Qué posibles escenarios pueden presentarse a partir de ese instante? El primero sería que Enrique se quede callado, y sin decir nada se retire. La reunión termina así y cada uno vuelve a lo suyo. Sin embargo, Enrique se queda molesto pues no pudo expresar su punto de vista. Comienzan en su cabeza una serie de discursos interiores que pueden ir desde “siempre me hacen lo mismo, y eso demuestra que mi opinión no es bien valorada en esta empresa” hasta “estoy harto de esta continua timidez que no me permite expresarme con libertad, sobre todo cuando mi opinión difiere de la mayoría y todos me pasan por encima”.

Segundo escenario: Enrique, habiendo cerrado su block, lo levanta, lo deja caer sobre la mesa y se queja con voz exasperada porque no le permitieron hablar. Manifiesta su descontento y sale murmurando de la sala, desoyendo los llamados del gerente pidiendo que se calme y a que, si lo desea, exprese sus opiniones. Probablemente, luego de unos minutos, Enrique se sentirá pésimo y querrá regresar el tiempo para corregir su exabrupto. Una tercera posibilidad, como ya podemos imaginar, sería que Enrique, ante la inminente finalización de la reunión y habiendo tenido dos intentos fallidos de intervenir, llamase la atención del gerente y respetuosa pero firmemente, dijese algo como: “disculpen, si me permiten quisiera decir algo. He tratado de intervenir dos veces, pero no logré hacerlo pues fui interrumpido. Quisiera mencionar que no estoy de acuerdo con lo propuesto por Luis, etc”.

Independientemente del resultado de las opiniones de Luis y de Enrique, nos vamos a centrar en analizar las distintas reacciones de Enrique que hemos tratado, muy sucintamente, de señalar. En las dos primeras, si bien desde una perspectiva son opuestas, hay algo en común: Enrique no logra hacer escuchar su punto de vista y su reacción se queda en una queja —interior o exterior— porque no se le dio la oportunidad de expresarse. Como todos los asistentes a la reunión, Enrique tenía derecho a decir lo que pensaba. Su molestia es razonable. Lo que cambia mucho las cosas y es elocuente de las habilidades de Enrique, es cómo gestiona esa situación. Lo que distingue radicalmente el tercer escenario de los dos anteriores es, justamente, la capacidad de Enrique para salir de la posición en la que se encuentra. Esa capacidad es lo que podemos llamar asertividad.

¿Qué es la asertividad? Si intentamos expresarlo en sus componentes esenciales podríamos decir que es una habilidad social para expresar nuestras ideas y sentimientos con educación, sin agredir a otros y evitando que otros nos agredan. En muchos casos, esta capacidad está muy asociada a la defensa de algo que nos corresponde por derecho. Dicha defensa debe, a su vez, respetar los derechos de los demás. Si volvemos al ejemplo inicial, claramente en el primer escenario Enrique ha actuado de manera sumisa, cediendo a la rapidez del momento y a las interrupciones de sus compañeros. Su silencio final es una derrota. Pero también lo es el segundo escenario, pues si bien reacciona lo hace de una manera en la que no sólo no consigue expresar sus opiniones, sino que su agresividad son también una falta de respeto para con los compañeros ahí presentes.

Si examinamos la acción asertiva, se encuentra en el medio de dos extremos: la pasividad sumisa y la reacción agresiva que puede lesionar a otros. Como toda virtud, está justo en el medio de dos excesos que la deforman. Y detrás de cada uno de esos excesos se encuentra de alguna manera presente un pensamiento fuerte que podríamos resumir así: “No tengo derecho a mis opiniones, creencias y derechos” y “tengo que defender mis derechos a toda costa, pues si no pisas te pisan”. La actitud asertiva, por su parte, se fundamenta en la conciencia serena y segura, de que como toda persona tengo derecho a mis creencias y opiniones, y a expresarlas en el modo adecuado respetando a los demás.

Es evidente que lo que acabamos de expresar de forma tan esquemática y ordenada se encuentra con el torbellino de pensamientos y emociones en el día a día, y hace que las líneas claras se difuminen. Por ello, es tan importante ejercitarse en la asertividad. Como toda habilidad es algo que se aprende y se va dominando conforme uno la practica. Para ello es muy importante identificar de qué pie cojeamos. Cuando no actuamos asertivamente, ¿tendemos más a ser sumisos o agresivos? De acuerdo a ello debemos poner los correctivos necesarios y sobre todo enfocarnos en el objetivo: conseguir la seguridad personal y la tranquilidad interior para, incluso en situaciones tensas y difíciles, poder expresar nuestras opiniones y sentimientos, dialogar con respeto y altura, y contribuir así a la buena marcha de nuestra organización.

Artículo escrito originalmente para el blog Piensa Profuturo.

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