La intolerancia al error ajeno

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Hace unos días, tristemente, un joven estudiante, de manera irresponsable, atropelló a otro joven en un balneario limeño. El caso es más que conocido sobre todo porque el primero es hijo de un ex ministro y eso ha hecho que el tema suene más de lo común (considerando que atropellos irresponsables se dan a toda hora en una ciudad como Lima).

El objetivo de esta breve reflexión no es ahondar en el accidente en sí ni en señalar con dedos acusadores sobre los victimarios y las víctimas de esta desgraciada historia. El fin es reflexionar un poco sobre la poca tolerancia que existe hoy en nuestras sociedades ante los errores ajenos. Ojo: entiendo perfectamente todas las faltas que ha cometido el muchacho que atropelló. No pretendo justificar ni una sola. También creo que debe pagar con una justicia recta lo que ha hecho. Y siento más aún la terrible situación del chico injustamente herido. Es más, me alegra profundamente la actitud que muestran los padres del culpable para resarcir de alguna manera el gran daño que ha generado su hijo en otro ser humano.

Sin embargo, el tema preocupante es ese mismo: estamos hablando de seres humanos, no de dioses perfectos sin derecho a sufrir ni a equivocarse. Ante una situación de este tipo el resto solemos emanar sólo odio y frases como “que se pudra en la cárcel por irresponsable”, “sus papás son unos tales por cuales”, entre otras y, desafortunadamente, una cruz social llena de etiquetas descarnadas es clavada sobre el nombre de la víctima como si nada, por todo el mundo, por todos los que se creen inmunes al error. ¿Y la tristeza, la compasión, la caridad? ¿Dónde quedan en nuestros corazones? ¿Nos estamos humanizando o volviendo más salvajes? Sí, la justicia debe ser implacable. Pero guardémonos nuestros adjetivos y nuestros juicios de valor elaborados por información recibida por medios de quinta categoría, sensacionalistas y que le dan a nuestros hijos contenido de ínfima calidad. Sería más positivo inclusive hasta rezar por ambas familias pidiendo la reconciliación de sus corazones.

Y esto no se aplica sólo para este caso, sino para todo lo que sucede a nuestro alrededor. Nos hemos convertido en una sociedad de culpables e inocentes a rajatabla. Encima, estas categorizaciones son hechas por personas que son iguales al resto, con la misma vulnerabilidad a cometer alguna imprudencia que les puede costar la libertad o hasta la vida propia (o ajena). No estamos libres. Dios no quiera que algo así suceda en nuestras familias.

Lo sabio es aprender de la experiencia ajena. Ya sabemos lo que puede suceder si tomamos licor y manejamos. No es chiste. Estoy segura de que este chico jamás se imaginó que iba a terminar en la cárcel por esa noche de juerga. Es una buena oportunidad de enseñarle a nuestros hijos con un ejemplo clarísimo las consecuencias de una pésima decisión. Pero también es una gran ocasión para enseñarles la empatía, la compasión y la justicia. Y eso no se logra hablando mal o insultando a la pantalla de la televisión, ni deseando lo peor del mundo al prójimo.

Empecemos a mirar con objetividad y serenidad, con ojos de amor al otro por más que nos provoque ser nosotros su verdugo. La violencia y el odio generan más violencia y más odio. Y ya estamos hartos de vivir rodeados de ellos. Cambiemos un poco la energía y seamos más compasivos. El mundo y nuestros hijos nos lo agradecerán.

La Mamá Oca

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