¿Es suficiente sólo el sentido común para educar?

Hoy los padres contamos con acceso a información pedagógica que hace 20 años hubiese sido inimaginable. Miles de blogs, libros, revistas, programas de televisión, entrevistas a especialistas, entre otros ejemplos, están a nuestra disposición de manera casi inmediata. Sin embargo, también es la época en la que se detecta un mayor número de problemas en los chicos: problemas de aprendizaje, trastornos, asesinatos en los colegios, niños tiranos, adolescentes ególatras, adicción a los videojuegos y a la tecnología, embarazos no deseados, etc., son temas de todos los días y fuente de múltiple preocupaciones por parte de los padres. De hecho, suena a incoherencia el disponer de tanta información y, a la vez, vivir una época de estrés espantoso cuando de criar hijos se trata. Por otro lado, nunca falta el que nos dice que en otras épocas se criaba sólo con sentido común y no había tantos problemas como los de hoy. Y, sí, podemos darles el beneficio de la duda (aunque mi abuela me solía decir que en todas las épocas existieron los drogadictos, las mujeres un poco sueltas de huesos y corrupción, pero que hoy están más a la vista).

Ahondando un poco en el tema que escribí hace algunos días sobre el cultivo de los padres, me puse a reflexionar sobre este asunto del sentido común. ¿Por qué ahora, la que era la herramienta más eficaz de educación, no está funcionando como antes? Voy a enumerar algunas ideas que surgieron cuando fui analizando el tema.

  1. El relativismo. Uno de los grandes problemas que existen hoy para poder educar bien es precisamente definir qué está bien y qué está mal. No voy a emitir juicios de valor, sólo voy a poner ejemplos para clarificar esta idea. ¿El matrimonio homosexual está bien? ¿Las relaciones prematrimoniales están bien? ¿Irse de viaje con el enamorado a los 16 años está bien? ¿Abortar está bien? ¿Enamorarte de otro cuando estás casado está bien? Seguramente si hacemos una encuesta con estas preguntas, encontraremos quiénes estén en contra o a favor de estas ideas. Y, sin duda, encontraremos muchos “todo depende de cómo sea la situación”. Como ven, el “sentido común” ya no es tan común. En la época de mi mamá no se vivía con el enamorado, ni se te ocurría, y punto. Entonces los criterios morales eran más universales. Hoy todo depende, todo está bien si es que te conviene y es muy complicado tener las ideas claras.
  2. La comunidad cercana es heterogénea. Del párrafo anterior se puede concluir que este relativismo hace que inclusive las personas que están más cerca puedan pensar diametralmente distinto. Si vas a una reunión de padres de familia de un colegio, de una misma aula, seguramente se puede armar una gran discusión si es que se dice que todos los niños de 9 años deben tener un Ipad para estudiar. Imagínense si hablamos de unificar criterios educativos para el uso de teléfonos, horas y lugares de vida social que deben frecuentar los chicos, material de lectura, etc. Y, lo más complicado, es que todos tienen el derecho de opinar y de tener razón.
  3. Los chicos se crían solos. El consumismo actual y las ganas de que nuestros hijos tengan “todo” (según nuestro criterio relativista y materialista) ha hecho que tanto papá como mamá se vuelquen a las oficinas horas interminables para poder pagar ese “todo” que necesitamos. Antes la mamá estaba en la casa y era quien velaba por la crianza operativa de los niños. Es muy distinto hacer un esquema y delegar lo que nos gustaría inculcar en nuestros hijos que hacerlo directamente nosotros. A esto se suma las largas horas en el tráfico y las actividades extracurriculares para hacer de nuestros hijos niños “exitosos”.
  4. La culpa, la mejor amiga de los padres. Debido a esta falta de tiempo con los chicos y a la gran incapacidad física que cualquier ser humano normal tiene para darle “todo” a sus hijos –creando una gran insatisfacción porque, por si no se han dado cuenta, no se puede dar “todo” y cada día ese “todo” se vuelve más grande– , la culpa se ha vuelto el sentimiento protagónico en nuestros corazones. Nos sentimos culpables porque no estamos con ellos, porque no les podemos comprar “todo” o porque no los llevamos todos los años a Disney como los Pérez Abolengo. Nos sentimos simplemente culpables por haberlos traído a este mundo cruel que no los llevara más que a ser tan infelices como nosotros por “todo”, y “todo” por “todo” lo que no estamos haciendo bien. Y por eso, los educamos fatal: les compramos “casi todo”, los dejamos hacer “de todo” y “todos” suplen nuestro rol educativo: la abuela, la nana, la miss, el profesor de fútbol, etc. Y nosotros, a pesar de hacer “todo”, nos sentimos totalmente vacíos y sin entender por qué “todo” nos sale tan mal. Unos todistas como verán.
  5. No tener claro cuál es la verdadera felicidad. Esta sea quizás la causa más importante y de la qué se derivan todas las de arriba. ¿Qué es la felicidad? Depende, ¿no? Para algunos, de repente, es tener lo material totalmente resuelto, con carteras Prada y BMW en la puerta; para otros que sus hijos sean profesionales de alto nivel con 5 idiomas y capacidad para practicar perfectamente tennis, golf, equitación, ski y patinaje sobre hielo; o viajar a cada rato; o tener una vida social agitada, lo que sea. Y, claro, todas estas “felicidades” son válidas. Sin embargo, no nos estamos dando el trabajo de ahondar en dónde y en qué está la verdadera felicidad. Nos dejamos ahogar en el día a día, en los problemas y dejamos de lado nuestro propio crecimiento interior. Es más fácil, por supuesto. Dejarse llevar por la rapidez cuesta menos trabajo pero les aseguro que el precio que tenemos que pagar luego es muy alto.

Evidentemente, luego de hacer estos apuntes me quedó más que claro que hoy por hoy el sentido común no es el único aliado que tenemos para la educación de nuestros hijos. Los padres tenemos la obligación de prepararnos, no sólo con herramientas pedagógicas que nos enseñen como evitar una pataleta o que se laven los dientes tres veces al día, sino también en la búsqueda de esta verdadera felicidad para nuestros hijos. Mi intención en este post no es ahondar en cómo conseguirlo. Sin embargo, los voy a dejar con una frase de Séneca que resume muy bien lo que debemos empezar a buscar: “el sumo bien y la felicidad del hombre están en la virtud”. ¿Queremos niños felices que sean adultos felices? Empecemos por ahondar en el tema de la virtudes. Por si acaso, en este blog hay bastante material por donde empezar.

La Mamá Oca

Foto: Stock Photo/www.freedigitalphoto.net

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