Enseñar a ser conscientes

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Hace unos días fui con mi esposo a una conferencia del Padre Angel Espinosa de los Monteros, sacerdote mexicano que recorre el mundo dando charlas de renovación matrimonial. Si nunca lo han escuchado, les sugiero que lo busquen en Youtube. Sus conferencias son muy buenas y, además, graciosas.

A la que asistimos este año se llama “Educas y formas, o sólo domesticas”, en la cual el Padre da una serie de consejos que los padres debemos aplicar para lograr niños con virtudes.

Entre todo lo que habló durante casi dos horas, me quedé pensando mucho en uno de los “tips” que da: Educar la conciencia. Me pareció muy interesante ahondar un poco en este tema porque claro, con la velocidad en la que vivimos hoy, a veces no tenemos ni un segundo para reflexionar ni en lo más básico de nuestras vidas. Nos movemos por inercia para ir de la casa al trabajo, comemos sin darnos cuenta siquiera de si ya estamos satisfechos o no, trabajamos por default y, lo más terrible, es que a veces hasta “amamos” de esa manera, sin pensar, sin profundizar, sin analizar.

Aquí quiero diferenciar un poco lo que normalmente se define como “educar la conciencia” del tipo de “conciencia” de la que estoy hablando aquí. El término tradicional se circunscribe más al hecho de criar niños que sepan diferenciar lo que está bien de lo que está mal. Algo así como lograr que “lo que le dicte la conciencia” sea bueno. Sin embargo, a esta connotación yo le quiero agregar otra: el hecho de ser “conscientes de cada acto que hacemos, pensarlo, reflexionarlo, saber por qué hacemos las cosas” y no actuar como una especie de robot sin voluntad y sin “conciencia” de lo que está haciendo.

Todos hemos vivido más de una vez el encontrarnos en un sitio y no saber cómo diablos llegamos ahí manejando. O sentirnos repletos porque mecánicamente nos llevamos el tenedor a la boca viendo televisión sin ser conscientes de cuánto estamos comiendo. O no entender cómo llegamos a un punto de nuestra vida matrimonial sin saber por qué, o en qué momento, todo se rompió.

Si nuestra vida está llena de estos episodios, entonces tenemos mayor riesgo de que transmitamos esa inconsciencia a nuestros hijos, criando seres humanos sin juicio o criterios para analizar diferentes factores y contextos para tomar decisiones correctas. Esto también es grave si lo trasladamos a la identificación de los sentimientos. Si no educamos niños conscientes de lo que sucede y por qué sucede –con el prójimo, con el ambiente y, con mayor fuerza, con ellos mismos– estamos formando adultos con cero inteligencia emocional, que no saben identificar sus sentimientos y, por lo mismo, reaccionan por simples impulsos y sin dominio. Y luego, claro está, pagan las consecuencias de actuar sin pensar o por ignorancia, a nivel personal, profesional o social.

¿Cómo educar niños conscientes?

No quiero ahogarlos con un millón de tips que luego se nos olvidan rápidamente y nunca aplicamos. Prefiero resumir el cómo en un par de ideas que cada uno puede, luego, ahondar y aplicar en su vida diaria.

  1. Con el ejemplo: ya les he dicho en más de un post que esta es la mejor herramienta para la educación de nuestros hijos. Si nuestros hijos nos ven actuar conscientemente y les explicamos a veces por qué actuamos de una u otra manera, ellos comenzarán a aprender la mecánica.
  1. Enseñándoles a pensar y a reflexionar: este es un trabajo diario. Cuando sucede algo importante en sus vidas, preguntarles por qué creen que pasó eso. Por ejemplo, si pelean con un amigo en el colegio, preguntarles qué paso, cómo se inició la discusión, qué acto llevó al siguiente, cómo pudo haber evitado la confrontación y sacar conclusiones. Otra forma es leer historias y comentarlas. Igual con las películas. Dialogar mucho con ellos. Hasta viendo fútbol se puede enseñar a pensar.

Claro, para esto, hay que dedicarles tiempo. No esperemos momentos “especiales” para educar. La formación de nuestros hijos es un hecho espontáneo, que se hace con las cosas cotidianas. No perdamos oportunidades de oro para conversar con ellos y transmitirles valores. Y éstas se dan el la vida diaria. No guardemos el mejor vestido para una ocasión especial. No vaya a ser que cuándo ésta llegue el traje se lo hayan comido las polillas y no sirva para nada.

La Mamá Oca