Todos hemos escuchado más de una vez que los padres están para educar y los abuelos para malcriar… total, ya hicieron el trabajo duro con sus propios hijos y ahora es tiempo de disfrutar con los más jóvenes de la familia. Si bien es cierto que los primeros educadores de cualquier menor son sus padres, los abuelos, por la misma razón que no son responsables directos de velar por lo cotidiano en sus nietos, tienen una gran oportunidad de enseñarles algo que no es tan fácil de aprender: a encender el fuego del espíritu para valorar lo bueno y lo verdadero, para así hacer las cosas con pasión.

La mayoría de los abuelos tiene un rol subsidiario en la relación con sus nietos. Es decir, el abuelo o la abuela no es el directo responsable de la educación de su nieto. Suele suceder que comparten algún tiempo de juego u ocio con ellos, sea porque se les encomendó un cuidado esporádico o porque están en una visita de rutina. Por eso, las horas que pueden pasar con los chicos es una excelente ocasión para ayudarlos a ser mejores personas, a encontrar la motivación en sus propios corazones y no sólo en gratificaciones externas, y para aprender a valorar la verdad, la belleza y las buenas costumbres.

¿Cómo lograr tan compleja tarea? Aquí les damos algunos consejos:

  1. Platón decía que enseñar es escribir en el alma de los hombres. Y es cierto. Para entender el gran potencial que existe en una relación intergeneracional, es imprescindible que los abuelos tengan muy claro que deben saber llegar al corazón y a la inteligencia de sus nietos. Dice un lema muy antiguo que “enseñar no es como llenar un vaso, sino como encender un fuego”. El combustible está dentro de cada persona. Depende de cuán cerca se ponga de una llama, para que se encienda. Y los abuelos son las personas ideales para hacerlo porque tienen el tiempo, las ganas y la experiencia de vida suficiente para compartir con los más pequeños las cosas buenas de la vida.
  2. ¿A qué nos referimos con las cosas buenas de la vida? Dependiendo de la edad de los nietos, se pueden compartir momentos escuchando buena música, leyendo un buen libro, contando una historia real que transmita cultura o viendo una película que permita una discusión sobre los valores involucrados, entre otros. El punto que no se debe perder de vista es que deben ser momentos entretenidos, de acuerdo a la edad de los nietos y procurando que no se vuelva un tiempo tedioso del tipo profesor-alumno, en donde el primero habla sin parar y el segundo está pensando en cualquier otra cosa menos en lo que le están diciendo.
  3. La clave de la educación es la motivación. Un abuelo debe llevar al nieto a un fin sin coaccionarlo, debe lograr que se sienta atraído, por ejemplo a apreciar la música clásica, sin empujarlo. Hay que respetar los gustos del niño o del joven e ir inculcándoles de a pocos lo que le gusta al maestro. Esto se logra contagiando el propio entusiasmo por lo que se quiere enseñar. El abuelo debe saber qué botón apretar en cada uno de sus nietos para motivarlos, de la misma manera que un pintor sabe escoger los colores para lograr el matiz deseado. Educar es también un arte. Y siguiendo el ejemplo del pintor, cada niño es distinto, por lo que el resultado que se plasme en cada uno de ellos será tan diferente como cada una de las obras de un buen artista. Por eso, el trabajo del abuelo para despertar emociones extraordinarias se iniciará y desarrollará independientemente con cada uno de sus nietos, según su edad y personalidad.
  4. La mejor herramienta para enseñar es el ejemplo. Los más jóvenes, al ver una cierta perfección, sienten el deseo de aprender porque están constantemente buscando modelos de identificación. Un abuelo con un espíritu apagado, sin pasiones o aficiones, normalmente le resultará aburrido a su nieto. Sin embargo, ¿quién no ha disfrutado junto a algún abuelo un momento de fascinación frente a su caja de herramientas, en la cocina preparando algún postre o en su biblioteca? El ejemplo es un resorte natural muy importante y produce una motivación única.
  5. No hay nada que encienda más el fuego de un espíritu que la pasión por la belleza de lo bueno, de la verdad y de los bienes morales y estéticos. En una época en la que, desafortunadamente, el reggaetón inunda los espacios musicales, ¿no hay algo mejor que un abuelo pueda enseñar cuando hablamos de música? Este es sólo un ejemplo de todo lo que un abuelo puede transmitir a las generaciones más jóvenes. En lugar de quejarse de que los nietos pierden el tiempo en trivialidades, hay que arriesgarse y tomarse el tiempo de ir transmitiéndoles el valor de abrir la mente a nuevos ángulos de la vida que no conocen, porque nadie se los ha puesto al frente o porque la rapidez de la tecnología actual no les enseña a reflexionar. Un abuelo puede ayudar a formar un corazón fuerte y noble, que se entusiasme por lo que realmente es bueno, por aquello que cultiva el espíritu y humaniza a la persona.

El mejor profesor no es el que repite en orden lo mismo siempre. Tampoco es, necesariamente, el mejor expositor. El mejor maestro es aquel que mueve los corazones de los alumnos y logra despertar el hambre por conocer, el deseo de cultivarse como personas. Sin duda, son tareas que un abuelo con ganas y pasiones puede lograr en cada uno de sus nietos.

La Mamá Oca

Artículo escrito para el Blog Piensa Profuturo.

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