Con mis hijos no te metas

En junio de 2016, un mes antes de que PPK asumiera la presidencia del Perú, el Ministerio de Educación, mediante la Resolución Ministerial No. 281-2016, ponía en vigencia el nuevo Currículo Nacional de Educación Básica. Desde entonces, el debate no ha cesado. Colectivos conformados por padres de familia salieron masivamente a las calles a protestar porque consideraban que el llamado “enfoque de género” que se había incluido en el documento no era sino una pretensión de imponer la ideología de género en la educación de los menores. La reacción no se hizo esperar. La estrategia en contra de los padres que rechazaban la propuesta educativa fue acusarlos de homófobos, cavernícolas, fanáticos religiosos e incapaces de saber lo que es correcto en la educación de la sexualidad de sus hijos.

Sin embargo, un grupo de padres liderados por el colectivo Padres en acción, presentó una acción popular al Poder Judicial, sosteniendo que dicho currículo había sido elaborado vulnerando múltiples derechos constitucionales, leyes de educación y procedimientos democráticos al querer imponer un enfoque no científico de la sexualidad. Para decepción de pocos y alegría de muchos, el Poder Judicial falló a favor de los padres en agosto último. Y nuevamente, el debate está en el ojo de la tormenta. ¿Realmente —y más aún considerando que un país hermano como Chile acaba de aprobar el aborto y están empezando la batalla para el “matrimonio” homosexual— el Perú se está quedando en la época de las cavernas? ¿Es verdad que los padres que reniegan del currículo son fanáticos religiosos y retrógrados? ¿Qué cosa es lo que se está poniendo en juego?

Definitivamente, los ángulos y aristas en esta discusión son muchísimos. Inclusive, la escena se complicó con la huelga del magisterio que ya superó los 70 días, algo que se ha usado como nuevo argumento en contra de los detractores del currículo diciendo que les preocupa más cómo sus hijos vayan a tener relaciones sexuales que si van a perder el año o no. A lo que aquellos han respondido diciendo que al Minedu le preocupó más imponer su ideología en la niñez que velar por la mejora del sector educación. Como se puede ver, las flechas vuelan de un lado y del otro.

Sin embargo, el punto en el cual nos debemos centrar en cuanto a la propuesta educativa es solo uno: ¿Las personas tenemos sexo o género? ¿Por qué la negativa a aceptar un currículo o leyes que incluyan el término “género”? La respuesta no es tan complicada. Porque aceptar que un ser humano tiene género y no sexo, es aceptar una premisa falsa que tendrá consecuencias dañinas. No podemos aceptar bajo ninguna circunstancia hablar de género. “Género” es un término que se aplica únicamente a los objetos. Las personas nacemos con sexo y no podemos escogerlo a voluntad. No enseñar esto es enseñar una mentira, es algo anticientífico. Y aceptar premisas falsas como verdaderas tiene consecuencias nefastas. Cuando se aceptó que la raza germánica era superior, ya sabemos qué pasó. ¿No se han preguntado por qué, si supuestamente “equidad de género” es sinónimo de “igualdad de oportunidades”, el Minedu no quiere quedarse con la segunda frase sino que defiende a capa y espada utilizar la palabra “género”? ¿No será que dejar de usarla cierra la puerta a la implantación de las demás leyes que seguirían según la agenda?

Si alguien quiere creer que tiene género y enseñárselo a sus hijos, bien por él. Así como alguien puede hacerle creer a sus hijos que el horóscopo es verdadero, o que Papa Noel existe. Pero eso no puede ser una disposición gubernamental que rija la enseñanza escolar. No es científico.

Si una persona quiere enseñarle a su hijo que tener sexo anal es una conducta sexual saludable, está perfecto. Pero esa persona no puede pretender imponer que todos los niños reciban esa lección. La escuela está para enseñar el sistema reproductor, la concepción, el embarazo, etc., dando los contenidos de acuerdo a la edad de cada niño, de manera gradual y natural. ¿Eso significa negar la existencia de la homosexualidad? No. Pero tampoco es labor de la escuela proponerla como una opción sexual preferente o natural, como una opción más, igual o mejor que la que define la naturaleza humana. Una cosa es decirle a nuestros hijos que existe la homosexualidad, y cómo aceptarla y entenderla, y otra muy distinta que dentro del currículo se incluya la experimentación de la misma. Así como tampoco está bien que a un adolescente de 14 años se le incentive experimentar con el sexo heterosexual o que a los 9 años se le enseñe a un niño a cómo colocar un preservativo en un pene de plástico.

Quienes consideran que educar la sexualidad basada en la ley natural —esto es que los seres humanos somos hombres y mujeres (ser) y que lo que se quiere llamar “género” no es más que conductas (hacer)— es algo de la época de las cavernas, podrían tener razón en el sentido que desde esa época de la historia de la humanidad, siempre se consideró que las personas nos dividíamos en dos sexos, aun en civilizaciones donde la homosexualidad era una conducta cotidiana. Ello, además, pone en evidencia que hablar de “género” es un invento ideológico de las últimas décadas. Es bastante soberbio pensar que la minoría de minorías es una especie iluminada que tiene la razón y puede cambiar la naturaleza humana así como la cultura occidental que ha regido los últimos 2 mil años mientras acusa a la gran mayoría de estar mal de la cabeza. Alguien podría decir que lo mismo sucedió en otros casos. Durante siglos se pensó que la tierra era plana y una minoría propuso lo contrario y fue inicialmente rechazada hasta que la ciencia demostró que tenían razón. Sin embargo, hay una diferencia fundamental: fue la evidencia científica la que permitió que esa hipótesis se convirtiera en una verdad. En el canso de la ideología de género sucede al revés: la evidencia científica demuestra lo contrario de sus postulados.

Por otro lado, los propulsores de la mencionada ideología desestiman arbitrariamente información sólida. ¿Por qué no considerar con mayor seriedad las experiencias de otros países, que están documentadas, de cómo se enseña la educación sexual en esos estados en los que ya se aprobó la inclusión del enfoque de género en los currículos educativos? ¿Qué consecuencias ha tenido? ¿Queremos eso para nuestros hijos? Hay un documental muy bueno producido por The Family Watch titulado “The war on children” que resume de manera concreta y objetiva estas experiencias. Los padres que quieran informarse sobre este tema desde distintas perspectivas deberían verlo.

Del mismo modo, más allá de la educación de la sexualidad, hay un aspecto que no podemos no considerar como prioritaria en este debate: los padres no solo somos los responsables, sino también somos capaces de educar a nuestros hijos. Así ha sido siempre. Y, a aquellos que piensan lo contrario, debemos recordarles que han sido formados, seguramente en su mayoría, por sus progenitores. Los padres no podemos permitir que alguien nos diga cómo educar a nuestros hijos, cuando somos personas sanas. Son otros los que quieren cambiar la manera de educar. Son otros los que quieren adoctrinar.

¿El Estado va a decidir qué es lo mejor para nuestros hijos? ¿Los padres solo somos una máquina reproductora que genera seres humanos para que estén al servicio de un Estado? ¿Sólo estamos para trabajar con el fin de alimentar, vestir y darle techo a los “soldados” de un régimen? Cuando el Estado dice “a partir de ahora tus hijos se van a educar así porque tu manera de pensar no es la correcta“, lo que realmente está haciendo es quitarle a los padres la patria potestad.

En este debate se han escuchado argumentos del tipo: ¿Qué pasa cuando hay padres que golpean a sus hijos, o nos los cuidan, o no quieren que les apliquen transfusión de sangre por sus creencias religiosas? Esos son casos en los que efectivamente el Estado debe intervenir porque se está poniendo en riesgo la integridad física de los menores. Y no tiene punto de comparación con pretender que el Estado se meta en la educación en valores de las familias.

Si bien lo decidido por el Poder Judicial es tan solo una batalla, esta victoria debe llenarnos de esperanza y, sobre todo, de fuerzas. Porque la única manera de poder defender lo más sagrado, nuestra familia, es creernos el que somos nosotros, los ciudadanos, los que debemos detentar el verdadero poder y no permitir que un grupo reducido de autoridades pretenda imponer su forma de pensar de manera arbitraria y antidemocrática. Ojalá y esto sirva para que los padres que están al medio, que no saben aun qué está pasando, decidan informarse y entiendan que lo que está en juego no es algo que es ajeno al ámbito privado. Se trata de la formación afectiva de nuestros hijos. Y es tan importante que de ella depende muchísimo cómo será la vida de nuestros pequeños cuando sean adultos, padres, responsables de su familia y de sacar adelante a nuestra sociedad.

Giuliana Caccia
La Mamá Oca

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