Dios y los niños

Vectores Cristianos (2)

Algo que me admira mucho de los niños es su gran sensibilidad espiritual. Es increíble. Los niños nacen con el alma pura y limpia –algo que los adultos vamos perdiendo con los años, desafortunadamente—y están abiertos a recibir lo mejor del mundo. Los primeros años son los mejores para darles a nuestros hijos la base de lo que serán sus valores y virtudes el resto de su vida. Entre ellos, si van a hacer personas de fe o no. Y es lindo cuando en la familia se comparte un poco de esta “sensibilidad” religiosa, porque los niños perciben que lo bueno que sienten está apoyado por sus padres, su gran referente.

Educar en la religión hoy en día es un tema complicadísimo. Y voy a hablar desde mi experiencia católica. Los adultos sentimos que la Iglesia no va acorde con nuestra realidad actual. Cada vez hay más divorcios, familias “rotas”, familias monoparentales, relaciones extramatrimoniales y todo aquello que inunda hoy nuestro mundo y que, para muchos, la Iglesia no entiende ni se adapta. Pensamos que es retrógrada. Nos es más fácil darle la espalda a esforzarnos a entender lo bueno que nos puede traer seguir lo que más protege esta institución: las enseñanzas de Cristo.

Obviamente no voy a usar este espacio para hacer apologética (defensa de la fe) sino para compartir con ustedes un punto que me parece súper importante para educar a los niños en la fe, en el amor a Dios y que podemos usar todos los padres, no importa nuestra situación actual frente a la Iglesia.

¿Por qué los niños deben creer en Dios?

No quiero entrar a cuestiones confesionales profundas. Voy a tratar de ser breve y práctica, algo difícil en este tema. Pero esta parte me va a ayudar a llegar al punto principal que les quiero transmitir. Debemos educar a nuestros hijos en la fe porque una persona que cree en algo más que en él mismo es una persona que va a tener la capacidad de abrirse a otra, que es el truquito del amor verdadero y, finalmente, de la felicidad verdadera. Además, será una persona que en los momentos difíciles tendrá de dónde sostenerse. La vida –por más que la cultura de hoy nos quiera inculcar que hay que evitar el dolor o pasarlo por encima– está inundada de momentos complicados. Unos la tenemos más fácil que otros, pero no creo que haya nadie que no haya pasado algún momento difícil. Una persona que cree en Dios sabe que no todo depende de él. Que si bien tiene que hacer su mejor esfuerzo, también es rico saber que hay alguien en quién descansar y encomendar sus preocupaciones. De hecho, una persona con fe tiene muchas más probabilidades de salir adelante y levantarse que una persona que no cree en nada.

En un post anterior sobre la educación en los colegios religiosos, cité lo que la doctora Meg Meeker, pediatra y autora de muchos buenos libros sobre educación comentaba en su libro “100% chicos: 7 claves para que crezcan sanos y felices”, en el capítulo titulado “Enséñele a conocer a Dios”. Ahí ella argumenta que el hecho de que creer en Dios les da esperanza a los chicos: “La esperanza es un elemento muy importante que falta en la vida de cientos de miles de jóvenes. Se trata de una creencia progresista, porque cuando un muchacho tiene esperanza puede soportar una circunstancia muy dolorosa al asirse a esa creencia de que vendrá un tiempo más favorable. De ese modo su sufrimiento se aminora. Podrá soportar mejor el divorcio de sus padres u otras situaciones adversas. Sin la ayuda de la esperanza, aquellos chicos que han sufrido reveses o que han tenido que pasar por experiencias traumáticas se sienten convencidos de que una parte de sí mismos se ha perdido para siempre”.

Así, el inculcarles a nuestros hijos la fe debe ser un tema que debemos considerar seriamente en nuestro plan educativo.

Un Dios lleno de amor

Todo lo anterior me lleva al punto que quería comentarles con más fuerza. Y es el cómo debemos enseñarles a nuestros hijos a Dios cuando son chiquitos. Una de las ideas que tenemos algunos cristianos es que nuestra religión es masoquista, que nos encanta el tema de un Cristo en la cruz, sangrando, sufriendo y que nos fascina agarrarnos a latigazos. Me queda claro que esta forma de enseñar a Dios en algunos colegios o épocas nos ha dejado esta idea de un Dios malo y duro, y de una cucufatería que no es mayoritaria. Pero nada está más lejos de la verdad. Nuevamente, no voy a entrar a explicar el significado real de la cruz aquí. Lo que quiero que se lleven es otro mensaje: Dios es el mejor ejemplo que tenemos nosotros los padres de cómo se debe amar a un hijo. Dios es caridad y todo amor –soné un poco hippie, pero bueno, es la manera más simple de explicarlo. Caridad porque Dios, aunque a veces creemos lo contrario, sólo busca de nosotros que seamos lo mejor posible, ser perfectos dentro de nuestras propias capacidades. No busca un perfeccionismo que más bien nos venden hoy los medios o nos exige la sociedad competitiva. Una perfección superficial que sólo nos agota y no nos trae ninguna satisfacción. No. Dios nos pide ser lo mejor posible sin condiciones ni modelos frívolos que seguir. El único modelo es Jesús. Y lo que debemos enseñarle a nuestros hijos es que debemos hacer nuestro mayor esfuerzo, con conciencia y reflexión. No importa “ganar”, importa dar lo mejor en la carrera. Si nos equivocamos, no importa, siempre está el camino ahí para levantarse y seguir. Nadie los va a juzgar ni a tachar. Si se dan cuenta, es el mismo amor que nosotros sentimos por nuestros hijos. Es en nuestro hogar y en el seno de nuestro amor que los hijos crecen siendo amados por lo que son, no por lo que pueden o no pueden hacer. A diferencia de la sociedad que sí los “ama” por lo que tienen no por lo que son. La familia es el lugar en donde uno debe desarrollar la mejor versión de sí mismo, y ese ejemplo de amor y crecimiento viene de este Dios caritativo.

Si así se los enseñamos, ellos van a crecer creyendo en un Dios bueno que los quiere y protege. No en un Dios que juega a la culpa, al si no logras esto yo te castigo y te mando al infierno.

Educar a nuestros hijos en una fe dulce en su tierna edad, de conceptos simples y cálidos los va a llevar de la mano a ir profundizando en su vida espiritual mientras van creciendo.

De hecho pueden vivir sus crisis existenciales en la adolescencia o adultez, pero eso ya dependerá de su propia búsqueda. Nuestro trabajo de padres es darles más herramientas para ser felices. Y nuevamente repito otro párrafo de la doctor Meeker que lo dice claramente: “Todo muchacho necesita un modo de encontrar estabilidad en su vida, de hallar un asidero personal. Tras el divorcio de sus padres, la muerte de su mejor amigo en un accidente de tráfico, o el abandono de su novia, que ha preferido dejarlo por el atleta de la clase, el chico que puede volverse hacia Dios tiene una notable ventaja sobre el que carece de esa creencia. En el fondo, se siente seguro de sí mismo. Sabe que no todo está perdido porque Dios siempre estará a su lado”.

Como siempre, mi intención es compartir un poco mis experiencias y descubrimientos. Y éste es uno que me parece importante. Espero les ayude.

La Mamá Oca