¿Es el matrimonio una condena?

Hace unos días estuve en una reunión social con amigos de la infancia de mi esposo. Como es habitual, los hombres se fueron por un lado a conversar y las esposas nos quedamos en la sala poniéndonos al día porque hace tiempo que no nos veíamos. Yo conversaba con dos y les pregunté qué edades tenían sus hijos mayores. Coincidentemente me respondieron que 9 años. Y yo hice un comentario con la mejor intención, sobre todo refiriéndome a lo rápido que pasa el tiempo. Les dije: “Qué grandes, con lo rápido que pasa el tiempo, en menos de lo que se imaginan van a estar en el altar casándolos”. La reacción de ambas fue como si les hubiese dicho: “Ay, ojalá se contagien de Ébola y se mueran todos”. Es más, una de las dos, antes de contestarme, me dijo: “¿Qué edad tiene tu hija?”. Yo respondí: “Cuatro años”. Ella dijo: “De repente mi hijo es el que se casa con tu hija y también estarás igual que yo”. De ahí se suscitó una serie de comentarios como que no, me muero, cómo se iban a casar tan jóvenes, si primero tenían que estudiar, viajar y vivir.

Y claro, más allá del sinsabor del momento –ya que mi intención no fue ofender a nadie— me quedé pensando por varios días en cómo ha cambiado el concepto del matrimonio. Pareciera que todos estamos condenados, de alguna manera, a esta pena capital y tenemos que disfrutar lo más posible antes de caminar por el pasillo de la muerte con música nupcial. ¿Por qué está pasando esto?

Es lógico pensar que casarse es algo malo si es que vemos tantos casos de divorcios o relaciones poco “amables” a nuestro alrededor. Pero este rechazo va un poco más allá, creo yo. Y es porque el mundo de hoy ofrece tanta rapidez, tanto acceso a “ser libre”, a comprar, viajar, tener relaciones libres por todos lados, que obviamente comprometerse con otro no es más que cortarse las alas ante tanto placer. Hoy no me voy a detener a hablar de qué se trata la verdadera libertad. Sin embargo, y a pesar de esta mentalidad, las personas siguen casándose y todos queremos hacerlo desde que empezamos a pensarnos y sentirnos capaces de enamorarnos de otra persona. El problema está en que no estamos educando a nuestros hijos en el verdadero significado del matrimonio y lo que esto implica. Sino que pasan de esta montaña rusa de soltería a una vida que empieza a convertirse en “tediosa” con la llegada de los hijos y las responsabilidades. Y si no saben en lo que se están “metiendo”, de hecho no van a pasarla tan bien.

Esto no quiere decir que el matrimonio es horrible y hay que estar preparado para asumir la pesadilla. Al contrario. El matrimonio, cuando se entiende su verdadera dimensión de donación, apoyo mutuo y crianza de los hijos, es algo increíble. Es escribir una historia juntos –con buenos y malos momentos–, es crecer, es compartir, es vivir una vocación que tenemos impresa en nuestra naturaleza. ¿Sino por qué creen que todos se quieren casar así alrededor vean matrimonios que se rompen a cada rato? Porque es una tendencia natural. Y ante algo que se va a dar sí o sí en la mayoría de los casos, ante una forma de vida “para toda la vida”, qué mejor si les enseñamos a nuestros hijos el verdadero significado del matrimonio para que sean realmente felices.

Por supuesto, y no me canso de repetirlo, hay que empezar por ejemplo con nuestro matrimonio. Y si es que vivimos en una situación de divorcio o de un hogar monoparental, igual estamos en la obligación de darle a nuestros hijos los criterios correctos y no pensar que porque a nosotros nos fue mal, ellos también están condenados. Al contrario, enseñémosle a que no comentan los mismos errores y vean en el matrimonio un camino para ser verdaderamente felices.

 La Mamá Oca

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El cultivo de los padres

Cultivo de los padres

Uno de los temas sobre los que más me gusta escribir es el de la importancia de que los padres nos preparemos para la tarea de educar a nuestros hijos y, de cierta manera, es el motivo por el cual comencé a escribir este blog.

Y hace unos días estuve revisando un libro titulado “La realización personal en el ámbito familiar” de Gerardo Castillo, y encontré un capítulo titulado “ El cultivo o formación de los padres” que explica muy bien la importancia que le debemos dar los padres a nuestra propia formación como personas, como padres, como educadores, como profesionales, como ciudadanos, etc. Y me gustaría compartir con ustedes algunos de los puntos que expone el autor de manera resumida pero que nos dan algunas luces de la importancia de este tema (todas las citas expuestas son textuales):

  • Si se espera que los hijos sean personas cultas, que trabajen con motivos elevados y actitud de servicio, que tengan hábitos de lectura y estudio, que usen el tiempo libre en función de su enriquecimiento interior, etc., los padres deben dar ejemplo.
  • Los padres educan con lo que dicen, pero mucho más con lo que hacen. Las palabras mueven, mientras que el ejemplo Ya lo decía Séneca: “largo es el camino con preceptos, pero breve y eficaz con ejemplos”.
  • Para ser admirados e imitados por sus hijos, los padres no necesitan ser perfectos en todo lo que hacen; basta con que no se acostumbren al nivel alcanzado, con que luchen cada día por ser un poco mejores en los diferentes aspectos de su vida.
  • La coherencia de los padres entre lo que dicen y lo que hacen, entre lo que exigen a su hijos y lo que exigen a sí mismos, les da prestigio, autoridad moral y credibilidad.
  • Educan las personas educadas o las que se están esforzando por educarse; enseñan las personas que saben aprender y siguen aprendiendo, ayudan a madurar las personas maduras.
  • Es preciso quererles (a los hijos) como ellos necesitan y deben ser queridos; hay que querer su propio bien (lo que exige saber cuál es el verdadero bien).
  • La calidad de la educación que proporcionan los padres a sus hijos depende, en gran medida, de la calidad de su propia formación y de la responsabilidad con la que desempeñan su tarea educativa (sabiendo que la formación aumenta la responsabilidad y que la responsabilidad invita a la formación).
  • El crecimiento interior de los padres como padres y como personas maduras y cultas requiere una condición previa: que los propios padres acepten que en todas las edades de la vida se puede crecer.

Para todos los padres que están interesados en profundizar en su tarea educativo, les recomiendo este libro. Les dará una visión amplia sobre lo que se necesita para educar en la familia.

La Mamá Oca

Foto: http://www.publicdomainpictures.net

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La importancia de conocer a nuestros hijos

familias disfuncionales

Busquemos espacios de conocimiento profundo con nuestros hijos. Esto nos va a aliviar muchos problemas en el futuro.

Se dice que uno ama lo que conoce. Y tiene lógica. Es muy difícil desear algo sino sabemos cómo es. Tampoco podemos tener antojos de un sabor que no hemos probado. Lo mismo con el amor. Mientras más conocemos, más amamos (siempre y cuando lo que conocemos nos guste). Por eso, por ejemplo, el tiempo del noviazgo es básico antes del matrimonio, porque es una etapa que tiene como objetivo el conocimiento del otro como futuro cónyuge.

Sin embargo, el amor a los hijos es tal vez el único amor que rompe, normalmente, con esta regla. Sobre todo en el caso de la mamá: basta que nos digan que tenemos un bebé en la barriga para ya amarlo y desearlo con todo nuestro corazón. No necesitamos verlo ni sentirlo –en los primeros meses de embarazo ni percibimos sus movimientos– para ya adorarlo. Por eso una pérdida es terrible para una mujer, por más corto que haya sido el tiempo de embarazo.

Esto es porque amar a nuestros hijos es algo natural, está en la naturaleza de toda mujer… o de la gran mayoría. Por eso decimos que una madre es “desnaturalizada” cuando no actúa de esa manera, porque no lo tiene en su naturaleza.

Los papás también aman a sus hijos con todo el corazón. Pero este amor se acrecienta cuando ya toman contacto directo con el nuevo ser. Y llega a ser enorme. Por eso vemos casos en que los hijos tienen una relación más estrecha con el papá.  Es un amor que está más vinculado con el conocimiento directo.

También es de uso común decir que nadie conoce mejor a las personas que su madre y su padre (la famosa frase “Te conozco como si te hubiera parido” se basa en hechos reales). La convivencia, la filiación, la conexión, el instinto y todo lo que une a un padre con su hijo son razones más que suficientes para saber perfectamente de qué pie cojea nuestro pequeño o gran retoño. Y esta es una herramienta muy poderosa para enfrentar, en el caso que se den, futuros problemas.

Indagar en lo profundo

Puede ser que las preocupaciones, las tareas de la casa y el trabajo no nos permitan estar mucho tiempo con nuestros hijos: levantarse temprano, arreglarse (y arreglarlos), el desayuno, llevarlos al colegio, ir al trabajo, regresar, hacer o revisar tareas, comer, ver el almuerzo del día siguiente, bañarlos, acostarlos, acomodar todo lo pendiente, son tal vez ALGUNAS de las tareas que llenan nuestro día a día. ¿En qué momento podemos sentarnos a conversar sobre temas importantes con ellos? La verdad que con sólo releer lo anterior ya me estresé… No sé, pero hay que hacerlo: fines de semana, feriados, en las noches antes de dormir, en la cena, en el camino al colegio, en el supermercado, mientras esperamos hacer un trámite con ellos, mientras limpiamos la casa, cualquier momento es bueno para preguntarles a nuestros hijos cómo se sienten, qué les gusta, qué no les gusta, cómo van las relaciones con sus amigos, qué han visto últimamente en la televisión o en el internet, con quién juegan en el colegio, qué juegan, si tienen problemas con los compañeros… o, tal vez, no preguntar tanto y escucharlos. A los niños y adolescentes les encanta que los escuchen sin que los cuestionen… y con sólo abrir nuestros oídos y nuestro corazón podemos descubrir mucho más del universo interno que contienen nuestros hijos, que mientras más crecen más se escapan de nuestro control y conocimiento.

La terapia es conocimiento

Y digo esto porque hoy en día está muy de moda diagnosticar. Todos los niños y todos los adultos tenemos algún problema, algo que hay que chequear, corregir, observar, etc. Cada vez que toca entrega de informe en el nido o en el colegio vamos aterrados para ver si nuestro dulce bebé no se ha transformado en algún síndrome intratable con piernas y brazos. Y ojo, yo no reniego de las terapias ni de la psicología. Es más, creo que ayudan muchísimo en casos específicos. Pero lo que ve un psicólogo con una o dos horas semanales son más comportamientos, acciones, todo lo que el alma de nuestro hijo quiere externalizar de alguna manera que tal vez no le gusta al resto o hacen que su sociabilidad no sea la adecuada. ¿Y saben por qué las terapias toman tanto tiempo? Porque el terapista se da el trabajo de conocer a su paciente y, si es un niño, a sus papás, a sus hermanos, la dinámica familiar, escolar, etc. para ver de dónde salen todos los problemas…pero no conviviendo, sino en cortas sesiones con ciertas herramientas de medición. Y sin el amor de un padre. Nuevamente, hablamos de puro y simple conocimiento. Ojo, quiero que quede claro que estoy hablando de situaciones cotidianas, no de casos clínicos u otras situaciones que sí requieren a un especialista para salir adelante.

Conocer para amar responsablemente

Al ser nosotros los que más amamos a nuestros hijos, está en nosotros el conocerlo más, no para amarlo más (porque como dije al comienzo, este es el único amor que nace y crece sin que el conocimiento sea su causa) sino para simplemente ahondar en lo que mueve su corazón.

Muchas situaciones se han salvado porque una mamá o papá conocía mucho a su hijo. Leí una vez un caso en que un adolescente contento y feliz de repente se volvió huraño y mal humorado. La situación se mantenía. La mamá que sabía perfectamente cómo funcionaba el universo interior de su hijo se preocupó y fue a consultar a especialistas. Todos le decían que era normal a su edad. Pero ella no les creyó porque lo conocía. Sabía que algo grave estaba pasando. Y no quería preguntarle directamente a su hijo porque sabía que a esa edad y siendo hombre, la forma de abordarlo no podía ser directa. Durante mucho tiempo la mamá, atenta, entraba al cuarto del chico a ordenar la ropa o hacer otras cosas buscando estar cerca de él… hasta que un día el hijo no aguantó y le contó que un conocido lo había tratado de seducir  y él había escapado, pero que desde entonces se sentía avergonzado y no se lo quería contar a nadie. A partir de ahí las cosas mejoraron. Y todo porque la mamá conocía a su hijo mejor que nadie… mejor que los especialistas, mejor que lo que cualquier libro o amigo le podía decir.

Veamos la situación en nosotros mismos. Mientras más nos conocemos, más autodominio tenemos sobre nuestra voluntad, sobre nuestros pensamientos. Sabemos reconocer nuestros sentimientos y sabemos cómo actuar cuando estos se presentan. El autoconocimiento es una herramienta poderosísima para el crecimiento personal. Porque el conocimiento nos da poder y control (que puede ser en el buen y el mal sentido de las palabras, pero para efectos de este blog, lo decimos en el buen sentido).

Lo mismo sucede con nuestros hijos: mientras más los conocemos podemos controlar mejor las situaciones, dominar los problemas, ver las posibles causas y las posibles soluciones. Muchas terapias familiares sirven para conocerse unos a otros porque, sí, podemos vivir bajo el mismo techo pero no saber quién es realmente el que comparte el cuarto con nosotros. Ganémosle un poco de tiempo a una posible terapia haciendo el esfuerzo de conocernos.

Conocer a nuestros hijos es de vital importancia para su desarrollo. No los conocemos para controlarlos y fiscalizarlos, ni mucho menos para criticarlos (“Te conozco, todo lo que haces para vagar”, no es una frase muy constructiva). Los conocemos para amarlos más allá del amor natural que nace de la simple filiación. Para amarlos con el amor responsable que merecen tener de parte de sus padres como encargados de su formación y crecimiento espiritual. Por eso no estoy hablando de un conocer superficial (saber que su plato favorito son el pollo con papás fritas no es un conocimiento profundo, de su intimidad).

Reflexionemos un poco sobre este tema y analicemos cuánto realmente conocemos a cada uno de los miembros de nuestra familia, como seres únicos y distintos, irrepetibles. Seguro que si nos ponemos como meta ahondar un poco más en cada uno de ellos encontraremos sorpresas insospechadas, gratas y no tan gratas. Pero ya el simple hecho de saber que existen es un gran paso para disfrutarlas o para enfrentarlas.

La Mamá Oca

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El camino a la felicidad

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Hace unos días me invitaron a dar un conversatorio en un showroom en Barranco. Fue muy lindo, sobre todo porque la gran convocatoria que tuve fue de dos mamás: una embarazada de su primer bebé y la segunda con su bebé de dos meses dentro de un portabebés pegado al cuerpo. Y digo que fue lindo porque pudimos conversar sobre el tema que me habían pedido que comparta: la educación en virtudes, con toda la calma y paciencia del mundo. Evidentemente, la idea fue hacer una breve introducción al tema porque profundizarlo es cuestión de estudio largo y consciente.

Empecé contando cómo empecé en esta aventura de investigar sobre cómo educar niños felices. No sé si lo he compartido antes, pero todo comenzó con el nacimiento de mi primer hijo y el terror que sentí al ver que la felicidad de ese bebé en el futuro dependía muchísimo de mí y los primeros ladrillos que le pusiera a la estructura de su vida. Y descubrir que la felicidad verdadera no estaba en comprar la cunita y el cubrecama en la mejor tienda de decoración de bebés ni en que tuviera un conjunto de ropa distinto por cada minuto de vida que le tocará vivir. Sino que estaba, precisamente, en educarlo en virtudes.

Con las dos mamás empezamos analizando cuál era para ellas, tal vez, el peor “defecto” que creían tener y que no las dejaban ser tan felices como quisieran. Coincidentemente, la mamá embarazada decía que el desorden y la otra mamá que era maniática del orden. Claro, fue un ejemplo perfecto para empezar a explicar que cada virtud tiene una anti virtud y que ésta era tanto lo opuesto como lo exagerado de la misma.

Y de ahí partimos a conversar sobre la importancia de darle a nuestros hijos una educación pensada conscientemente en inculcarle virtudes que no eran más que las herramientas clave para que ellos estuvieran más cerca de la felicidad cuando fueran madurando y dependiendo cada vez menos de nosotros. Tener en la mente los objetivos educativos sin estresarnos, simplemente para ser conscientes de ellos y aprovechar todas las oportunidades que nos brinda el día a día para construir en nuestros hijos una estructura virtuosa basada en la vida real y no en la teoría. Y, por supuesto, recalcando que el instinto materno y el sentido común eran piezas importantísimas a la hora de construir los criterios educativos que queríamos impartir en nuestro hogar.

Nos quedamos conversando más de una hora y fue una experiencia muy enriquecedora para mí porque, en realidad, me hizo sentir que no era la única con no sólo los miedos típicos de toda madre, sino también que había dos personas que sentían interés genuino por un tema tan esencial para hacer de la vida de nuestros hijos algo increíble, que se dieron el trabajo de ir hasta allá para verme sin conocerme, por el simple afán de investigar y compartir.

De repente, en la próxima oportunidad seremos cuatro… No importa. Lo importante es que haya aunque sea una persona más que quiera hacer las cosas diferente, no sólo para hacer de su hijo una persona de bien en todo sentido, sino también que al hacerlo esté ayudando a construir un mundo mejor. Puede sonar utópico o cliché, pero la educación empieza por casa… sobre todo la que es más importante: la espiritual. No lo olvidemos nunca. Para ser buenos padres hay que amar. Para amar hay que conocer. Y para conocer se requiere voluntad. Y el conocimiento nos da autodominio, algo imprescindible a la hora de educar. Démosle un tiempito de nuestras vidas a leer un poco, a asistir a conversatorios, a las charlas de que imparten los colegios o nidos de nuestros hijos. No perdamos oportunidades valiosas.

Aprovechando el tema, los dejo con el link a los posts relacionados a las virtudes que he escrito en el blog:

http://www.lamamaoca.com/category/educacion-en-virtudes/

 La Mamá Oca

 Foto: www.freedigitalphotos.net

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Cómo entretener a los hijos

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Post escrito por Sara Tarrés del blog Mi mamá es psicóloga infantil
El aburrimiento forma parte de la vida, sobretodo, de muchos niños de nuestra sociedad llamada moderna. Es quizás esta modernidad la que causa el aburrimiento pero, a pesar que como padres nos sentimos responsables de aliviar este “mami no se qué hacer, me aburro”, debemos ser capaces también de entender que no siempre hay que estarles buscando con qué entretenerles. Entender esto nos ayudará en un futuro a reducir estos estados mentales de nuestros hijos cuando no saben qué hacer con su tiempo libre.
Entretrener a nuestros hijos durante las largas jornadas de verano puede constituir un verdadero reto, sobretodo si tienes niños entre 3 y 6 años y pasan todas las horas del día contigo. Este es mi caso y a pesar que no me faltan ideas ni recursos hay momentos en los que entretenerlos no es fácil, momentos en los que el aburrimiento se apodera de ellos y el cansancio de mi. Cuando esto ocurre la pregunta es de nuevo inevitable ¿cómo entretener ahora a mis hijos si con todo se aburren? Pues nada, cuando llegamos a este punto, hay que dejar que se aburran un poco, para que encuentren ellos mismos algo en sus mentes con qué divertirse.
Los padres,  y cuando digo padres incluyo a mamás, papás u otros adultos de referencia y apego, no debemos dirigir todos los juegos ni estar permanentemente proponiendo actividades puesto que de este modo solo hacemos que coartar su imaginación y desarrollar una dependencia extrema de nosotros y de nuestro tiempo.
Nuestros hijos necesitan tiempo no estructurado, es decir no dirigido por ningún adulto, para poder explorar su mundo interno, pero también todo aquello que les rodea, sus gustos y necesidades. Estos son los momentos perfectos para que dejen volar su imaginación y puedan ser más creativos, pintando, dibujando, construyendo o escribiendo.
Hay momentos en los que, aunque no sepamos con qué entretener a nuestros peques, debemos apartarlos de la tele, los ipads u otros dispositivos similares y poner a su disposición libros y libretas, puzzles o dominoes, piezas de construcción, plastilina, lápices de colores, ceraso pintuas diversas, … y permitir que hagan aquello que les dicta su fuero interno. Pensaréis que hacer esto con un niño de 3 años es difícil, pero no, no lo es tanto. Los niños de esta edad deben jugar momentos solos para desarrollar el juego simbólico, del que tanto hablamos en Mamá Psicóloga Infantil.
¿Por qué se aburren nuestros hijos?
Estos son los tres principales motivos por los que nuestros hijos se aburren, seguro que puedes identificar el que define mejor el caso de tu hijo,aunque la gran mayoría de ocasiones es una suma de los tres.
  1. Está tan acostumbrado a buscar diversión en las pantallas, ya sea tv, ipads, pc’s o dispositivos electrónicos que no tiene práctica en buscar dentro de sí mismo algo que le ayude a entretenerse.
  2. Su tiempo es siempre tan estructurado, es decir, le hemos llenado tanto siempre su agenda con clases y extraescolares o campamentos de verano que no está acostumbrado a encontrar cosas divertidas que hacer con su “tiempo libre”.
  3. Necesita tu atención. Todos los niños necesitan encontrarse con sus padres a lo largo del día para “recargarse”.
Como verás nosotos somos un poco responsables de ese aburrimiento pero podemos combatirlo permitiendo que sean ellos mismos quienes vayan tomando las riendas de su tiempo y que eligan ellos mismos qué hacer con él. Si seguimos dirigiendo sus juegos o eligiendo qué deben hacer en cada instante nunca aprenderan a superar los momentos de hastío o tedio. Así que mami, papi, cuando te vuelvas a preguntar cómo entretener ahora a mi hijo la respuesta es dejando que busque en su interior.
Foto cortesía dewww.freedigitalphotos.net.

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La disciplina como herramienta de vida

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En un simpático video colgado aquí, Matthew Kelly, un conocido autor y conferencista, habla sobre la importancia del ayuno como un pilar para ser mejor persona. La manera cómo expone el tema es muy graciosa y vale la pena mirarlo completo si tienen un tiempo. Sin embargo, la parte que quiero rescatar para este post es cuando empieza diciendo que los estadounidenses gastaron el año anterior (no sé exactamente a qué año se refiere, pero para este caso no es relevante) 300 BILLONES de dólares en compras relacionadas a la pérdida de peso, que para muchos países pobres es su PBI completo.  ¿Impresionante no? Y más aún si consideramos que es algo que, de hecho, se evitaría gastar si es que las personas que consumen estos productos tuvieran algo de disciplina. Así es: DISCIPLINA. Una palabra que para mí es la solución a muchísimos problemas personales pero que, desafortunadamente, es algo de lo cual carecemos la mayoría de los seres humanos.

¿En qué nos puede ayudar la disciplina? Tras una rápida reflexión se me ocurre: comer sano, hacer deporte, estudiar sin apuros, no gastar en exceso, tener la vida organizada, tener tiempo para hacer más cosas, estar en control de uno mismo, autodominio, embarazos no deseados, etc.

Suena muy lindo pero, de hecho, es muy difícil de obtener. Y más aún en esta época en la que lo principal es incentivar el consumo, esquivar lo difícil, evitar el dolor o el esfuerzo a toda costa. Es decir, vivir superficialmente.

Pero  los que ya hemos recorrido un camino más o menos largo y sabemos lo que cuestan las cosas, de hecho valoramos la disciplina más que un adolescente rebelde que sólo quiere divertirse. Y la valoramos inclusive cuando no sea una de nuestras virtudes. ¿Cuántas veces nos ha pasado que vemos a una persona de más de 40 años que luce espléndida y nos da una cierta envidia el no tener su fuerza de voluntad para ejercitarnos y dejar de comer la caja de chocolates diaria que no podemos soltar hasta que no quede ni el envoltorio? O cuando vemos a alguien que lee ávidamente un libro y la pasa genial hasta en el peor de los tráficos en el transporte público. O cuando estudiábamos en el colegio o en la universidad y veíamos a un compañero que le encantaba a hacer tareas, y encima siempre las hacía feliz y con tiempo…. Bueno, todos estos son ejemplos de disciplina. Y como padres deberíamos tener como meta tratar de hacer que nuestros hijos sean disciplinados para que le ganen la batalla positivamente a varios momentos de su vida que pueden ser tediosos e insoportables cuando la disciplina no está de su lado.

¿Cómo enseñarle a nuestros hijos a ser disciplinados? La tarea empieza desde el día en que nacen. Sí: desde que son bebitos empezamos armándoles sus horarios y sus rutinas. Luego vamos exigiéndoles orden, responsabilidad y poco a poco, mientras van creciendo, la tarea se va volviendo más compleja al igual que sus vidas y sus deberes. Lo que tenemos que hacer los padres es estar preparados para enfrentar cada etapa para ir construyendo los cimientos fuertes y luego ir colocando cada ladrillo. No es una tarea fácil y es una labor diaria. Implica constancia, límites, orden, atención y, lo que siempre nos cuesta más, TIEMPO Y PREDICAR CON EL EJEMPLO.

Prometo ampliar este tema en otros posts. Me ha parecido muy interesante el profundizarlo. Igual los invito a que lean otros artículos ya sea de La Mamá Oca o de otros recursos que tratan sobre estos temas. Lo importante es que como padres estemos comprometidos en seguir aprendiendo para que las situaciones no nos sorprendan y para darles a nuestros hijos mayores y mejores herramientas para enfrentar la vida.

La Mamá Oca

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Pampers y los bebés

Hola amigos,

Parte de nuestra responsabilidad como padres que educamos a nuestros hijos es no sólo velar por su desarrollo emocional y espiritual, sino también por sus necesidades físicas básicas. Y dentro de ese deber que tenemos está el buscar que nuestros hijos se sientan bien y estén cómodos para que estén aptos para el aprendizaje. Un niño con ropa que le aprieta o con un pañal sucio, se sentirá mal y no estará presto a jugar o a aprender feliz. Por eso los papás tenemos que estar atentos a todo, sobre todo cuando son chiquitos y no hablan. Un bebé feliz es aquel que tiene todas sus necesidades esenciales cubiertas.
Si bien no suelo recomendar muchos productos, en este caso les quiero comentar que Pampers ha querido unirse a nuestra comunidad de padres para contarnos que tienen una línea de pañales ideal para que nuestros hijitos estén cómodos y felices, y así nuestra labor de crianza a nivel emocional sea más fácil.

Se trata de Pampers Premium care: el pañal más seco y más suave del mercado ya que su capa exterior está especialmente diseñada para ser más suave al tacto, gracias a sus fibras que generan toda la suavidad y esponjosidad que un bebé necesita. Esta capa exclusiva permite una absorción más rápida y mejor distribución del líquido, reteniéndolo lejos de la piel del bebé. Así, no sólo tendremos un bebé más seco y feliz, sino que también nosotros dormiremos más tranquilos y tendremos más energía para jugar y enseñarles el mundo.

¡Pruébenlo!

Patrocinado por Pampers.

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Dios y los niños

Vectores Cristianos (2)

Algo que me admira mucho de los niños es su gran sensibilidad espiritual. Es increíble. Los niños nacen con el alma pura y limpia –algo que los adultos vamos perdiendo con los años, desafortunadamente—y están abiertos a recibir lo mejor del mundo. Los primeros años son los mejores para darles a nuestros hijos la base de lo que serán sus valores y virtudes el resto de su vida. Entre ellos, si van a hacer personas de fe o no. Y es lindo cuando en la familia se comparte un poco de esta “sensibilidad” religiosa, porque los niños perciben que lo bueno que sienten está apoyado por sus padres, su gran referente.

Educar en la religión hoy en día es un tema complicadísimo. Y voy a hablar desde mi experiencia católica. Los adultos sentimos que la Iglesia no va acorde con nuestra realidad actual. Cada vez hay más divorcios, familias “rotas”, familias monoparentales, relaciones extramatrimoniales y todo aquello que inunda hoy nuestro mundo y que, para muchos, la Iglesia no entiende ni se adapta. Pensamos que es retrógrada. Nos es más fácil darle la espalda a esforzarnos a entender lo bueno que nos puede traer seguir lo que más protege esta institución: las enseñanzas de Cristo.

Obviamente no voy a usar este espacio para hacer apologética (defensa de la fe) sino para compartir con ustedes un punto que me parece súper importante para educar a los niños en la fe, en el amor a Dios y que podemos usar todos los padres, no importa nuestra situación actual frente a la Iglesia.

¿Por qué los niños deben creer en Dios?

No quiero entrar a cuestiones confesionales profundas. Voy a tratar de ser breve y práctica, algo difícil en este tema. Pero esta parte me va a ayudar a llegar al punto principal que les quiero transmitir. Debemos educar a nuestros hijos en la fe porque una persona que cree en algo más que en él mismo es una persona que va a tener la capacidad de abrirse a otra, que es el truquito del amor verdadero y, finalmente, de la felicidad verdadera. Además, será una persona que en los momentos difíciles tendrá de dónde sostenerse. La vida –por más que la cultura de hoy nos quiera inculcar que hay que evitar el dolor o pasarlo por encima– está inundada de momentos complicados. Unos la tenemos más fácil que otros, pero no creo que haya nadie que no haya pasado algún momento difícil. Una persona que cree en Dios sabe que no todo depende de él. Que si bien tiene que hacer su mejor esfuerzo, también es rico saber que hay alguien en quién descansar y encomendar sus preocupaciones. De hecho, una persona con fe tiene muchas más probabilidades de salir adelante y levantarse que una persona que no cree en nada.

En un post anterior sobre la educación en los colegios religiosos, cité lo que la doctora Meg Meeker, pediatra y autora de muchos buenos libros sobre educación comentaba en su libro “100% chicos: 7 claves para que crezcan sanos y felices”, en el capítulo titulado “Enséñele a conocer a Dios”. Ahí ella argumenta que el hecho de que creer en Dios les da esperanza a los chicos: “La esperanza es un elemento muy importante que falta en la vida de cientos de miles de jóvenes. Se trata de una creencia progresista, porque cuando un muchacho tiene esperanza puede soportar una circunstancia muy dolorosa al asirse a esa creencia de que vendrá un tiempo más favorable. De ese modo su sufrimiento se aminora. Podrá soportar mejor el divorcio de sus padres u otras situaciones adversas. Sin la ayuda de la esperanza, aquellos chicos que han sufrido reveses o que han tenido que pasar por experiencias traumáticas se sienten convencidos de que una parte de sí mismos se ha perdido para siempre”.

Así, el inculcarles a nuestros hijos la fe debe ser un tema que debemos considerar seriamente en nuestro plan educativo.

Un Dios lleno de amor

Todo lo anterior me lleva al punto que quería comentarles con más fuerza. Y es el cómo debemos enseñarles a nuestros hijos a Dios cuando son chiquitos. Una de las ideas que tenemos algunos cristianos es que nuestra religión es masoquista, que nos encanta el tema de un Cristo en la cruz, sangrando, sufriendo y que nos fascina agarrarnos a latigazos. Me queda claro que esta forma de enseñar a Dios en algunos colegios o épocas nos ha dejado esta idea de un Dios malo y duro, y de una cucufatería que no es mayoritaria. Pero nada está más lejos de la verdad. Nuevamente, no voy a entrar a explicar el significado real de la cruz aquí. Lo que quiero que se lleven es otro mensaje: Dios es el mejor ejemplo que tenemos nosotros los padres de cómo se debe amar a un hijo. Dios es caridad y todo amor –soné un poco hippie, pero bueno, es la manera más simple de explicarlo. Caridad porque Dios, aunque a veces creemos lo contrario, sólo busca de nosotros que seamos lo mejor posible, ser perfectos dentro de nuestras propias capacidades. No busca un perfeccionismo que más bien nos venden hoy los medios o nos exige la sociedad competitiva. Una perfección superficial que sólo nos agota y no nos trae ninguna satisfacción. No. Dios nos pide ser lo mejor posible sin condiciones ni modelos frívolos que seguir. El único modelo es Jesús. Y lo que debemos enseñarle a nuestros hijos es que debemos hacer nuestro mayor esfuerzo, con conciencia y reflexión. No importa “ganar”, importa dar lo mejor en la carrera. Si nos equivocamos, no importa, siempre está el camino ahí para levantarse y seguir. Nadie los va a juzgar ni a tachar. Si se dan cuenta, es el mismo amor que nosotros sentimos por nuestros hijos. Es en nuestro hogar y en el seno de nuestro amor que los hijos crecen siendo amados por lo que son, no por lo que pueden o no pueden hacer. A diferencia de la sociedad que sí los “ama” por lo que tienen no por lo que son. La familia es el lugar en donde uno debe desarrollar la mejor versión de sí mismo, y ese ejemplo de amor y crecimiento viene de este Dios caritativo.

Si así se los enseñamos, ellos van a crecer creyendo en un Dios bueno que los quiere y protege. No en un Dios que juega a la culpa, al si no logras esto yo te castigo y te mando al infierno.

Educar a nuestros hijos en una fe dulce en su tierna edad, de conceptos simples y cálidos los va a llevar de la mano a ir profundizando en su vida espiritual mientras van creciendo.

De hecho pueden vivir sus crisis existenciales en la adolescencia o adultez, pero eso ya dependerá de su propia búsqueda. Nuestro trabajo de padres es darles más herramientas para ser felices. Y nuevamente repito otro párrafo de la doctor Meeker que lo dice claramente: “Todo muchacho necesita un modo de encontrar estabilidad en su vida, de hallar un asidero personal. Tras el divorcio de sus padres, la muerte de su mejor amigo en un accidente de tráfico, o el abandono de su novia, que ha preferido dejarlo por el atleta de la clase, el chico que puede volverse hacia Dios tiene una notable ventaja sobre el que carece de esa creencia. En el fondo, se siente seguro de sí mismo. Sabe que no todo está perdido porque Dios siempre estará a su lado”.

Como siempre, mi intención es compartir un poco mis experiencias y descubrimientos. Y éste es uno que me parece importante. Espero les ayude.

La Mamá Oca

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Como una niña

¿Cuántas veces hemos pronunciado la frase: “No lo hagas así, pareces mujercita”. O a nuestros hijos: “Los hombres no lloran, pareces una niña”. Son típicas frases que buscan,erróneamente, motivar a los chicos a que actúen con fuerza, a que no sean débiles, a que sean valientes. De hecho, la intención puede ser válida. Pero no es la mejor manera de hacerlo. Ser una niña, actuar como niña, parecer una niña es lo mejor que les puede pasar a las niñas y no debe ser un motivo de “comparación” ni de “menosprecio”. Sobre todo si tenemos una niña en casa. No hay nada más lindo y sublime que ser niña. Y por serlo no necesariamente significa que son más débiles, susceptibles, dóciles o suavecitas. Conozco varias niñas que podrían romperle la cara a un niño si las provocaran (no es la idea pero a propósito de este tema es válida la acotación). Ser niña es un momento hermoso. Y es una etapa que debemos proteger y respetar como parte de la corporalidad y espiritualidad de nuestras hijas.

Y les comento esto porque buscando un poco de información me encontré con este video nuevo de Always que busca precisamente comunicar esta idea: la maravillosa etapa de ser niña y cómo el “hacerlo como niña” no debe significar algo malo. Ellos están desarrollando una campaña que se llama #ComoNiña, en la cual han producido interesante material para resaltar el tema: “En mi trabajo como documentalista, he sido testigo de la crisis de confianza en las niñas y los efectos negativos de los estereotipos de primera mano“, dijo Lauren Greenfield, directora de cine y directora del video #ComoNiña. “Cuando se utilizan las palabras” como una niña “para simbolizar algo malo, es profundamente descalificador.  Estoy muy emocionada de ser parte del movimiento para redefinir ‘como una niña’ en una afirmación positiva”. 

Y me pareció lindo el concepto pues a nosotros nos ayuda a reflexionar en esos pequeños detalles en los que a veces no nos detenemos a pensar, como los que les he mencionado. De hecho, hacer las cosas como niñas es parte de ser mujer. Hoy hay mucha discusión a nivel social para definir si es bueno o no “calificar” a las mujeres dentro de su género. Yo soy una firme creyente que parte integral del desarrollo humano está en destacar la diferencia entre los sexos y potenciarlos, no como debilidades, sino como fuerzas contrarias pero complementarias para empujar una familia y una sociedad a un punto feliz.

Los dejo con el video para que saquen sus propias conclusiones.

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Gala: para disfrutar en vacaciones

Amigos:

Nuevamente las vacaciones ya están con nosotros y es una excelente oportunidad para compartir con nuestros hijos actividades diferentes e inolvidables. En nuestra ciudad –Lima– son muy pocas las veces que contamos con shows de alto nivel a los que podamos llevar a los chicos con la seguridad de que van a exponerse a contenidos y espectáculos de alto nivel. Por eso no debemos dejar pasar la oportunidad de ir a ver Gala, la nueva temporada de circo que nos ofrece La Tarumba.

Gala, es un viaje a nuestra historia que despierta la emoción y el orgullo de ser peruanos. Esta puesta en escena está inspirada en el encuentro entre el mar y el desierto, en la llegada de españoles y africanos a las llamadas “nuevas tierras”, marcando el nacimiento de una “nueva cultura” que se enriquece en la fusión de expresiones, tradiciones y costumbres para dar como resultado un espectáculo único, tal y como La Tarumba suele ofrecer en cada una de sus temporadas.

La Tarumba está muy interesada en que su mensaje de arte y amor a la Patria —recuerden que el patriotismo es un virtud que hay que inculcarle a nuestros hijos– llegue a muchas personas, por eso es que ofrece distintas tarifas y promociones que se pueden adaptar a nuestros bolsillos.

De verdad, si tienen la oportunidad de regalarle a sus hijos una excelente experiencia, hagan el esfuerzo de tiempo y dinero y vayan todos a ver Gala. No se van a arrepentir.

La Mamá Oca

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