Paparazzis de nuestros hijos

Paparazzi

La tecnología a la cual tenemos acceso hoy todos los seres comunes y silvestres es una maravilla. No me quiero ni imaginar todo lo que hubiese hecho de chica con todo esto. Me hubiese encantado, además, verme en video naciendo, en mi primera papilla, mi primer agú, mi primer paso, mi primer berrinche, mi paseo número uno, dos y tres al zoológico, mi primer día de clase de cada año, y en todos y cada uno de los eventos trascendentales o cotidianos a los cuales los niños están expuestos.

Ni les digo todo lo que he documentado de mis hijos. Creo que tengo hasta el primer estornudo, el primer pañal cambiado, el primer baño, casi todo. Sin embargo, desde finales del año pasado decidí disfrutar casi todas –no digo todas, porque también quiero algunos recuerditos físicos— las aventuras de mis hijos a través de mis ojos y ya no a través del lente de una cámara.

No me he vuelto loca

Los que me conocen un poco pensarán que he sufrido algún trastorno. ¿Yo sin tecnología? Pues sí. Me di cuenta de que cuando quería recordar la actuación de fin de año de mi hija en el nido, no me acordaba de nada, más que del estrés de que el de adelante no tape la pantalla de mi Ipad con la que grababa en un extremo, mientras mi esposo con la cámara de video luchaba con otros padres en el otro lado del patio del colegio —hay que capturar la vida desde todos los ángulos. Claro, también pagué 15 soles por el video profesional que graba el nido y que te lo entregan después de unas semanas. Pero eso no era suficiente. Y tampoco me acordaba de lo que pasaba alrededor.

Y hoy escribo este post porque justo estábamos viendo el video profesional de la última actuación –que yo no grabé personalmente y que decidí gozar, y que mi hija me viera la cara de emoción— y efectivamente se ven todas las cámaras de videos encendidas y los ojos de los padres mirando a través de esta pantalla a sus hijos con zoom, sin zoom, distorsionados, o como fuera. Sin ver nada, en realidad, y sin darse cuenta si sus hijos bailaron lindo, si estuvieron nerviosos, ni nada. Ni qué decirles de ver al resto de niños. Como si el baile fuera individual. ¿Alguno me podría decir si se dio cuenta que su hijo se interrelacionaba bien con el resto del grupo o si era el más o el menos bailarín? Nada. Cero contexto. Y nunca lo sabremos, porque seguramente en el video sólo aparece nuestro bebé. Nadie más. Y bien de cerquita.

Escena de película

Hace unos días vi la película “La vida secreta de Walter Mitty”. Casi al final, Sean O’Connell (Sean Penn), un fotógrafo, en la punta del Himalaya, esperaba horas detrás de su cámara a que apareciera un animal llamado “el gato fantasma”, que era rarísimo. Una foto de este felino sería un logro absoluto para cualquier fotógrafo. Cuando finalmente aparece el animal, no toma la foto. Walter Mitty (Ben Stiller) le pregunta cuándo va a tomar la foto. Y el fotógrafo le responde algo así: “Algunas veces no lo hago. Si me gusta el momento, para mí, personalmente, no me gusta tener la distracción de la cámara. Sólo quiero quedarme en él”.

¿Qué hago ahora?

En eventos importantes, si hay alguien que filme y tome fotos, mejor. En los cumpleaños de mis hijos yo no tengo ni una cámara, le encargo ese trabajo a alguien de confianza. Hasta he llegado a contratar fotógrafo (uno barato toma mejores fotos que cualquiera en mi familia). Yo disfruto con mis hijos de esos momentos tan importantes para ellos. Que estén relajados, divirtiéndose y no posando para la foto. ¿No se han dado cuenta que ahora los niños viven para la foto? Yo quiero que los míos disfruten y no estén poniendo caritas a cada rato, interrumpiendo sus vivencias. Además, y de paso, yo salgo en algunas.

Por supuesto que en el día a día sí tomo fotos. Y a cada rato. Pero no durante toda la actividad que realizamos. Sí, hay fotos de su paseo al zoológico, pero un par, como antes, con la cámara de rollo. Y también filmo cosas cotidianas porque mi papá, mis suegros y mi hermano viven fuera. Así que por ellos y la ilusión de verlos, trato de que sigan su crecimiento. Por ejemplo, siempre pongo música y bailan. Filmo una de las tantas veces que lo hacen. Pero un rato, y ya está. Aparte, de verdad, ¿a ustedes les interesa ver un video de hora y media de un hijo ajeno? Con un poquito es suficiente para todos.

La idea es que no nos perdamos de vivir por documentar. ¿Para qué? ¿Para luego vivir la experiencia por una pantalla? No pues, mejor es REVIVIR con la memoria. Acordarse de detalles. Ver una foto y que de ahí salgan todas las historias que sucedieron ese día. No importa que con el boca a boca se vayan cambiando, eso es lo que suma los sentimientos, las emociones.

Vivamos un poco más con nuestros hijos, corramos con ellos de la mano, démosle de comer al conejito juntos, subámonos al carrusel. No es tan lindo estar siempre 10 pasos atrás para que no perdamos un detalle. Caminemos a su lado. Y que lo realmente importante se quede grabado en sus mentes y, por supuesto, en sus corazones. Quedémonos en el momento.

La Mamá Oca

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La importancia del juego- Entrevista a Gaby Amas- 1 PARTE

Hola amigos:

El post de hoy es muy importante para mí. Marca un hito en la historia de esta página y de esta comunidad. Hoy voy a compartir con ustedes el primer episodio de mi nueva aventura: EL PODCAST DE LA MAMÁ OCA. Espero que este nuevo canal los ayude, como a mí, a seguir aprendiendo a ser mejores padres con el fin de criar seres humanos felices.

PODCAST_logo

Y para empezar como se debe, me fui a La Tarumba, la escuela de teatro, circo y música más reconocida en Perú para conversar con Gaby Amas, psicóloga principal de dicha institución.

Gaby Amas

Gaby Amas de La Tarumba es mi primera entrevistada en El Podcast de La Mamá Oca

Como lo menciono en el audio, la entrevista fue muy interesante y se tocaron varios temas que giraban alrededor del eje del juego en los niños. Y como fue un poco larga como para un solo episodio, lo he dividido en varias partes.

Los invito a escuchar la primera en donde Gaby nos explica la importancia del juego

Pueden hacerlo en este link a mi perfil en Soundcloud.

O también pueden ir de frente al link de este episodio. Haz click aquí.

 

La Mamá Oca

 

 

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Dejémonos sorprender

Foto: www.lamamaoca.com

Foto: www.lamamaoca.com

Los padres sabemos que cada día al lado de un niño es como enfrentarse a un nuevo mapa del tesoro cada vez, que nos llevará a ese lugar donde no sabemos qué vamos a encontrar. Un día nos puede salir de maravilla. El siguiente puede ser un caos. Es una lotería. Si bien el marco y la rutina pueden ser iguales, nuestros hijos no lo son. Ellos cambian cada segundo: luego de aprender algo nuevo, de vivir una experiencia diferente, o simplemente después de hacer alguna conexión lógica en sus cerebritos. Y es lindo descubrir en ellos este explorar la vida, su manera de sacar conclusiones y relacionarse con el mundo que les rodea.

Darles tiempo también es bueno para nosotros

Nuestras obligaciones cotidianas nos absorben. Pasan las horas, los días y hasta semanas enteras en los que no nos detenemos a estar con nuestros hijos más allá de lo mínimo indispensable. Y considero que eso es un error. No sólo porque nos “perdemos” hitos importantes en su vida –sobre todo cuando son chiquitos- sino porque también nosotros perdemos una valiosa oportunidad para aprender a ser mejores personas. Sí, aprender de ellos, de los más chicos de la casa. Si bien nosotros debemos ser los guías de nuestros hijos, esto no significa que ellos no puedan ser una gran inspiración, fuerza y ejemplo para nosotros.

Se los explico mejor con una pequeña historia de la vida real. ¿Se acuerdan que hace unas semanas publiqué un post titulado “La rosa y la espina”? Bueno, este es un ejercicio que yo hago todos los días con mis hijos, quiera o no, porque a ellos les encanta, sobre todo a mi hija. Hace unas cuantas noches, como siempre, estábamos echadas en la cama luego de leer el cuento, ya con la luz apagada y mi hijita me pregunta: “Mamá, ¿qué es lo que más te gustó del día?”. Yo le respondo: “Ir a tomar un helado contigo. ¿Y a ti?”. “A mí me gustó mucho que hoy no me llevaras al colegio”, respondió.  “Ah, ¿sí?”, contesté, un poco confundida porque siempre me pide que lo haga. “Sí, mami, porque tú estabas muy cansada y me encantó que pudieses dormir un poco más”.

¿Qué les puedo decir? Detrás de esas palabras, en una niña tan chiquita, que le encanta que su mamá la lleve siempre al colegio, hay tanto: generosidad, dulzura y, sobre todo, una muestra de amor que a veces, nosotros, los grandes, no somos capaces de tener con nuestros seres más queridos.

Por eso les digo: conversemos, compartamos y disfrutemos de estar con nuestros hijos. Ellos son un mundo puro y transparente, algo que no tenemos tan a la mano hoy en día. Contagiémonos de ellos. Dejémonos sorprender.

La Mamá Oca

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La educación religiosa


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Como ya lo he dicho antes, no soy una experta en temas de educación. Simplemente soy una mamá a la que le gusta leer, investigar y compartir sus “hallazgos” a partir de sus propias experiencias. Y empiezo con esta idea porque el tema que quiero tratar en este post se basa en eso: en un compartir con ustedes lo que pienso sobre si debemos escoger un colegio religioso para nuestros hijos o uno laico. No es un estudio minucioso sobre los pros y los contras de las currículas, ni un estudio de mercado sobre las ofertas escolares existentes. Es simplemente un grupo de ideas que sustentan de alguna manera lo que instintivamente nos hizo decidir por una educación escolar religiosa para nuestros hijos, luego de evaluar varias alternativas. Claro está que una educación laica también puede ser excelente. Pero aquí voy a escribir un poco sobre los pros de una educación religiosa sin desmerecer la otra bajo ningún aspecto.

Algunas ideas sobre nuestra decisión

1. Apoyo a la educación del hogar.  La educación religiosa empieza por casa. Y la familia es el mejor medio para transmitir la fe. Y no estamos hablando sólo de trasladar conceptos sino también al ejemplo que debemos dar los padres. Como dice muy bien el YouCat: “En la familia también crece la fe; la familia, como dice la Iglesia, es una Iglesia en pequeño, una “iglesia doméstica”, cuya irradiación debe invitar a otros a la comunión de la fe, la esperanza y la caridad” (368). Sin embargo, el colegio es de gran ayuda para fortalecer el trabajo que se debe hacer en el hogar, sobre todo en esta época en que los padres tenemos poco tiempo para estar con los hijos y tercerizamos mucho de su educación a la escuela.  En nuestro caso, hemos escogido un colegio católico, ya que esa es la religión que practicamos en la familia.

2. Esperanza y optimismo. Este punto lo voy a escribir basándome en mi experiencia personal (excluyendo al señor Oca solo aquí). Cuando era chica, el creer en Dios de una manera muy intensa y recurrir a él cuando me sentía triste o preocupada, fue algo muy importante en mi vida. De alguna manera no me sentí tan sola en momentos que quizás, sin creer en Dios y en la Virgen María, hubiesen sido muy duros para una niña pequeña o una adolescente. Es un tema vinculado a la seguridad y al optimismo que te da el creer en alguien más grande que tú. Bien lo dice la doctora Meg Meeker, pediatra y autora de muchos buenos libros que ya he mencionado en otros posts. En su obra “100% chicos: 7 claves para que crezcan sanos y felices”, en el capítulo titulado “Enséñele a conocer a Dios”, ella sustenta muy bien la importancia de educar a nuestros hijos en la fe. Y uno de sus argumentos es que el creer en Dios les da esperanza a los chicos: “La esperanza es un elemento muy importante que falta en la vida de cientos de miles de jóvenes. Se trata de una creencia progresista, porque cuando un muchacho tiene esperanza puede soportar una circunstancia muy dolorosa al asirse a esa creencia de que vendrá un tiempo más favorable. De ese modo su sufrimiento se aminora. Podrá soportar mejor el divorcio de sus padres u otras situaciones adversas. Sin la ayuda de la esperanza, aquellos chicos que han sufrido reveses o que han tenido que pasar por experiencias traumáticas se sienten convencidos de que una parte de sí mismos se ha perdido para siempre”.

Esta sensación de tranquilidad me acompaña hasta el día de hoy. Si bien he pasado por momentos de más o menos fe, el hecho de creer en Dios me ha ayudado a superar muchos aspectos duros en mi vida y a disfrutar a plenitud otros tantos. Y quiero que mis hijos tengan en su vida este tipo de “soporte” para los buenos y malos ratos que les toque vivir.

3. Una sociedad cada vez más difícil. Otro aspecto que nos ayudó a decidirnos por un colegio religioso va de la mano con la falta de ayuda que existe en la sociedad actual para enrumbar a nuestros hijos por el camino del “bien”. Falsas verdades, el relativismo de lo bueno y de lo malo, la sobredimensión de los derechos propios olvidándose de los deberes hacia los demás, entre otros, son temas que nos preocupan mucho y que queremos que nuestros hijos tengan muy claro en su vida. Y si van a pasar gran parte del día en una institución educativa, preferimos que sea en una que nos asegure que estos  asuntos van a ser tratados bajo nuestra misma visión.

La doctora Meg Meeker, en el mismo libro mencionado líneas arriba nos dice: “Y digo esto no como teóloga, sino como pediatra; y en base a lo que veo continuamente en mi consulta. Aquellos chicos que se sienten más unidos a la práctica de una religión tradicional están más capacitados para enfrentarse a la presiones y rigores de la vida moderna, a poseer un mayor sentido de la integridad personal, que aquellos otros que han sido educados en ambientes agnósticos. Las estructuras son muy importantes para los chicos, como para muchas personas, y la religión tradicional proporciona esas estructuras y esas reglas. Al mismo tiempo también proporciona autoridades –ya se trate de sacerdotes, pastores o rabinos—a los que un muchacho puede acudir cuando necesita que le aclaren algún concepto”.

4. La búsqueda de la transcendencia. Este es otro punto a favor de la educación religiosa. Lo dice de una manera sencilla Aníbal Cuevas, orientador familiar español, en su artículo “El hombre es religioso por naturaleza”: “Podemos afirmar que el fenómeno religioso es universal (…). Todos encerramos un anhelo que nos sobrepasa, una necesidad de creer en algo sagrado e intocable, algo que dé sentido a nuestra vida y responda a tantas preguntas. No buscar el porqué y el sentido de ese anhelo supone amputar una dimensión fundamental del ser humano: su necesidad de trascendencia. Ese anhelo está inscrito en los corazones y precisa respuestas desde que se es niño”.

5. Más allá de Dios: la cultura y la educación cívica. Existe otro argumento para educar a nuestros hijos en un colegio religioso que no tiene que ver directamente con la fe, sino con la cultura y la educación cívica. Un autor que expone claramente estos dos puntos es Mario Vargas Llosa. El Premio Nobel es conocido por sus grandes cuestionamientos a la Iglesia y se declara agnóstico. Sin embargo, en su libro “La civilización del espectáculo” dice sobre la educación religiosa (ojo, no habla específicamente de los colegios religiosos, sino de enseñar religión): “Abolir enteramente toda forma de enseñanza religiosa en los colegios públicos sería formar a las nuevas generaciones con una cultura deficiente y privarlas de un conocimiento básico para entender su historia, su tradición y disfrutar del arte, la literatura y el pensamiento de Occidente. La cultura occidental está embebida de ideas, creencias, imágenes, festividades y costumbres religiosas. Mutilar este riquísimo patrimonio de la educación de las nuevas generaciones equivaldría a entregarlas atadas de pies y manos a la civilización del espectáculo, es decir, a la frivolidad, la superficialidad, la ignorancia, la chismografía y el mal gusto”.

Sobre la cultura cívica, en otra parte de este mismo libro dice: “Aunque no soy creyente, estoy convencido de que una sociedad no puede alcanzar una elevada cultura democrática –es decir, no puede disfrutar cabalmente de la libertad y la legalidad—si no está profundamente impregnada de esa vida espiritual y moral que, para la inmensa mayoría de los seres humanos, es indisociable de la religión”.

6. ¿Quién no necesita a Dios, finalmente? Es claro que en los momentos difíciles, por más lejanos que nos sintamos de Dios, siempre se nos escapa por ahí un “Dios mío, por favor ayúdame” o “Diosito, Diosito, por favor, no permitas esto” , inclusive un “¿Por qué, Dios?”. Y no queremos dejar a nuestros hijos sin esa balsa salvadora, que tenga algo más a qué recurrir que no sean malas compañías, drogas o alcohol. Tenemos claro que una educación religiosa no garantiza un final feliz necesariamente, pero por lo menos hacemos el intento. La doctora Meeker lo dice mucho más bonito: “Todo muchacho necesita un modo de encontrar estabilidad en su vida, de hallar un asidero personal. Tras el divorcio de sus padres, la muerte de su mejor amigo en un accidente de tráfico, o el abandono de su novia, que ha preferido dejarlo por el atleta de la clase, el chico que puede volverse hacia Dios tiene una notable ventaja sobre el que carece de esa creencia. En el fondo, se siente seguro de sí mismo. Sabe que no todo está perdido porque Dios siempre estará a su lado”.

Eso es. Espero les ayude.

La Mamá Oca

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El círculo virtuoso

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Una de las cosas que más me gustan de escribir este blog es que me obliga a “aprender a enseñar (a niños)”. Y esto requiere que me ponga seria en la labor y que profundice en aspectos que en el día a día pueden parecer sencillos pero que a la hora de enfrentarme a ellos me exige releer textos una y otra vez, procesarlos y luego aplicarlos a la vida diaria para sacar experiencias prácticas y poder compartirlas con los otros padres que me leen.  Es por eso que a veces me demoro en escribir sobre un tema: porque trato de empaparme bien del mismo y así poder entregarles un post provechoso.

A manera de anécdota aprovecho para contarles que cada vez que analizo las estadísticas de lectura de este blog me asusto un poco, porque cada día somos más papás y mamás en esta comunidad por lo que me auto exijo mayor calidad en lo que escribo en cada entrega. Y, por lo tanto, me toma cada vez más tiempo poder preparar mis temas.

Como decía más arriba, hay algunos temas que pueden parecer sencillos cuando tienes un acercamiento superficial pero cuando vas profundizando te das cuenta que puedes pasarte una vida estudiándolos y tratando de aplicarlos. Y uno de estos temas es el de la educación en virtudes.

Sobre las virtudes

Cada vez que me siento a leer sobre cómo inculcar una virtud en un niño resulta que siempre, vinculada a la virtud en cuestión, hay otras tantas que la sustentan y/o complementan. Por ejemplo, para enseñar el respeto debes inculcar la justicia y ésta, a su vez, necesita de la prudencia. Y así sucesivamente. Y esto es lo que se denomina el círculo virtuoso. Lo bueno lleva a otra cosa buena convirtiéndose en algo infinitamente positivo. Lo opuesto a un círculo vicioso.

Además, por si no fuera esto lo suficientemente complicado, cada virtud tiene una edad para empezar a inculcarla, y dependiendo de la edad, una forma de hacerlo.

 ¿Qué les quiero decir?

Que si realmente están interesados en que sus hijos sean niños virtuosos, no pierdan más el tiempo para empezar a aprender a educar. Siempre he pensado que la “profesión” de ser padres es la más exigente y complicada y, sin embargo, es la que tiene menos preparación. Si bien la intuición es una gran compañera en esta tarea, tampoco tenemos que dejar de lado ciertos aspectos técnicos que nos ayudarán a solucionar positivamente los problemas del día a día.

 ¿Dónde aprender?

Un libro que llevo por lo menos un par de años revisando constantemente y que siempre se los menciono cuando escribo sobre este tema es “La educación de las virtudes humanas y su evaluación” de David Isaacs. También la colección Hacer Familia tiene varios libros que tratan sobre este tema como “Virtudes humanas” de José A. Alcázar y Fernando Corominas, entre otras. Hay inclusive versiones digitales. Otra guía que es excelente es la Biblia y, específicamente, la vida de Jesús. No dudemos en revisarla de vez en cuando para obtener inspiración.

La Mamá Oca

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¿Obama cena en su casa todos los días y tú no?

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El 3 de marzo último, el Harvard Business Review Blog publicó un artículo titulado “If President Obama Can Get Home for Dinner, Why Can’t You?” que traducido al español sería algo así: “Si el presidente Obama puede llegar a casa para cenar, ¿por qué tú no?”. Este post es una entrevista a Jodi Kantor, un corresponsal del New York Times que en el 2012 publicó un libro llamado “The Obamas”, en donde cuenta un poco la vida íntima de la familia presidencial.

Me llamó la atención el título de la nota ya que lo último que uno puede imaginar es que el Presidente de un país pueda darse esos lujos. Pero, según expone el autor, tal parece que sí: Barack y Michelle son una pareja que de tener una vida casi normal pasaron de un día para otro a dirigir una nación. Un cambio de vida drástico, a diferencia de los profesionales que van avanzando paulatinamente hacia la cima, cambiando igualmente de a pocos su estilo de vida.

De verdad que me quedé admirada con el artículo: el señor y la señora Obama tienen bien establecido el balance en su vida y, tal como los describe el autor del libro citado, él no sería Presidente sin ella y son una familia muy unida.

Debo mencionar que el artículo fue escrito en este blog dirigido a  personas a las que le gustan los temas de negocios, pero su intención está claramente enfocada a la parte personal del lector: si Obama puede cenar en su casa todos los días, que es el hombre más ocupado del mundo, ¿por qué tú no?

Desde este modesto espacio para papás y mamás que dirijo, escribo y comparto, me gustaría responderle al señor Dan McGinn, autor de la nota, su pregunta: porque, precisamente, no somos los Obama.

Gente en el mundo real

Con este subtítulo no quiero decir que Obama y Michelle sean de fantasía, pero de hecho son un caso único en el mundo. Y claro, si yo fuera la mamá de Tarzán también podría tomar todas las decisiones que me plazcan no sólo sobre mi vida, sino inclusive sobre la vida de los demás. Estoy segura que Barack Obama le puede decir a Bill Gates que espere un ratito, que está comiendo con sus hijas y Bill ni se ofendería. Y en este ejemplo podemos incluir, si queremos, a los ejecutivos más tops, ministros y presidentes de otros países.

Pero no somos los Obama. En la vida común y silvestre la gran mayoría somos empleados de alguna empresa, tenemos jefes, un horario que cumplir, unas vacaciones programadas, problemas varios y personas con las que tenemos que coordinar.  Esto sin contar los asuntos domésticos. No siempre es posible llegar a casa a la hora de comer.

Prioridades

Sin embargo, lo que vale rescatar de este artículo es que no importa cuán importante seas tú o tu trabajo, siempre es posible priorizar y buscar un balance. Y eso sí lo podemos hacer todos. Si no puedes llegar a la casa a comer todas las noches, busca hacerlo algunas. Si no puedes hacerlo ninguna, ¿puedes llegar a dormir a los chicos, a contarles un cuento? Si tu horario es de sol a sol, no le aumentes el gimnasio para entonces llegar a la casa a las 10 p.m. cuando todos estén dormidos. ¿Que te encanta el gimnasio y es importantísimo para tu estrés hacer deporte? ¿Puedes ir más tarde? ¿Menos tiempo? ¿A un gimnasio cerca de tu oficina a las 6 a.m? ¿O sólo cuatro veces por semana? Ya, no puedes. ¿Entonces los sábados, los domingos, los feriados y tus vacaciones puedes dedicarlos totalmente a la vida en familia? Recuerda que si sumas los fines de semana, las fiestas y tus vacaciones tienes un tercio del año disponible para tus hijos.

También puedes hacer pequeñas cosas como:

  • No estar en el smartphone contestando mails, chateando o mirando Facebook cuando estás con tus hijos o con tu pareja. Dedicar ese poco tiempo a atenderlos sin distracciones los hará sentir importantes.
  • Buscar actividades divertidas en familia. Estar todo el fin de semana en el sillón viendo tele no es “estar” con tus hijos. Estar con ellos es compartir momentos que los ayuden a crecer contigo. Sí, el fin de semana también es para descansar pero recuerda que para los padres eso es casi una utopía.
  • No llenar los fines de semana de vida social. Hacer una parrillada con tus amigos en tu casa les quita atención. De vez en cuando está bien, pero de repente una parrillada sólo con tu familia cercana puede ser más provechosa.
  • Aprende a decir no… pero en tu oficina. Los ejecutivos que tienen más poder pueden decidir un poco más a lo Obama cuándo hacer reuniones o resolver problemas de oficina. Prioriza y de vez en cuando deja cosas para mañana. Estas pueden esperar, tus hijos no.
  • Haz planes espontáneos. Si un día puedes salir más temprano, llama a la casa y di que todos se arreglen que van a salir por una hamburguesa o un helado, o simplemente a pasear por un parque. Que guarden la cena para mañana porque hoy es un día especial para estar juntos.

 Como estos ejemplos se me pueden ocurrir muchos más. Seguro que ustedes pueden buscar en sus vidas qué cosas pueden mejorar para buscar el balance y darles a sus familias lo mejor de ustedes. Recuerden que el tiempo perdido en la familia es como el sueño: nunca se recupera.

La Mamá Oca

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Filed under FAMILIA, MATRIMONIO Y FAMILIA

Enseñando la justicia hasta los 9 años

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Nota: Hace algunas semanas publiqué un post titulado “Educando niños justos” que recomiendo leer, si no lo han hecho, antes de seguir con este post.

Alguna vez le escuché decir a un amigo que los grandes problemas del mundo se han agudizado desde que se publicó la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Antes de que me tiren tomates, déjenme explicarles brevemente por qué. Simplemente porque ahora las personas sólo piensan en sus derechos y no en sus deberes. Todo el tiempo escuchamos decir “Es mi derecho”, pero nadie pelea por respetar los derechos del prójimo. ¿Se imaginan qué bueno sería que todos cumplieran sus deberes? Pues inmediatamente se estaría respetando los derechos del otro y la historia sería muy diferente. Por ejemplo, si todos cumpliéramos con nuestro deber de respetar la vida del prójimo, seguramente otro sería el cuento. Es más, también he escuchado decir que el documento citado ha sido el “catálogo de leyes” más violado en la historia. Y tiene sentido.

¿Por qué menciono esta “anécdota” para hablar del tema de la educación de la justicia? Porque, como dice David Isaacs en su libro “La educación de las virtudes humanas y su evaluación”, “la persona más justa será la que capta cuáles son los derechos y cuáles son los deberes propios y de los demás, de acuerdo con su situación de miembros de la misma familia, de padres, de ciudadanos, de personas de una misma sociedad, etc.”.

La educación de la justicia hasta los nueve años

¿Cómo se educa la justicia en los niños? Debemos proponernos objetivos parciales que dependan de la edad de nuestros hijos, sus capacidades para aprender y su círculo de relaciones en el que vive. Los niños más chiquitos realizarán más actos injustos porque no saben que están haciendo algo malo. Sin embargo, mientras más van creciendo, en caso que hagan algo injusto, van a preferir esconderlo o justificarlo.

Si bien un niño chiquito no va a actuar conscientemente de manera justa, puede aprender. Y esto lo hará con la ayuda de sus padres, y sus hermanos mayores. Como en todo, los papás somos los primeros educadores y luego vendrán las reglas impuestas por el grupo.

Según Isaacs, hasta los nueve años, más que tratar de que entiendan el por qué de la justicia, debemos ayudarles a “adquirir los hábitos con cariño, comprensión y exigencia”. Así, el autor propone los siguientes tipos de objetivos:

  • Aprender a establecer un acuerdo con un hermano o con un amigo, y luego cumplirlo;
  • Aceptar las reglas de un juego una vez conocidas;
  • Decir la verdad, en la medida en que capten lo que es;
  • Respetar la propiedad ajena: no robar, no romper, etc.;
  • Respetar ciertas necesidades y derechos ajenos: las habitaciones de los hermanos, el silencio en momentos de estudio, la intimidad de los demás (llamar a la puerta antes de entrar, no interrumpir en una conversación).

 Todo esto los preparará para el momento en que ya sean capaces de entender que existe un derecho y un deber.

Finalmente, quiero recordarles lo que puse en mi otro post que creo es importante tenerlo presente cada vez que tocamos este tema: que nosotros, los padres, debemos ser el ejemplo de justicia por lo que además de intentar actuar de manera justa con nuestros propios hijos, también lo tenemos que hacer hacia fuera.

La Mamá Oca

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Filed under EDUCACION DE LA JUSTICIA

La Rosa y la Espina

la rosa y la espina

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Como escribí en mi ultimo post, La importancia del crecimiento personal en la tarea de ser padres, es vital para la educación de nuestros hijos que ellos aprendan a ser reflexivos, que sepan reconocer sus sentimientos para que cuando se tengan que enfrentar una situación sepan detectar qué están sintiendo o qué los mueve a actuar de una u otra manera. Eso es la inteligencia emocional. Por ejemplo, algo que se confunde mucho es la tristeza con el enojo, o la depresión con el cansancio, o estar asustados con la angustia. Pero si nosotros les enseñamos a nuestros hijos a identificar sus sentimientos los estamos ayudando a tener herramientas para tomar decisiones correctas hoy y en el futuro.

Otro ejemplo de actuar sin reconocer los sentimientos es cuando uno se “enamora”. ¿Cuántas veces hemos visto o vivido relaciones en las que la pareja no se lleva bien y siguen juntos? Y nos da más cólera cuando es nuestra hija de 15 años la que juega el papel de tonta…Pero, ¿le hemos enseñado a identificar el aburrimiento y la soledad con el hecho de “estar enamorada”? Muchos adolescentes vuelcan su inseguridad en relaciones vanas que no les lleva más que a perder el tiempo. Claro, es parte de ser inmaduros. Pero yo también he visto muchos chic@s que desde muy jóvenes saben escoger con quién pasar un tiempo importante de sus vidas, pasándola genial y muchas veces llegan hasta el matrimonio.

Pero, ¿cómo enseñarles a identificar sentimientos? Hay muchas maneras y juegos pedagógicos, cuentos y demás herramientas, para diferentes edades. Pero hay una que a mí me encanta para niños más pequeños que se llama “La rosa y la espina”. Es genial porque lo único que se necesita es un poco de tiempo.

 ¿De qué se trata?

Todas las noches, a la hora de acostarse (antes o después del cuento y/o rezar) jugamos este juego con mis hijos. Cada uno de los presentes en la escena, incluyéndome a mí o al papá, debemos contar a los demás qué fue lo que más nos gustó en el día –la rosa— y qué es lo que nos gustó menos –la espina. Y claro, hay que dar un por qué nos gustó o no nos gustó.

De esa manera podemos ayudar a nuestros hijos a identificar sentimientos, guiándolos en una conversación amena, analizando el día y conversando un poco sobre lo qué les pasa. Ellos nos pueden decir: “Lo que menos me gustó del día fue que Juanito me hizo una broma fea”. Ahí podemos preguntar: “¿De qué fue la broma?  ¿Qué sentiste?”. Nos pueden decir que sintieron, por ejemplo, tristeza porque les provocó pegarle muy fuerte. Y nosotros podemos preguntarle si se les aceleró el corazón, si sintieron algo en la garganta, o la boca seca, o les tembló las piernas. Si vamos identificando las señales, al final les podemos decir: “Eso que sentiste no es tristeza sino rabia. Estabas molesto”.  Y así les vamos enseñando a conocer las manifestaciones de las emociones para que poco a poco las vayan identificando.

Es un momento para que también nosotros, como padres, podamos detectar si hay problemas, si hay algo que les está molestando en el colegio o con los amigos, y profundizar sobre esos temas, prestando un poco de atención para ver si sufren de bullying, o están haciéndolo; si hay problemas con algún profesor, etc.

También puede ser una técnica con los hijos mayores, a la hora de comer, por ejemplo, que cada uno también cuente qué tal le fue e identificar los momentos “críticos” positivos y negativos del día.

Finalmente, esta técnica ayuda además:

-       Enseñar a expresar sentimientos.

-       Enseñar a escuchar al otro.

-       Generar e incrementar la confianza con los padres.

-       Aprender de las experiencias de los demás.

-       Hacer que nuestros hijos se sientas amados, atendidos y escuchados.

Muy recomendable. Los invito a probarlo.

La Mamá Oca

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Filed under COMUNICACIÓN EN LA FAMILIA, INTELIGENCIA EMOCIONAL

La importancia del crecimiento personal en la tarea de ser padres

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Desde que me convertí en madre me he vuelto más reflexiva. Cuando era soltera  debo reconocer que pase muchas etapas de mi vida por encima, sin pensarlas, desmenuzarlas y, quizás, sin sacar de ellas ninguna lección importante por falta de interés. Tanto así que hay lugares que he visitado en viajes que ya ni me acuerdo, porque seguramente tenía la mente en otros temas que no me dejaron vivir el momento a plenitud.

Pero ahora sí me detengo a pensar mucho y mientras más crecen mis hijos me voy enfrentando a situaciones que requieren mayor análisis y toma de decisiones. Y no hablo solo de cosas que nos pasan a nosotros, sino de experiencias ajenas que me hacen cuestionar mi propia vida y el tipo de educación que les doy y quiero dar a mis niños. Claro, a esta situación debo sumarle la participación de mi esposo cuando comparto con él lo que pienso.

Les comento esto porque creo que gran parte de los problemas morales y psicológicos a los que nos enfrentamos hoy en día como sociedad están basados en la falta de reflexión y a lo cobardes que somos al momento de enfrentar situaciones difíciles. Como si el hecho de esquivar lo duro o doloroso hiciera que desapareciera… cuando lo único que estamos logrando es posponerlo para luego lidiar con ello…y con intereses.

Y lo que es peor: les estamos transmitiendo a nuestros hijos esta misma desidia ya que nosotros somos sus principales maestros y modelos a seguir.

Por eso estoy convencida que el trabajar en nosotros mismos como seres humanos, buscar ser mejores cada día, enfrentar nuestros errores y tratar de corregirlos, en resumen, buscar ser cada día más virtuosos, es una tarea que debemos imponernos como parte de nuestro plan educativo.

Y no debe haber pretextos de falta de tiempo o ganas, ya que el tratar de ser mejor debe estar en las grandes y pequeñas cosas cotidianas. Por ejemplo, si no queremos que nuestros hijos tengan problemas alimenticios, debemos pensar si nosotros estamos haciendo bien la tarea: ¿Estoy con sobrepeso? ¿Estoy comiendo sano? ¿A mis horas? ¿Me estoy ejercitando? ¿Estoy comiendo con ellos algunas veces para enseñarles? Les aseguro que predicar con el ejemplo es mil veces más efectivo que luego tener que lidiar con nutricionistas o psicólogos. Lo mismo sucede con los valores más potentes: ¿estoy diciendo la verdad o mis hijos me escuchan cuando le digo a alguien por teléfono que en este momento no puedo atenderlo porque estoy ocupadísimo y no es cierto? ¿Estoy siendo generoso con mi familia, no sólo a nivel material sino también con mi tiempo? ¿Estoy siendo justo cuando hay una pelea entre mis hijos? ¿Estoy diciéndole a mi pareja que es lo más importante y lo estoy demostrando? ¿O al final tomar un trago con mis amigos luego del trabajo es más importante que llegar a casa a comer con mi esposa y mis hijos?

Todos tenemos derecho a equivocarnos, a caernos mil veces y sufrir en el intento. Lo que no debemos hacer es dejar de luchar por ser mejores, por no caer en nuestros vicios y por ser el mejor ejemplo para nuestros hijos. Y a ellos también hay que enseñarles a reflexionar, a pensar en qué han hecho bien o qué han hecho mal y el por qué de estos actos (la parte del por qué es básica). Un niño que aprende a pensar y a cuestionarse va a hacerlo el resto de su vida. Y eso es casi una seguridad de que tendremos un adulto sensato y sereno que sabe guiarse en la vida por mecanismos certeros y pensados, y no por emociones desbocadas que llevan a la mala toma de decisiones y que pueden resultar en empeñar hasta la felicidad propia y de su futura familia.

Trabajar por nosotros mismos no es una tarea que debe pasar ligera en nuestra agenda diaria. Pasar por encima en la vida no es posible. Porque tarde o temprano esos fantasmas de los cuales nos corrimos aparecerán. Y es mejor lidiar con ellos cuando se parecen más a Gasparín que cuando se convierten en Freddy Krueger. Y sobre todo, pensemos que todo lo que hacemos, bueno o malo, es un legado para nuestros hijos. Qué mejor motivación que ellos para ser mejores cada día.

La Mamá Oca

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Lo que las niñas chiquitas quisieran que sus papás sepan

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Yo tengo una hija. Y como mujer me siento muy identificada con ella. Entiendo sus temores, sus sueños, su inocencia. Vivir con ella y educarla hace que viva constantes “regresiones” a mi infancia. Revivo muchas cosas, inclusive sentimientos que vuelven a mí con tal fuerza que a veces me provoca correr y abrazarla (lo cual hago constantemente) cuando sé que la está pasando mal por algo. Pero claro, es imposible prestarle mi tarjeta de memoria y pasársela. Tiene que vivir. Lo bueno y lo malo. Es parte de crecer y volverse un ser humano maduro.

Y gracias a Dios tiene a su lado a su papá, quien ha entendido perfectamente su papel en la vida de nuestra hija. Sabe que es él la persona más importante para ella ya que depende de él como nuestra hija se valore como mujer, de la forma en que él la trate ella basará los referentes que usará en su vida adulta cuando establezca una relación amorosa, un matrimonio, una familia.

Me gusta escribir a veces sobre el rol del padre en la educación de las hijas porque creo firmemente en que los papás tienen que ponerle tanto o más empeño que la mamá en la crianza de las niñas. Y seguiré insistiendo en ello.

Ayer encontré un artículo en el The Huffington Post titulado “Las 25 cosas que las niñas pequeñas quisieran que sus papás supieran”. Las he traducido para compartirlas con ustedes.

  1. Como tú me ames, me amaré a mí misma.
  2. Pregunta cómo me siento y escucha mi respuesta. Necesito saber que tú me valoras antes de que yo pueda entender mi verdadero valor.
  3. Cada vez que eres bondadoso conmigo o con alguien más, aprendo a confiar en Dios un poquito más.
  4. Yo aprendo el cómo debo ser tratada de la forma en que tú tratas a mi mamá, estés o no casado con ella.
  5. Si tú estás molesto conmigo, lo siento así no lo entienda, así que háblame.
  6. Necesito experimentar el cariño de tu fuerza física, así puedo aprender a confiar en la corporalidad de los hombres.
  7. Por favor, no hables de sexo como un adolescente, o pensaré que es algo sucio.
  8. Cuando tu tono es amable, entiendo lo que estás diciendo mucho mejor.
  9. La forma como hablas del cuerpo de las mujeres cuando estás “sólo bromeando” es lo que yo creo sobre el mío.
  10. Como manejes mi corazón, es como yo permitiré que lo manejen otros.
  11. Si me alientas a encontrar lo que da alegría, siempre la buscaré.
  12. Si me enseñas lo que es seguridad al estar conmigo, sabré mejor cómo protegerme de hombres que no me la dan. 
  13. Enséñame el amor por el arte, la ciencia y la naturaleza y aprenderé que el intelecto importa más que la talla del vestido.
  14. Déjame decir exactamente lo que quiero a pesar de que esté mal o sea tonto, porque necesito saber que tener una voz fuerte es aceptable para ti.
  15. Cuando crezca, si pareces asustado con mi cuerpo que cambia, creeré que hay algo malo con ello.
  16. Si tú entiendes lo que es estar feliz contigo mismo, yo también lo entenderé.
  17. Cuando te pido que lo dejes pasar, mantente disponible. Yo siempre regresaré y te necesitaré si lo haces.
  18. Si demuestras ternura, aprenderé a aceptar mi propia vulnerabilidad en lugar de temerla.
  19. Cuando me permites ayudar a arreglar el auto y pintar la casa, creo que puedo hacer lo mismo que un chico.
  20. Cuando proteges mi femineidad, aprendo a que vale la pena proteger todo lo mío.
  21. Como trates a nuestro perro cuando piensas que no estoy viendo me dice más sobre ti que todo lo demás.
  22. No dejes que el dinero sea todo, o aprenderé a no respetarlo a él o a ti.  
  23. Abrázame, cárgame y bésame en todas la formas correctas, buenas y puras que lo hace un papá. Lo necesito mucho para aprender sobre la manera sana de tocar.
  24. Por favor, no mientas porque yo creo en lo que dices.
  25. No evites las conversaciones difíciles porque me hace creer que soy alguien por quien no vale la pena pelear.

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