¿Crees que el mundo tiene salvación?

salvar el mundo

Hace unos días me preguntaron por qué había decidido cambiar mi vida profesional y dedicarme al tema del matrimonio y la familia. Y mi respuesta fue tajante: “Porque creo firmemente que sólo la familia salvará al mundo”. Claro, suena a respuesta de candidata a Miss Universo, sobre todo en una sociedad como la nuestra en el que cada vez la familia está más complicada, más difícil de entender y sostener. Sin embargo, haré un intento para justificar esta afirmación basándome en la familia como la primera educadora de virtudes humanas.

David vs. Goliat

Sorprende que hoy, frente a un mega descubrimiento o avance científico, los grandes debates se centren en la ética del uso de estos descubrimientos más que en cómo seguir mejorándolos. Pongamos un ejemplo de manera rápida: existe el proyecto para descifrar el genoma humano. Es algo increíble y que ayudará mucho a prevenir y curar enfermedades genéticas. Sin embargo, también entra en juego la manipulación genética de embriones o, inclusive, temas que contemplan poder transformar a la especie humana como tal mediante la manipulación de genes. Es un tema amplísimo. Sin embargo, algo que puede ser la solución a miles de problemas de salud se ve entorpecido porque existe el “lado oscuro de la fuerza”. Este ejemplo se repite en miles de situaciones más, no sólo científicas sino jurídicas y sociales. Por ejemplo, miles de recursos humanos y económicos invertidos en defender el aborto como una posibilidad de planificación familiar en lugar de utilizarlos en ayudar a las familias que optaron por la vida y que quieren salir adelante. Es la constante y archiconocida lucha del bien frente al mal, donde el mal parece venir como un Goliat frente al pequeño David. ¿Cómo hacer para que esta situación se revierta?

 La familia como primera escuela de ética y virtudes

Cuando analizamos la situación ética de nuestro mundo, parece que nos encontramos frente a una madeja gigante, del tamaño del planeta, que deberíamos desenredar hasta encontrar la punta de la lana. Se siente impotencia. Es un trabajo que parece imposible y que muchos prefieren ni intentarlo. El camino de la confusión está bien asfaltado mientras que el del bien está cuesta arriba y con bastantes piedras angulosas. Y ahí está la labor de los padres: ponernos nuestra ropa de escaladores y empezar a trepar –nosotros primero– por ese camino pedregoso y lleno de espinas marcándoles a nuestros hijos la ruta correcta que, como sabemos, no es la más fácil. Así, cuando lleguen a la cima vamos a tener adultos virtuosos, fuertes y preparados que estarán listos para enfrentar el mundo con sus avances y coyunturas. Y si están bien formados, ya no existirían discusiones de lo que está bien o lo que está mal. Todas las energías se utilizarían solo para lo bueno, para la perfección.

No hay ni habrá ciencia, invento o avance científico que pueda salvar al mundo si estos no son manejados por personas que buscan el verdadero bien de la humanidad. De la otra manera estamos condenados a vivir en un círculo vicioso y luchar contra el gigante del relativismo, materialismo y demás “ismos” que nos molestan. ¿Y quién es la responsable de inculcarle la ética a la sociedad? Pues la familia. Nadie más. Ni el colegio ni el profesor de karate. Estos pueden ser un importante refuerzo, pero no la fuente de la virtud en nuestros hijos.

Ahí mi sustento de por qué sólo la familia salvará al mundo.

 La Mamá Oca

¿Te gustaría que La Mamá Oca vaya a tu empresa o a tu casa para participar en algunos talleres para educar niños felices? Escríbeme a giuliana@lamamaoca.com 

Más detalles sobre las charlas aquí

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¿Es suficiente sólo el sentido común para educar?

felicidad

¿Tienes claros los valores que quieres transmitir a tus hijos?

Hoy los padres contamos con acceso a información pedagógica que hace 20 años hubiese sido inimaginable. Miles de blogs, libros, revistas, programas de televisión, entrevistas a especialistas, entre otros ejemplos, están a nuestra disposición de manera casi inmediata. Sin embargo, también es la época en la que se detecta un mayor número de problemas en los chicos: problemas de aprendizaje, trastornos, asesinatos en los colegios, niños tiranos, adolescentes ególatras, adicción a los videojuegos y a la tecnología, embarazos no deseados, etc., son temas de todos los días y fuente de múltiple preocupaciones por parte de los padres. De hecho, suena a incoherencia el disponer de tanta información y, a la vez, vivir una época de estrés espantoso cuando de criar hijos se trata. Y, por otro lado, nunca falta el que nos dice que en otras épocas se criaba sólo con sentido común y no había tantos problemas como los de hoy. Y, sí, podemos darles el beneficio de la duda (aunque mi abuela me solía decir que en todas las épocas existieron los drogadictos, las mujeres un poco sueltas de huesos y corrupción, pero que hoy están más a la vista).

Ahondando un poco en el tema que escribí hace algunos días sobre el cultivo de los padres, me puse a reflexionar sobre este asunto del sentido común. ¿Por qué ahora, la que era la herramienta más eficaz de educación, no está funcionando como antes? Voy a enumerar algunas ideas que surgieron cuando fui analizando el tema.

  1. El relativismo. Uno de los grandes problemas que existen hoy para poder educar bien es precisamente definir qué está bien y qué está mal. No voy a emitir juicios de valor, sólo voy a poner ejemplos para clarificar esta idea. ¿El matrimonio homosexual está bien? ¿Las relaciones prematrimoniales están bien? ¿Irse de viaje con el enamorado a los 16 años está bien? ¿Abortar está bien? ¿Enamorarte de otro cuando estás casado está bien? Seguramente si hacemos una encuesta con estas preguntas, encontraremos quiénes estén en contra o a favor de estas ideas. Y, sin duda, encontraremos muchos “todo depende de cómo sea la situación”. Como ven, el “sentido común” ya no es tan común. En la época de mi mamá, no se vivía con el enamorado, ni se te ocurría, y punto. Entonces los criterios morales eran más universales. Hoy todo depende, todo está bien si es que te conviene y es muy complicado tener las ideas claras.
  2. La comunidad cercana es heterogénea. Del párrafo anterior se puede concluir que este relativismo hace que inclusive las personas que están más cerca puedan pensar diametralmente distinto. Si vas a una reunión de padres de familia de un colegio, de una misma aula, seguramente se puede armar una gran discusión si es que se dice que todos los niños de 9 años tienen que tener un Ipad para estudiar. Imagínense si hablamos de unificar criterios educativos para el uso de teléfonos, horas y lugares de vida social que deben frecuentar los chicos, material de lectura, etc. Y, lo más complicado, es que todos tienen el derecho de opinar y de tener razón.
  3. Los chicos se crían solos. El consumismo actual y las ganas de que nuestros hijos tengan “todo” (según nuestro criterio relativista y materialista) ha hecho que tanto papá como mamá se vuelquen a las oficinas horas interminables para poder pagar ese “todo” que necesitamos. Antes la mamá estaba en la casa y era quien velaba por la crianza operativa de los niños. Es muy distinto hacer un esquema y delegar lo que nos gustaría inculcar en nuestros hijos que hacerlo directamente nosotros. A esto se suma las largas horas en el tráfico y las actividades extracurriculares para hacer de nuestros hijos niños “exitosos”.
  4. La culpa, la mejor amiga de los padres. Debido a esta falta de tiempo con los chicos y a la gran incapacidad física que cualquier ser humano normal tiene para darle “todo” a sus hijos –creando una gran insatisfacción porque, por si no se han dado cuenta, no se puede dar “todo” y cada día ese “todo” se vuelve más grande– , la culpa se ha vuelto el sentimiento protagónico en nuestros corazones. Nos sentimos culpables porque no estamos con ellos, nos sentimos culpables porque no les podemos comprar “todo” o porque no los llevamos todos los años a Disney como los Pérez Abolengo. Nos sentimos simplemente culpables por haberlos traído a este mundo cruel que no los llevara más que a ser tan infelices como nosotros por “todo”, y “todo” por “todo” lo que no estamos haciendo bien. Y por eso, los educamos fatal: les compramos “casi todo”, los dejamos hacer “de todo” y “todos” suplen nuestro rol educativo: la abuela, la nana, la miss, el profesor de fútbol, etc. Y nosotros, a pesar de hacer “todo”, nos sentimos totalmente vacíos y sin entender por qué “todo” nos sale tan mal. Unos todistas como verán.
  5. No tener claro cuál es la verdadera felicidad. Esta sea quizás la causa más importante y de la qué se derivan todas las de arriba. ¿Qué es la felicidad? Depende, ¿no? Para algunos, de repente, es tener lo material totalmente resuelto, con carteras Prada y BMW en la puerta; para otros que sus hijos sean profesionales de alto nivel con 5 idiomas y capacidad para practicar perfectamente tennis, golf, equitación, ski y patinaje sobre hielo; o viajar a cada rato; o tener una vida social agitada, lo que sea. Y, claro, todas estas “felicidades” son válidas. Sin embargo, no nos estamos dando el trabajo de ahondar en dónde y en qué está la verdadera felicidad. Nos dejamos ahogar en el día a día, en los problemas y dejamos de lado nuestro propio crecimiento interior. Es más fácil, por supuesto. Dejarse llevar por la rapidez cuesta menos trabajo pero les aseguro que el precio que tenemos que pagar luego es muy alto.

Evidentemente, luego de hacer estos apuntes me quedó más que claro que hoy por hoy el sentido común no es el único aliado que tenemos para la educación de nuestros hijos. Los padres tenemos la obligación de prepararnos, no sólo con herramientas pedagógicas que nos enseñen como evitar una pataleta o que se laven los dientes tres veces al día, sino también en la búsqueda de esta verdadera felicidad para nuestros hijos. Mi intención en este post no es ahondar en cómo conseguirlo. Sin embargo, los voy a dejar con una frase de Séneca que resume muy bien lo que debemos empezar a buscar: “el sumo bien y la felicidad del hombre están en la virtud”. ¿Queremos niños felices que sean adultos felices? Empecemos por ahondar en el tema de la virtudes. Por si acaso, en este blog hay bastante material por donde empezar.

La Mamá Oca

Foto: www.freedigitalphoto.net

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Cuidando el juego bajo el sol

Se acerca el verano por este lado del mundo. Y todos nos estamos preparando para disfrutarlo. Es una excelente oportunidad para estimular el juego al aire libre de nuestros hijos, que respiren aire puro y hagan trabajar su imaginación sin límites. La arena, sin duda, es un elemento maravilloso para impulsar la creatividad. Sin embargo, estos momentos deben estar acompañados de mucho cuidado. No sólo es importante los flotadores o las clases de natación, sino también la protección de la piel, tanto de grandes como de chicos.

Así, Banana Boat nos recomienda a los padres que no nos olvidemos de proteger la piel de nuestra familia con protectores de buena calidad: “Creemos que los protectores solares deben estar presentes donde sucede la diversión. Porque creemos que debes ir afuera a jugar y dejar la protección en nuestras manos”, nos dicen. Para mantenerse en línea con esta filosofía, nos ofrecen un gran abanico de posibilidades. Y nada mejor que el nuevo Aqua Protect, con 4 horas de resistencia al agua y al sudor. Esta presentación es súper práctica ya que con una simple apretada de spray nuestros hijos ya están protegidos y no tenemos que estar largo tiempo aplicándoles los protectores. Además tienen la línea sin lágrimas Banana Boat Baby & Kids especial para niños entre 1 y 8 años, hipo alergénica y muy resistente al agua. “Todos tienen alta protección SPF 50+ con un amplio espectro de protección UVA/UVB que permanece en 7 condiciones: océano/mar, piscina, sudor, arena, viento, sol y temperaturas de 400 C, con 4 horas de resistencia al agua y al sudor. No son grasosos y son de rápida absorción”.

Una excelente opción para disfrutar del verano sin preocupaciones.

Para mayor información: www.bananaboatlatinoamerica.com

Post Auspiciado por Banana Boat.

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Crónica de una tiranía

familia permisiva

Hace dos semanas fue el cumpleaños de mi hija quien cumplía la interesante edad de 4 años. Y digo interesante porque me he quedado bastante sorprendida sobre como, de un día para otro, ahora me contesta mal, me reta y hasta me grita. Claro, un tema complicado para La Mamá Oca esto de encontrarse con la hija rebelde de tan corta edad. Frases como: “¡Mamá! ¡Ya! ¡Me estás hartando!” se han vuelto casi cotidianas desde hace algunos días en mi casa. Hasta he escuchado un: “Mamá, sino me cuentas un cuento ahorita no te voy a querer más”. Por supuesto, La Mamá Oca no quiere convertirse en La Mamá Loca, así que me remito a todas las herramientas aprendidas, y hasta ahora la cosa está en control. Sin embargo, el mismo día de su cumpleaños, mi esposo y yo hicimos algo que me interesa mucho compartir con ustedes: le dimos como regalo a nuestra hija el poder de “mandar” y hacer lo que quiera durante todo el día que cumplía años. Ojo: ese “regalo” no tenía ningún interés experimental, simplemente no medimos las consecuencias. Cabe aclarar que nuestra hija es bastante educada, paciente y cortés, y pensamos que éste sería un lindo regalo. Pero claro, luego de un par de horas, las conclusiones sobre la tiranía en los niños sin límites fueron tan abundantes como las canas verdes que nos sacó en tan poco tiempo.

La tiranía de los niños

He escrito varios posts sobre la importancia de ponerle límites a los niños. Y como siempre trato de practicar lo que predico, realmente nunca me había visto en una situación tal. Así, le dijimos a nuestra hija que por su cumpleaños ella podía decidir qué hacer. Que ella mandaba. Claro, no contamos con que ella iba a interpretar que también podía hacer lo que le daba la gana con todos nosotros. La cuestión es que la experiencia fue atroz: Hitler era un niño de pecho comparado con esta niña dulce y educada a la que se le dio un ratito de poder. Comimos fatal, pura pizza y papa frita como almuerzo, ella se comió todas las galletas y helados que le entraron en el cuerpo; me tuvo toda la mañana contándole cuentos, y cuándo le decía para parar un ratito, gritaba: “¡Hoy día yo mando!”. Ya no recuerdo todos los detalles. Sólo recuerdo que con mi esposo nos miramos y dijimos: “Esto no puede seguir”. Y le tratamos de explicar en términos simples que “mandar” no era maltratar a las personas ni ser un déspota de pacotilla. Obviamente, esas palabras cayeron en saco sin fondo, así que por seguridad familiar, tuvimos que dar un golpe de estado, con decreto de emergencia, y quitarle el poder a este pequeño monstruo que nos iba a volver locos a todos al término del día. Lloró un tantito, pero todo, gracias a Dios, volvió a la normalidad.

Algunas conclusiones

Luego de esta terrorífica experiencia, estuve pensando en todos esos casos en los que niños son criados sin límites y me imaginé lo que sería vivir bajo este régimen de tiranía infantil 24/7. Y entendí que definitivamente es para volver loco a cualquiera. El poder en manos de alguien que no está preparado es algo letal. Inclusive lo vemos constantemente en gobernantes de distintos países. Imagínense en un niño. Y es cierto, un niño no puede escoger qué comer libremente sino su alimentación estaría basada en comida chatarra, no se bañaría, no se lavaría los dientes, etc. Nuestra hija no quería ponerse ni cinturón de seguridad en el auto. Y les juro que hizo hasta una pataleta, algo totalmente inusual en ella. De más está decir que cuando la llevamos a escoger su regalo, quiso llevarse toda la tienda.

No puedo negar que en mi casa también hay momentos de crisis, y se los he contado antes. No siempre se puede controlar todo. Pero sí he tratado de poner horarios, hábitos de higiene, deberes que cumplir según la edad y me he visto en situaciones de pataletas en público en los que literalmente mi hija parecía la hija del vecino porque la ignoraba totalmente. Igual, cada niño es una sorpresa. El otro día mi hijo más chico me mordió. Pero sigo pensando que los límites son una obligación, un deber que tenemos como padres para criar niños seguros y tranquilos. Muy importante, además, que ambos padres estemos alineados en el estilo de crianza para obtener mejores resultados.

Los dejo con algunos links sobre como trabajar los límites. Además, no se les ocurra darles este regalito a ninguno de sus hijos.

La Mamá Oca

Algunos posts sobre límites:

Pon límites con amor o el mundo los pondrá con dolor

¿Somos padres permisivos?

Normas y límites: ¿Cómo y cuándo?

Protección sí, sobreprotección no

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¿Es el matrimonio una condena?

Hace unos días estuve en una reunión social con amigos de la infancia de mi esposo. Como es habitual, los hombres se fueron por un lado a conversar y las esposas nos quedamos en la sala poniéndonos al día porque hace tiempo que no nos veíamos. Yo conversaba con dos y les pregunté qué edades tenían sus hijos mayores. Coincidentemente me respondieron que 9 años. Y yo hice un comentario con la mejor intención, sobre todo refiriéndome a lo rápido que pasa el tiempo. Les dije: “Qué grandes, con lo rápido que pasa el tiempo, en menos de lo que se imaginan van a estar en el altar casándolos”. La reacción de ambas fue como si les hubiese dicho: “Ay, ojalá se contagien de Ébola y se mueran todos”. Es más, una de las dos, antes de contestarme, me dijo: “¿Qué edad tiene tu hija?”. Yo respondí: “Cuatro años”. Ella dijo: “De repente mi hijo es el que se casa con tu hija y también estarás igual que yo”. De ahí se suscitó una serie de comentarios como que no, me muero, cómo se iban a casar tan jóvenes, si primero tenían que estudiar, viajar y vivir.

Y claro, más allá del sinsabor del momento –ya que mi intención no fue ofender a nadie— me quedé pensando por varios días en cómo ha cambiado el concepto del matrimonio. Pareciera que todos estamos condenados, de alguna manera, a esta pena capital y tenemos que disfrutar lo más posible antes de caminar por el pasillo de la muerte con música nupcial. ¿Por qué está pasando esto?

Es lógico pensar que casarse es algo malo si es que vemos tantos casos de divorcios o relaciones poco “amables” a nuestro alrededor. Pero este rechazo va un poco más allá, creo yo. Y es porque el mundo de hoy ofrece tanta rapidez, tanto acceso a “ser libre”, a comprar, viajar, tener relaciones libres por todos lados, que obviamente comprometerse con otro no es más que cortarse las alas ante tanto placer. Hoy no me voy a detener a hablar de qué se trata la verdadera libertad. Sin embargo, y a pesar de esta mentalidad, las personas siguen casándose y todos queremos hacerlo desde que empezamos a pensarnos y sentirnos capaces de enamorarnos de otra persona. El problema está en que no estamos educando a nuestros hijos en el verdadero significado del matrimonio y lo que esto implica. Sino que pasan de esta montaña rusa de soltería a una vida que empieza a convertirse en “tediosa” con la llegada de los hijos y las responsabilidades. Y si no saben en lo que se están “metiendo”, de hecho no van a pasarla tan bien.

Esto no quiere decir que el matrimonio es horrible y hay que estar preparado para asumir la pesadilla. Al contrario. El matrimonio, cuando se entiende su verdadera dimensión de donación, apoyo mutuo y crianza de los hijos, es algo increíble. Es escribir una historia juntos –con buenos y malos momentos–, es crecer, es compartir, es vivir una vocación que tenemos impresa en nuestra naturaleza. ¿Sino por qué creen que todos se quieren casar así alrededor vean matrimonios que se rompen a cada rato? Porque es una tendencia natural. Y ante algo que se va a dar sí o sí en la mayoría de los casos, ante una forma de vida “para toda la vida”, qué mejor si les enseñamos a nuestros hijos el verdadero significado del matrimonio para que sean realmente felices.

Por supuesto, y no me canso de repetirlo, hay que empezar por ejemplo con nuestro matrimonio. Y si es que vivimos en una situación de divorcio o de un hogar monoparental, igual estamos en la obligación de darle a nuestros hijos los criterios correctos y no pensar que porque a nosotros nos fue mal, ellos también están condenados. Al contrario, enseñémosle a que no comentan los mismos errores y vean en el matrimonio un camino para ser verdaderamente felices.

 La Mamá Oca

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El cultivo de los padres

Cultivo de los padres

Uno de los temas sobre los que más me gusta escribir es el de la importancia de que los padres nos preparemos para la tarea de educar a nuestros hijos y, de cierta manera, es el motivo por el cual comencé a escribir este blog.

Y hace unos días estuve revisando un libro titulado “La realización personal en el ámbito familiar” de Gerardo Castillo, y encontré un capítulo titulado “ El cultivo o formación de los padres” que explica muy bien la importancia que le debemos dar los padres a nuestra propia formación como personas, como padres, como educadores, como profesionales, como ciudadanos, etc. Y me gustaría compartir con ustedes algunos de los puntos que expone el autor de manera resumida pero que nos dan algunas luces de la importancia de este tema (todas las citas expuestas son textuales):

  • Si se espera que los hijos sean personas cultas, que trabajen con motivos elevados y actitud de servicio, que tengan hábitos de lectura y estudio, que usen el tiempo libre en función de su enriquecimiento interior, etc., los padres deben dar ejemplo.
  • Los padres educan con lo que dicen, pero mucho más con lo que hacen. Las palabras mueven, mientras que el ejemplo Ya lo decía Séneca: “largo es el camino con preceptos, pero breve y eficaz con ejemplos”.
  • Para ser admirados e imitados por sus hijos, los padres no necesitan ser perfectos en todo lo que hacen; basta con que no se acostumbren al nivel alcanzado, con que luchen cada día por ser un poco mejores en los diferentes aspectos de su vida.
  • La coherencia de los padres entre lo que dicen y lo que hacen, entre lo que exigen a su hijos y lo que exigen a sí mismos, les da prestigio, autoridad moral y credibilidad.
  • Educan las personas educadas o las que se están esforzando por educarse; enseñan las personas que saben aprender y siguen aprendiendo, ayudan a madurar las personas maduras.
  • Es preciso quererles (a los hijos) como ellos necesitan y deben ser queridos; hay que querer su propio bien (lo que exige saber cuál es el verdadero bien).
  • La calidad de la educación que proporcionan los padres a sus hijos depende, en gran medida, de la calidad de su propia formación y de la responsabilidad con la que desempeñan su tarea educativa (sabiendo que la formación aumenta la responsabilidad y que la responsabilidad invita a la formación).
  • El crecimiento interior de los padres como padres y como personas maduras y cultas requiere una condición previa: que los propios padres acepten que en todas las edades de la vida se puede crecer.

Para todos los padres que están interesados en profundizar en su tarea educativo, les recomiendo este libro. Les dará una visión amplia sobre lo que se necesita para educar en la familia.

La Mamá Oca

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La importancia de conocer a nuestros hijos

familias disfuncionales

Busquemos espacios de conocimiento profundo con nuestros hijos. Esto nos va a aliviar muchos problemas en el futuro.

Se dice que uno ama lo que conoce. Y tiene lógica. Es muy difícil desear algo sino sabemos cómo es. Tampoco podemos tener antojos de un sabor que no hemos probado. Lo mismo con el amor. Mientras más conocemos, más amamos (siempre y cuando lo que conocemos nos guste). Por eso, por ejemplo, el tiempo del noviazgo es básico antes del matrimonio, porque es una etapa que tiene como objetivo el conocimiento del otro como futuro cónyuge.

Sin embargo, el amor a los hijos es tal vez el único amor que rompe, normalmente, con esta regla. Sobre todo en el caso de la mamá: basta que nos digan que tenemos un bebé en la barriga para ya amarlo y desearlo con todo nuestro corazón. No necesitamos verlo ni sentirlo –en los primeros meses de embarazo ni percibimos sus movimientos– para ya adorarlo. Por eso una pérdida es terrible para una mujer, por más corto que haya sido el tiempo de embarazo.

Esto es porque amar a nuestros hijos es algo natural, está en la naturaleza de toda mujer… o de la gran mayoría. Por eso decimos que una madre es “desnaturalizada” cuando no actúa de esa manera, porque no lo tiene en su naturaleza.

Los papás también aman a sus hijos con todo el corazón. Pero este amor se acrecienta cuando ya toman contacto directo con el nuevo ser. Y llega a ser enorme. Por eso vemos casos en que los hijos tienen una relación más estrecha con el papá.  Es un amor que está más vinculado con el conocimiento directo.

También es de uso común decir que nadie conoce mejor a las personas que su madre y su padre (la famosa frase “Te conozco como si te hubiera parido” se basa en hechos reales). La convivencia, la filiación, la conexión, el instinto y todo lo que une a un padre con su hijo son razones más que suficientes para saber perfectamente de qué pie cojea nuestro pequeño o gran retoño. Y esta es una herramienta muy poderosa para enfrentar, en el caso que se den, futuros problemas.

Indagar en lo profundo

Puede ser que las preocupaciones, las tareas de la casa y el trabajo no nos permitan estar mucho tiempo con nuestros hijos: levantarse temprano, arreglarse (y arreglarlos), el desayuno, llevarlos al colegio, ir al trabajo, regresar, hacer o revisar tareas, comer, ver el almuerzo del día siguiente, bañarlos, acostarlos, acomodar todo lo pendiente, son tal vez ALGUNAS de las tareas que llenan nuestro día a día. ¿En qué momento podemos sentarnos a conversar sobre temas importantes con ellos? La verdad que con sólo releer lo anterior ya me estresé… No sé, pero hay que hacerlo: fines de semana, feriados, en las noches antes de dormir, en la cena, en el camino al colegio, en el supermercado, mientras esperamos hacer un trámite con ellos, mientras limpiamos la casa, cualquier momento es bueno para preguntarles a nuestros hijos cómo se sienten, qué les gusta, qué no les gusta, cómo van las relaciones con sus amigos, qué han visto últimamente en la televisión o en el internet, con quién juegan en el colegio, qué juegan, si tienen problemas con los compañeros… o, tal vez, no preguntar tanto y escucharlos. A los niños y adolescentes les encanta que los escuchen sin que los cuestionen… y con sólo abrir nuestros oídos y nuestro corazón podemos descubrir mucho más del universo interno que contienen nuestros hijos, que mientras más crecen más se escapan de nuestro control y conocimiento.

La terapia es conocimiento

Y digo esto porque hoy en día está muy de moda diagnosticar. Todos los niños y todos los adultos tenemos algún problema, algo que hay que chequear, corregir, observar, etc. Cada vez que toca entrega de informe en el nido o en el colegio vamos aterrados para ver si nuestro dulce bebé no se ha transformado en algún síndrome intratable con piernas y brazos. Y ojo, yo no reniego de las terapias ni de la psicología. Es más, creo que ayudan muchísimo en casos específicos. Pero lo que ve un psicólogo con una o dos horas semanales son más comportamientos, acciones, todo lo que el alma de nuestro hijo quiere externalizar de alguna manera que tal vez no le gusta al resto o hacen que su sociabilidad no sea la adecuada. ¿Y saben por qué las terapias toman tanto tiempo? Porque el terapista se da el trabajo de conocer a su paciente y, si es un niño, a sus papás, a sus hermanos, la dinámica familiar, escolar, etc. para ver de dónde salen todos los problemas…pero no conviviendo, sino en cortas sesiones con ciertas herramientas de medición. Y sin el amor de un padre. Nuevamente, hablamos de puro y simple conocimiento. Ojo, quiero que quede claro que estoy hablando de situaciones cotidianas, no de casos clínicos u otras situaciones que sí requieren a un especialista para salir adelante.

Conocer para amar responsablemente

Al ser nosotros los que más amamos a nuestros hijos, está en nosotros el conocerlo más, no para amarlo más (porque como dije al comienzo, este es el único amor que nace y crece sin que el conocimiento sea su causa) sino para simplemente ahondar en lo que mueve su corazón.

Muchas situaciones se han salvado porque una mamá o papá conocía mucho a su hijo. Leí una vez un caso en que un adolescente contento y feliz de repente se volvió huraño y mal humorado. La situación se mantenía. La mamá que sabía perfectamente cómo funcionaba el universo interior de su hijo se preocupó y fue a consultar a especialistas. Todos le decían que era normal a su edad. Pero ella no les creyó porque lo conocía. Sabía que algo grave estaba pasando. Y no quería preguntarle directamente a su hijo porque sabía que a esa edad y siendo hombre, la forma de abordarlo no podía ser directa. Durante mucho tiempo la mamá, atenta, entraba al cuarto del chico a ordenar la ropa o hacer otras cosas buscando estar cerca de él… hasta que un día el hijo no aguantó y le contó que un conocido lo había tratado de seducir  y él había escapado, pero que desde entonces se sentía avergonzado y no se lo quería contar a nadie. A partir de ahí las cosas mejoraron. Y todo porque la mamá conocía a su hijo mejor que nadie… mejor que los especialistas, mejor que lo que cualquier libro o amigo le podía decir.

Veamos la situación en nosotros mismos. Mientras más nos conocemos, más autodominio tenemos sobre nuestra voluntad, sobre nuestros pensamientos. Sabemos reconocer nuestros sentimientos y sabemos cómo actuar cuando estos se presentan. El autoconocimiento es una herramienta poderosísima para el crecimiento personal. Porque el conocimiento nos da poder y control (que puede ser en el buen y el mal sentido de las palabras, pero para efectos de este blog, lo decimos en el buen sentido).

Lo mismo sucede con nuestros hijos: mientras más los conocemos podemos controlar mejor las situaciones, dominar los problemas, ver las posibles causas y las posibles soluciones. Muchas terapias familiares sirven para conocerse unos a otros porque, sí, podemos vivir bajo el mismo techo pero no saber quién es realmente el que comparte el cuarto con nosotros. Ganémosle un poco de tiempo a una posible terapia haciendo el esfuerzo de conocernos.

Conocer a nuestros hijos es de vital importancia para su desarrollo. No los conocemos para controlarlos y fiscalizarlos, ni mucho menos para criticarlos (“Te conozco, todo lo que haces para vagar”, no es una frase muy constructiva). Los conocemos para amarlos más allá del amor natural que nace de la simple filiación. Para amarlos con el amor responsable que merecen tener de parte de sus padres como encargados de su formación y crecimiento espiritual. Por eso no estoy hablando de un conocer superficial (saber que su plato favorito son el pollo con papás fritas no es un conocimiento profundo, de su intimidad).

Reflexionemos un poco sobre este tema y analicemos cuánto realmente conocemos a cada uno de los miembros de nuestra familia, como seres únicos y distintos, irrepetibles. Seguro que si nos ponemos como meta ahondar un poco más en cada uno de ellos encontraremos sorpresas insospechadas, gratas y no tan gratas. Pero ya el simple hecho de saber que existen es un gran paso para disfrutarlas o para enfrentarlas.

La Mamá Oca

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El camino a la felicidad

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Hace unos días me invitaron a dar un conversatorio en un showroom en Barranco. Fue muy lindo, sobre todo porque la gran convocatoria que tuve fue de dos mamás: una embarazada de su primer bebé y la segunda con su bebé de dos meses dentro de un portabebés pegado al cuerpo. Y digo que fue lindo porque pudimos conversar sobre el tema que me habían pedido que comparta: la educación en virtudes, con toda la calma y paciencia del mundo. Evidentemente, la idea fue hacer una breve introducción al tema porque profundizarlo es cuestión de estudio largo y consciente.

Empecé contando cómo empecé en esta aventura de investigar sobre cómo educar niños felices. No sé si lo he compartido antes, pero todo comenzó con el nacimiento de mi primer hijo y el terror que sentí al ver que la felicidad de ese bebé en el futuro dependía muchísimo de mí y los primeros ladrillos que le pusiera a la estructura de su vida. Y descubrir que la felicidad verdadera no estaba en comprar la cunita y el cubrecama en la mejor tienda de decoración de bebés ni en que tuviera un conjunto de ropa distinto por cada minuto de vida que le tocará vivir. Sino que estaba, precisamente, en educarlo en virtudes.

Con las dos mamás empezamos analizando cuál era para ellas, tal vez, el peor “defecto” que creían tener y que no las dejaban ser tan felices como quisieran. Coincidentemente, la mamá embarazada decía que el desorden y la otra mamá que era maniática del orden. Claro, fue un ejemplo perfecto para empezar a explicar que cada virtud tiene una anti virtud y que ésta era tanto lo opuesto como lo exagerado de la misma.

Y de ahí partimos a conversar sobre la importancia de darle a nuestros hijos una educación pensada conscientemente en inculcarle virtudes que no eran más que las herramientas clave para que ellos estuvieran más cerca de la felicidad cuando fueran madurando y dependiendo cada vez menos de nosotros. Tener en la mente los objetivos educativos sin estresarnos, simplemente para ser conscientes de ellos y aprovechar todas las oportunidades que nos brinda el día a día para construir en nuestros hijos una estructura virtuosa basada en la vida real y no en la teoría. Y, por supuesto, recalcando que el instinto materno y el sentido común eran piezas importantísimas a la hora de construir los criterios educativos que queríamos impartir en nuestro hogar.

Nos quedamos conversando más de una hora y fue una experiencia muy enriquecedora para mí porque, en realidad, me hizo sentir que no era la única con no sólo los miedos típicos de toda madre, sino también que había dos personas que sentían interés genuino por un tema tan esencial para hacer de la vida de nuestros hijos algo increíble, que se dieron el trabajo de ir hasta allá para verme sin conocerme, por el simple afán de investigar y compartir.

De repente, en la próxima oportunidad seremos cuatro… No importa. Lo importante es que haya aunque sea una persona más que quiera hacer las cosas diferente, no sólo para hacer de su hijo una persona de bien en todo sentido, sino también que al hacerlo esté ayudando a construir un mundo mejor. Puede sonar utópico o cliché, pero la educación empieza por casa… sobre todo la que es más importante: la espiritual. No lo olvidemos nunca. Para ser buenos padres hay que amar. Para amar hay que conocer. Y para conocer se requiere voluntad. Y el conocimiento nos da autodominio, algo imprescindible a la hora de educar. Démosle un tiempito de nuestras vidas a leer un poco, a asistir a conversatorios, a las charlas de que imparten los colegios o nidos de nuestros hijos. No perdamos oportunidades valiosas.

Aprovechando el tema, los dejo con el link a los posts relacionados a las virtudes que he escrito en el blog:

http://www.lamamaoca.com/category/educacion-en-virtudes/

 La Mamá Oca

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Cómo entretener a los hijos

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Post escrito por Sara Tarrés del blog Mi mamá es psicóloga infantil
El aburrimiento forma parte de la vida, sobretodo, de muchos niños de nuestra sociedad llamada moderna. Es quizás esta modernidad la que causa el aburrimiento pero, a pesar que como padres nos sentimos responsables de aliviar este “mami no se qué hacer, me aburro”, debemos ser capaces también de entender que no siempre hay que estarles buscando con qué entretenerles. Entender esto nos ayudará en un futuro a reducir estos estados mentales de nuestros hijos cuando no saben qué hacer con su tiempo libre.
Entretrener a nuestros hijos durante las largas jornadas de verano puede constituir un verdadero reto, sobretodo si tienes niños entre 3 y 6 años y pasan todas las horas del día contigo. Este es mi caso y a pesar que no me faltan ideas ni recursos hay momentos en los que entretenerlos no es fácil, momentos en los que el aburrimiento se apodera de ellos y el cansancio de mi. Cuando esto ocurre la pregunta es de nuevo inevitable ¿cómo entretener ahora a mis hijos si con todo se aburren? Pues nada, cuando llegamos a este punto, hay que dejar que se aburran un poco, para que encuentren ellos mismos algo en sus mentes con qué divertirse.
Los padres,  y cuando digo padres incluyo a mamás, papás u otros adultos de referencia y apego, no debemos dirigir todos los juegos ni estar permanentemente proponiendo actividades puesto que de este modo solo hacemos que coartar su imaginación y desarrollar una dependencia extrema de nosotros y de nuestro tiempo.
Nuestros hijos necesitan tiempo no estructurado, es decir no dirigido por ningún adulto, para poder explorar su mundo interno, pero también todo aquello que les rodea, sus gustos y necesidades. Estos son los momentos perfectos para que dejen volar su imaginación y puedan ser más creativos, pintando, dibujando, construyendo o escribiendo.
Hay momentos en los que, aunque no sepamos con qué entretener a nuestros peques, debemos apartarlos de la tele, los ipads u otros dispositivos similares y poner a su disposición libros y libretas, puzzles o dominoes, piezas de construcción, plastilina, lápices de colores, ceraso pintuas diversas, … y permitir que hagan aquello que les dicta su fuero interno. Pensaréis que hacer esto con un niño de 3 años es difícil, pero no, no lo es tanto. Los niños de esta edad deben jugar momentos solos para desarrollar el juego simbólico, del que tanto hablamos en Mamá Psicóloga Infantil.
¿Por qué se aburren nuestros hijos?
Estos son los tres principales motivos por los que nuestros hijos se aburren, seguro que puedes identificar el que define mejor el caso de tu hijo,aunque la gran mayoría de ocasiones es una suma de los tres.
  1. Está tan acostumbrado a buscar diversión en las pantallas, ya sea tv, ipads, pc’s o dispositivos electrónicos que no tiene práctica en buscar dentro de sí mismo algo que le ayude a entretenerse.
  2. Su tiempo es siempre tan estructurado, es decir, le hemos llenado tanto siempre su agenda con clases y extraescolares o campamentos de verano que no está acostumbrado a encontrar cosas divertidas que hacer con su “tiempo libre”.
  3. Necesita tu atención. Todos los niños necesitan encontrarse con sus padres a lo largo del día para “recargarse”.
Como verás nosotos somos un poco responsables de ese aburrimiento pero podemos combatirlo permitiendo que sean ellos mismos quienes vayan tomando las riendas de su tiempo y que eligan ellos mismos qué hacer con él. Si seguimos dirigiendo sus juegos o eligiendo qué deben hacer en cada instante nunca aprenderan a superar los momentos de hastío o tedio. Así que mami, papi, cuando te vuelvas a preguntar cómo entretener ahora a mi hijo la respuesta es dejando que busque en su interior.
Foto cortesía dewww.freedigitalphotos.net.

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La disciplina como herramienta de vida

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En un simpático video colgado aquí, Matthew Kelly, un conocido autor y conferencista, habla sobre la importancia del ayuno como un pilar para ser mejor persona. La manera cómo expone el tema es muy graciosa y vale la pena mirarlo completo si tienen un tiempo. Sin embargo, la parte que quiero rescatar para este post es cuando empieza diciendo que los estadounidenses gastaron el año anterior (no sé exactamente a qué año se refiere, pero para este caso no es relevante) 300 BILLONES de dólares en compras relacionadas a la pérdida de peso, que para muchos países pobres es su PBI completo.  ¿Impresionante no? Y más aún si consideramos que es algo que, de hecho, se evitaría gastar si es que las personas que consumen estos productos tuvieran algo de disciplina. Así es: DISCIPLINA. Una palabra que para mí es la solución a muchísimos problemas personales pero que, desafortunadamente, es algo de lo cual carecemos la mayoría de los seres humanos.

¿En qué nos puede ayudar la disciplina? Tras una rápida reflexión se me ocurre: comer sano, hacer deporte, estudiar sin apuros, no gastar en exceso, tener la vida organizada, tener tiempo para hacer más cosas, estar en control de uno mismo, autodominio, embarazos no deseados, etc.

Suena muy lindo pero, de hecho, es muy difícil de obtener. Y más aún en esta época en la que lo principal es incentivar el consumo, esquivar lo difícil, evitar el dolor o el esfuerzo a toda costa. Es decir, vivir superficialmente.

Pero  los que ya hemos recorrido un camino más o menos largo y sabemos lo que cuestan las cosas, de hecho valoramos la disciplina más que un adolescente rebelde que sólo quiere divertirse. Y la valoramos inclusive cuando no sea una de nuestras virtudes. ¿Cuántas veces nos ha pasado que vemos a una persona de más de 40 años que luce espléndida y nos da una cierta envidia el no tener su fuerza de voluntad para ejercitarnos y dejar de comer la caja de chocolates diaria que no podemos soltar hasta que no quede ni el envoltorio? O cuando vemos a alguien que lee ávidamente un libro y la pasa genial hasta en el peor de los tráficos en el transporte público. O cuando estudiábamos en el colegio o en la universidad y veíamos a un compañero que le encantaba a hacer tareas, y encima siempre las hacía feliz y con tiempo…. Bueno, todos estos son ejemplos de disciplina. Y como padres deberíamos tener como meta tratar de hacer que nuestros hijos sean disciplinados para que le ganen la batalla positivamente a varios momentos de su vida que pueden ser tediosos e insoportables cuando la disciplina no está de su lado.

¿Cómo enseñarle a nuestros hijos a ser disciplinados? La tarea empieza desde el día en que nacen. Sí: desde que son bebitos empezamos armándoles sus horarios y sus rutinas. Luego vamos exigiéndoles orden, responsabilidad y poco a poco, mientras van creciendo, la tarea se va volviendo más compleja al igual que sus vidas y sus deberes. Lo que tenemos que hacer los padres es estar preparados para enfrentar cada etapa para ir construyendo los cimientos fuertes y luego ir colocando cada ladrillo. No es una tarea fácil y es una labor diaria. Implica constancia, límites, orden, atención y, lo que siempre nos cuesta más, TIEMPO Y PREDICAR CON EL EJEMPLO.

Prometo ampliar este tema en otros posts. Me ha parecido muy interesante el profundizarlo. Igual los invito a que lean otros artículos ya sea de La Mamá Oca o de otros recursos que tratan sobre estos temas. Lo importante es que como padres estemos comprometidos en seguir aprendiendo para que las situaciones no nos sorprendan y para darles a nuestros hijos mayores y mejores herramientas para enfrentar la vida.

La Mamá Oca

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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